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Opinión

El beso de la roja

 02:19  

Alberto Soldado Admiren ustedes el armónico espectáculo de una pared entre Iniesta, Xavi y Villa con el cabezazo racial de Carles Puyol y concluirán que esa sí que es una raza y no la de Arzallus. Asómbrense ustedes de la Furia Roja catalana y descubrirán el "seny" salmantino. Sorpréndanse de que un odioso madridista mesetario, - el recurso geográfico es siempre muy efectista en ciertas religiones- se empeñe en meter de titulares a siete u ocho jugadores del Barça y comprenderán lo atrevido, singular y transgresor de que  la "universitas" salmantina reconozca a la muy nacional Pompeu i Fabra. Algunos, ya lo dijeron con lo de la Eurocopa, advierten de la inconveniencia de que las gentes descubran y compartan sentimientos poéticos.  Monopolizar sentimientos es como monopolizar novias: tan racial como el cabezazo de Puyol, muy español. Carles está dispuesto, por lo que se ve, a compartir infidelidades, pero el otro Pujol, el Jordi, muy mayor, de otra generación, la del nacional-catolicismo catalán, anda caviloso,  celoso perdido sobre las razones últimas por las que un castellano llora con el gol de un catalán. ¿Será que nos quieren robar el sentimiento de tener sentimientos? ¡A manifestarse! ¡Todos juntos en unión por la Santa Tradición  la Nación y, de paso, el Liceu!
Confúndanse ustedes de ver que lo que pasa es lo que pasa y no lo que le cuentan. Puyol es el Gran Capitán. Según Tele 5 el triunfo sobre Alemania supera la gesta de la batalla de Lepanto, y España está llena de españoles. Uno está acostumbrado a que Catalunya esté llena de catalanes pero le cuesta entender que España esté llena de españoles. Y muchos temen, con razón, que Catalunya esté llena de "universitas", biológicamente sospechosos como Del Bosque. Con Camacho lo tienen fácil. En Cieza no hay universidad. Lo peligroso es que las glándulas testiculares de Camacho se adoben con la melosidad jesuítica de Loyola o Montserrat. Esa mezcla y sus resultados se parecería mucho a la que se cocina en sus fogones.
Volvamos a lo sustantivo, que nos perdemos. El espectáculo del fútbol, como casi siempre, esta fuera del césped. Miren lo del pulpo. Admirable. Millones de personas siguiendo en directo los cavileos de un cefalópodo. La Humanidad entera pendiente de la sesuda decisión de un montón de patas. ¿Qué importancia tienen la "República" de Platón, la Escuela de Alejandría o la Enciclopedia francesa con la reflexión de un pulpo? Pasen y disfruten con las declaraciones de un ministro del gobierno de España.
El hombre, henchido de patriotismo, ha cuestionado las previsiones de crecimiento económico del Banco Mundial porque están realizadas antes del triunfo de la selección española sobre la alemana y no ha tenido en cuenta la variable de la reactivación del comercio textil, gracias, sobre todo, a la venta de banderas rojigualdas y de camisetas de La Roja. Los chinos, ha dicho el ministro, comprarán más a los españoles porque les gusta el regate del de Fuentealbilla. De todo lo cual habrá que admitir que el nacionalismo, los sentimientos, la poesía, la patria, la grande, la chica o la intermedia, es un buen negocio. Y si va acompañado de banderas, historias, libros, teatros, estampitas y escapularios diversos, ofrece buenas oportunidades. De algo hay que vivir.
Sin embargo, de todos los gestos comentados, de todas las potencias intelectuales que han aflorado en estas semanas al servicio del recto proceder de la Humanidad, nada será comparable con lo que nos espera un minuto después del triunfo de España. La información, rigurosamente contrastada por un amigo, jefe de seguridad de la selección, indica que Iker Casillas invitará a su novia, Sara Carbonero, a ocupar el punto central del cuadrilátero y le dará un beso como Dios manda, tras brindar, con gesto torero, a toda la afición mundial. Y entonces sabrán cómo besa la española, porque la española cuando besa es que besa de verdad y a ninguna le interesa besar por frivolidad. ¡No sabe en la que se ha metido Urbaneja! España entera se derretirá de emoción, ríos de lágrimas inundarán pueblos y ciudades y tras la entrada triunfal por las calles de Madrid, Iker y Sara, aclamados por una enardecida multitud, estarán en condiciones, y a ver quien lo impide, de instaurar una nueva Monarquía. Esta sí, racialmente española. Una Monarquía popular, a lo Belén Esteban,  una Monarquía salida de La Roja,  con el estilo de Letizia, pero un poco más alimentada.
El triunfo en Sudáfrica será la necesaria y urgente convulsión que libere a España de su pesadumbre histórica y de su vicepresidenta. Entre ella y la Sara, no sé usted, pero yo lo tengo claro.
¡Viva la España nacida de La Roja!







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