análisis

Entre todos la mataron

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Juan R. Gil El Sistema Institucional de Protección (SIP) que formarían Caja del Mediterráneo, Cantabria, Extremadura y Cajastur, liderado por esta última, ha superado las pruebas de resistencia o "test de estrés" a que ha sido sometido, al igual que el conjunto de bancos y cajas, para probar su solvencia incluso en la hipótesis más dura, que sería la de una crisis soberana como la que hundió a Grecia.
Pero, al contrario de lo que se había venido sosteniendo hasta aquí, la CAM por sí sola también habría superado dicho test o, lo que es lo mismo, su situación, con no ser buena, no justificaría una intervención. Eso es al menos lo que se desprende de la simulación que expertos financieros han realizado aplicando a la CAM, en solitario, las mismas exigencias del test. Aprueba.
Siendo así, hay una cosa que se entiende. Y un montón que no. La que se comprende es que el Banco de España se haya atrevido a contar una verdad a medias a Bruselas, presentando como una fusión ya hecha, por muy fría que sea, lo que en realidad es un proyecto de SIP aún no ha aprobado, puesto que el consejo de administración de la entidad alicantina no ha dado luz verde al contrato y la asamblea, que ya no controla nadie, tampoco. El SIP con Cajastur, por tanto, es, hoy por hoy, literalmente virtual. Pero la institución que preside Miguel Ángel Fernández Ordóñez lo ha presentado en Europa como una realidad, lo cual a estas horas es sencillamente falso. Digo, no obstante, que se disculpa mejor la mentira piadosa de MAFO si damos por bueno que, de cualquier forma, la CAM superaba por sí sola el examen.
Pero, como señalaba, eso abre otros interrogantes cuyas respuestas son a cada cual más inquietantes. ¿Por qué si la situación de la CAM no es tan desesperada como se había ido filtrando desde todos los ámbitos, se ha estado obligando a la entidad alicantina a negociar bajo la presión de una intervención? ¿Por qué el Banco de España la ha forzado a sentarse en todas y cada una de las mesas en que lo ha hecho en posición de inferioridad? ¿Por qué ha llegado hasta las puras amenazas si la CAM no aceptaba el trágala? ¿Por qué el Banco de España descartó desde el principio la posibilidad de que, de no encontrar una alianza razonable, la CAM pudiera acogerse al apartado introducido a última hora en la reforma de la ley de cajas que acaba de convalidarse y que permite a una entidad, bajo determinadas circunstancias que la caja alicantina cumple, mantenerse en solitario, incluso con ayudas públicas, siempre que ajuste sus cuentas para garantizar su viabilidad y la devolución de los préstamos, cosa que la CAM estaría en disposición de hacer, y así esperar nuevas oportunidades? ¿Por qué, en definitiva, el Banco de España tiene intervenida de facto a la CAM cuando no puede hacerlo de jure, saltándose arbitrariamente cualquier norma?
Es cierto que la CAM ha dado en los últimos meses un espectáculo deplorable, brincando de mesa en mesa de negociación y urdiendo alianzas un día que saltaban por el aire al otro. Es verdad que eso ha deteriorado su imagen ante los mercados y ante la opinión pública de manera casi irreversible. Es evidente que los negociadores que han llevado el proceso lo han hecho mal desde el principio y es lícito creer que en algún caso han podido preocuparse más de sus propios intereses que de los de la entidad: ahí está Modesto Crespo, que es el único actor de todo este drama que sale de él mejor de lo que entró. Pasa de presidente sin mando de una caja que era la cuarta de España pero estaba tocada, a ocupar el mismo puesto, si el SIP con Cajastur se consuma, en el que será el quinto grupo financiero del país, bancos incluidos. De soportar a Armando Sala, a Martín Sevilla, a Jesús Navarro, a Ripoll, a Camps o a Alarte, a codearse con Rato y Fainé; de tener que someterse a periódicas renovaciones a blindarse en el puesto hasta más allá de la jubilación; y de desfilar en