Agua de mayo

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Juan R. Gil El PP y el PSOE volverán a reunirse mañana para tratar de cerrar el acuerdo que permita a Alicante disponer de un estadio digno de la categoría de honor a la que el Hércules acaba de regresar después de catorce años de travesía del desierto. Más allá de alguna extemporánea salida de tono (tiene razón Manuel Alcaraz cuando critica que la alcaldesa planteara en los primeros momentos el apoyo al club blanquiazul en términos de alicantinismo o antialicantinismo), hay que subrayar que, hasta aquí, Castedo ha sabido ver claro que cualquier iniciativa respecto a las medidas a tomar por el Ayuntamiento para respaldar al equipo debía ser consensuado con la oposición y Moreno, pese a las reticencias iniciales, también parece tener el convencimiento de que algo hay que hacer y de que los socialistas no pueden quedarse fuera de esa foto, ni instalarse en el no sin más.
Para entender por qué el ascenso a Primera División de un equipo de fútbol ha devenido tan rápidamente en un asunto de trascendencia política hay que situarse en las peculiaridades de Alicante, una ciudad a la que le cuesta tanto ejercer de capital que, de facto, jamás lo ha hecho; que se dice turística y de servicios pero nunca ha articulado una estrategia unitaria y coherente para comportarse como tal; y con una capacidad pasmosa para acomodarse en la inanidad, no sumiéndose en demasiadas penas, pero tampoco haciendo esfuerzo alguno para aprovechar las alegrías. Alicante pasa. Ya lo sabemos.
El Hércules es un ejemplo de todo ello. Hace por los menos dos décadas que el equipo no existiría de no ser por el Ayuntamiento. Los aficionados que le apoyan y que le han seguido en los momentos más difíciles no han sido nunca suficientes en número para sostenerlo. Fue bajo mandato de corporaciones socialistas cuando se concedieron al equipo las licencias necesarias para montar una cooperativa de viviendas y también cuando, in extremis, el entonces alcalde Luna tuvo que tomar la difícil decisión de echar mano del erario público para comprar el campo de fútbol y evitar, con una inyección de mil millones de las pesetas de principios de los noventa, que el club desapareciera incapaz de afrontar sus deudas. Gracias a eso, el Hércules fue capaz de remontar e incluso ascender a Primera, pero la enhorabuena apenas duró una temporada tras la cual cayó en un pozo del que, una vez más, fueron las gestiones de otro alcalde las que pusieron los cimientos para que pudiera escalarlo. Fue Alperi el que embarcó a Ortiz para que comprara el club. ¿Que el empresario buscaba negocio e influencias con la operación? Seguramente sí: es lo que marca el guión de los negocios. Pero la verdad es que después de una década no ha logrado en todo caso que saliera adelante ninguno de los proyectos que ha presentado para sacar provecho al suelo en que se encuentra el estadio, y sin embargo se ha gastado en el club más de 30 millones de euros y ha conseguido llevarlo de Segunda B a Primera.
Así que, más allá del innegable morbo que algunas de sus actuaciones desatan, el manteo de la alcaldesa en la fuente de los Luceros el día del ascenso estaba justificado. Como lo estaba también el que, a renglón seguido, Ortiz empezara a pedir a gritos ayuda de la ciudad y de las instituciones. Porque Castedo, no en la parte que se ve, la del citado manteo o la presencia en el palco, sino en la que se resuelve entre bambalinas, en la búsqueda de apoyos en momentos decisivos, ha tenido mucho que ver con el final feliz de la temporada herculana. Y porque Ortiz es consciente de que el éxito de hoy puede tornarse en fracaso mañana si no consigue el respaldo necesario para formar un equipo que, si no anhela más, al menos tenga en su mano los mínimos instrumentos para que la permanencia no sea una quimera. Para eso hace falta financiación. Pero para arrancar es imprescindible un estadio digno de ese nombre.
La propuesta sobre la que ahora se está discutiendo es complicada, puesto que supone la vuelta a la titularidad pública del "Rico Pérez", pero también es asumible y defendible si se respetan los términos en que se ha planteado: la rehabilitación integral del corazón deportivo histórico de Alicante, el Monte Tossal, lo que significa no renovar sólo el campo de fútbol, sino también el deteriorado Centro de Tecnificación, donde juega en Liga de Honor el Lucentum; el viejo pabellón Pitiu Rochel, la también veterana Ciudad Deportiva, los accesos, el entorno, el aparcamiento... todo. La ciudad (y la provincia, ojo) ganaría con ello. Pero el proyecto debe hacerse sin que lleve aparejado pelotazo alguno. Claro que no cabe más remedio que plantear una operación inmobiliaria: es lo que se ha hecho en todas las capitales que tienen un equipo en Primera y es la única vía para que no sean las arcas públicas, cuyos fondos deben estar para otras cosas, las que sufraguen los costes. Así que, valgan los aumentos de los aprovechamientos urbanísticos en otras zonas de la ciudad, siempre que el beneficio que reporten sea estrictamente el que se reinvertirá en la restauración de las instalaciones deportivas y sus aledaños, o cualquier otro plan añadido que pudiera invocarse para los barrios faltos de infraestructuras adecuadas. Y todo ello, ejecutado de forma transparente, lo que estaría mejor garantizado a ojos de la opinión pública si desde el primer momento fueran de la mano en esto el PP y el PSOE. A los socialistas puede pesarles la duda razonable de si todo lo que hagan no correrá en beneficio del PP, que es el que gobierna. Pero siendo, como son, un partido que también gobernó (y tomó, como he recordado, decisiones similares ante situaciones parecidas), no les queda otra que arriesgarse a ello, puesto que quedarse ahora al margen de la solución sería tanto como renunciar a presentarse luego como alternativa.
Que el Ayuntamiento empiece a actuar cuanto antes es condición necesaria para que el Hércules pueda iniciar como debe la temporada. Necesaria, pero no suficiente. Es preciso también que la Generalitat dé a Alicante un trato equitativo en relación con el que ha ofrecido al Valencia. Y que la sociedad alicantina, pero sobre todo su empresariado, se moje de una vez. Son malos tiempos, es cierto. Pero el Hércules no es para Alicante sólo un equipo de fútbol. Ni tampoco únicamente un símbolo. Es, sobre todo, un negocio para toda la provincia, y como tal debe contemplarse: agua de mayo enmedio de esta terrible sequía que nos asola.







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