Vuelva usted mañana

MONTILLA, ESE HOMBRE

 

José María Asencio Mellado Se me han puesto los pelos como escarpias, pero de no emoción, sino de ver repetido el "Cuéntame" en los diarios de la semana pasada. Vuelve mi infancia y adolescencia de golpe y me veo oyendo los mismos soniquetes que me enseñaron en la escuela franquista; lo inmutable e inatacable, lo absoluto porque sí, porque está en la esencia de las cosas o, tal vez, porque quienes lo promueven se sienten atrapados en el convencimiento de una misión trascendental que se eleva en un destino universal.
La Constitución es una rémora, un obstáculo ante la voluntad de los representantes del pueblo que no entienden que la Ley primera es también fruto del deseo de los ciudadanos, que la establecieron como regla suprema. Por ello, todo lo que sea anteponer manifestaciones limitadas y votaciones determinadas a aquélla es puro autoritarismo aunque se disfrace de democracia directa. Disfraz que tapa poco lo que se ve con nitidez.
Montilla es el paradigma de esta nueva y muy peligrosa forma de democracia, anclada en los pilares de la España profunda, esa que llevamos en la sangre al parecer y que no nos podemos quitar de las entrañas. Nos dice mi paisano, furibundo nacionalista ahora, que el Tribunal Constitucional ni está facultado, ni puede estarlo para inmiscuirse en los actos y decisiones de los poderes legislativo y ejecutivo. ¡Toma del frasco, Carrasco! De un plumazo se carga la Constitución, los recursos de inconstitucionalidad y de amparo frente a actos de la Administración y de paso al TC. Se pasa de la visión franquista de la irrecurribilidad de los actos políticos, a la más amplia de la irrecurribilidad de los "actos de los políticos". Lo que digan unos señores votados en listas cerradas, designados por los aparatos de los partidos, señores y señoras duchos en el manejo del pulgar que aprieta el botón indicado, ajenos a la capacidad y al mérito, maestros de la genuflexión ante el que tiene la barita de incluirlos en la "lista", expertos en el griterío y el pataleo en el salón de plenos, silenciosos ante la corrupción propia y escandalosos ante la ajena, digo, lo que estos señores aprueben es inatacable, cualquiera que sea la ocurrencia, aunque decidan cortarles los pies a los enanos, pintar de blanco a los de color o revivir la esclavitud. Lo que diga el Poder Legislativo no puede ser anulado por el TC, ni por nadie, sea inconstitucional o no. Ellos sólo responden ante Dios y ante la Historia.
Tamaña barbaridad, ante la que guarda silencio el Gobierno o muestra su comprensión, decidido a reformar lo que sea necesario para calmar las ansias nacionalistas de su propia extensión catalana, incluida la Constitución, merece por mi parte la más expresa reconvención, si bien, dado que me he acostumbrado ya a este tipo de diatribas expresadas con la gravedad y el gesto adusto, desde el buen humor, pues es tal la estupidez congénita de quienes nos gobiernan en unos y otros lugares, que la mejor postura es la risa, sonrisa o desprecio. Y es que, al final, de tanto degradarse, la clase política deambula entre la tontería peligrosa, la prohibición de todo, la imposición burda de sus argumentos y el desmadre intelectual. Y el PSC-PSOE y el PSOE, en estos momentos, son la máxima expresión de la tristeza que produce un partido centenario que se merece más, mucho más de lo que es hoy; tal es la deriva ideológica en la que se ha sumido.
Porque, decir una barbaridad es posible, aunque la misma consista en cargarse el modelo constitucional. Pero, que esa carga de profundidad sea entendida, aplaudida, recibida con agrado y predisposición a asumir lo exigido, es algo que merece más atención y no médica, pues el mal está arraigado y tiene difícil cura. Sin embargo, lo que provoca la rabia, seamos claros, no es que, de verdad, crean nada de lo que dicen; ni siquiera desean convertir la Constitución y el TC en un adorno, sino que buscan constituir poderes judiciales autonómicos (nacionales) designados por ellos, dominados por ellos, sumisos y obedientes. Si lo consiguen y a la vez mantienen sus "aforamientos", habrán conseguido la tan anhelada impunidad. Ni uno sólo será perseguido. La libertad de apropiación consagrada. La nueva democracia orgánica bajo el disfraz progresista con el que se cubren.
Malos tiempos, peores de lo que podemos intuir, como una enfermedad que va poco a poco minando lo que tanto costó construir y que, últimamente, por culpa de tirios y troyanos, vemos desvanecerse a paso lento, pero decidido. Nuestra democracia dista mucho ya de ser real. Quedaba el TC como último recurso, como tabla de salvación por el prestigio que se había ganado. Y al fin de desgastarlo se afanaron todos y lo han conseguido, primero con maniobras vergonzantes tendentes a dividirlo y menguarlo; ahora, calificándolo de vil, cuando la vileza ha sido provocada en un ejercicio de deslegitimación casi vomitivo y, ya parece asomar en el escenario ideado, limitando sus competencias al control de los actos de los jueces. Hasta en el franquismo existía el recurso de contrafuero aunque no se aplicara. Pero, la nueva democracia de la "Nueva Vía", por superar, quiere superar lo insuperable.







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