los Moros y Cristianos, a tener palco en la ópera, aunque como contrapartida quedará para la historia como el presidente que rubricó el requiescat in pace de una caja que durante más de un siglo ha sido un referente social y económico de Alicante. Y es verdad también que Roberto López, que tenía claro antes que nadie en este sector, hace ya más de dos años, la necesidad de asociarse para garantizar la pervivencia de la CAM, ha acabado sin saber, ni él ni quienes le rodean, si va o viene; si se quiere quedar o se quiere ir; si pelea por la caja, por los suyos [su equipo directivo y su cultura de empresa] o por lo suyo: por asegurarse una salida ordenada de lo que ha sido su ocupación durante toda su vida. Lo cual, por otra parte, ojo, es legítimo: la diferencia entre López y Crespo es que López es un empleado que durante 39 años se ha ganado el puesto.
Pero también es cierto que hacerlos a ellos únicos responsables de todo lo que está ocurriendo sería injusto. Se han movido con un consejo que sólo a última hora se ha puesto firme, pero que hasta aquí se había dedicado a refrendar lo que le ponían delante haciendo dejación de sus funciones. Con una sociedad civil inexistente, que ni aun hoy sabe defender el interés colectivo: sólo sabe quejarse cuando ya es tarde. Y con unos políticos que han mangoneado la caja a su antojo y que a la hora de la verdad la han dejado tirada o, en todo caso, han seguido jugando con ella para sus propias batallas. Dicen que hay en marcha una remodelación del Consell, del que saldría el titular de Economía. ¿Ah, pero estaba? No. Ni él, ni Camps, que bendijo un error histórico, el de reventar la fusión con Cajamurcia que hubiera mantenido el centro de decisión en Alicante, y ahora, con el agua ya al cuello, maniobra para impedir el SIP con Cajastur.
Crespo debería dimitir. Y Roberto López (desgraciadamente, porque no sólo es un buen profesional sino alguien que siempre ha entendido lo que necesitaba Alicante) está por ahora amortizado. Pero el presidente Camps, su conseller de Economía y Alarte, el líder de una formación, el PSPV, que se escuda en que el PP le dejó fuera de las cajas para mirar para otro lado, lo que es una falacia porque, primero, ello no exime a un partido de su obligación de defender los intereses generales y, segundo, los socialistas sí están en el consejo de administración de la CAM representados, y a un nivel altísimo. Todos ellos, digo, tendrían que pedir disculpas a los ciudadanos por su negligencia e irresponsabilidad. Pero MAFO, que ha tenido inspectores permanentes en la CAM desde hace más de un año, también debería explicar lo que está y lo que ha estado haciendo. ¿O es que le nombraron Dios y no nos informaron?
La CAM celebrará el lunes el consejo de administración más incierto de sus 130 años de historia. La descomposición interna que vive ha llegado al punto de que el consejo sólo está unido en sus críticas al presidente, pero sigue dividido en cuanto a aprobar o no el SIP. Y muchos de sus directivos más importantes, o están sumidos en la depresión, o están claramente ya enfrentados a su jefe. La esquizofrenia llega al extremo de que Crespo quiere el SIP, y el director general, arrojada la toalla, trata de que la operación se apruebe; pero el jefe del Consell, que es quien puso al primero y mantuvo al segundo, pelea por el no, cuando hace sólo dos semanas presumía del acuerdo. Cajastur, después de tensar la cuerda, ha empezado a rebajar sus exigencias, en un intento de evitar que fracase una operación cuya ruptura dejaría a la CAM en la UCI, pero haría perder a los asturianos la oportunidad de su vida, porque sin la CAM seguirán siendo una caja muy solvente, pero no los líderes de uno de los grupos financieros más importantes de España. ¿Se aprobará, sea como sea, el SIP? Casi seguro que sí. O no. Esto es Alicante. El único lugar donde todos los días puede pasar una cosa y su contraria, sin que nunca pase nada.







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