Tribuna

malditos cables

 

Carlos de Aguilera De nuevo los tenemos encima acosando a las mejores tierras de la provincia. De nuevo se hace caso omiso de las recomendaciones del jurado de los Premios Europa que ha maldecido el uso del transporte de la energía eléctrica por medio de cables cuando es necesaria llevarla de un punto a otro siguiendo lo que se considera la distancia más corta. Que, efectivamente, puede ser así, pero que también es ineludible que se pueda considerar como la menos aconsejable cuando ocurren circunstancias que demuestran que las variables que se pueden producir son tan seguras como la de suspender aleatoriamente cables de acero sobre los campos, los bosques, los caminos y los cultivos, amenazando con destruir lo que la naturaleza ha conseguido establecer como identidad a salvo de intervenciones que la menosprecien o -como en este caso del tramo entre Xixona y La Nucía- uno de los lugares que afortunadamente aún conservan cierta característica específica de las tierras levantinas, como es la sucesión de espacios debidamente protegidos que contemplan la existencia, la vivencia y la continuidad de especies vivas de animales y plantas, aves en vuelo, especímenes vegetales y líneas de horizontes cuya belleza se ve amenazada muy gravemente. Se han establecido de antemano y se han ideado otros métodos de transporte de energía, especialmente el enterramiento del cableado, cuya resolución está suficientemente demostrada. El hecho de que primero se piense en implantar una línea aérea se debe a que la propiedad de los bosques, las tierras, los campos y los productos naturales no está registrada sino en la idea de la rapidez, la costumbre, la negación a emplear cualquier otro procedimiento y la ignorancia de quienes -aun con buena fe- no se han preocupado de que una alteración de ese calibre puede considerarse un atentado contra la sociedad. Todos tenemos derecho a disfrutar de nuestros paisajes lo menos tocados posible. El Cabezó de Oro, la sierra de la Grana, la Serrella, el Puig Campana y demás lugares por donde se pretende instalar la línea son patrimonio de todos. Y habiendo otros procedimientos tan seguros y eficaces para llevar la energía de un punto a otro no hay por qué destruir los espacios naturales. El concepto paisajístico, tan alejado de los tableros de dibujo, se olvida deliberadamente. Nadie hace esto en Europa. Todo el mundo entierra los cables.
En el caso que nos ocupa, aún es más doloroso que la indiferencia haya prevalecido sobre el sentido común. Quienes tenían que oponerse han aceptado el atentado. Sólo nos queda la esperanza que los magistrados de la Sala Tercera de lo Contencioso del Tribunal Supremo estudien bien la legislación y la apliquen como es debido.







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