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Economía en ´prime time´

 03:18  

J. Manuel Bonilla Hay una bomba en el estadio! Imagine exclamar esta frase en el micrófono y proyectarla en las pantallas durante la final del Mundial. Fuese cierto o no, sería una temeridad y provocaría el caos.
No hay peor mal que la manifestación del pánico en cualquier situación adversa, ya sea ante una disyuntiva médica, una catástrofe natural, un atentado terrorista o una crisis económica. Perder el control y el temple, a merced del miedo y de la incertidumbre, multiplica infinitamente a peor el resultado de cualquier modelo a resolver y dificulta enormemente su solución. La frase "calma, que no cunda el pánico", define lo dicho. Y es que dos situaciones que a grandes rasgos pueden parecer simétricas es seguro que su resultado será muy distinto dependiendo del brote de esta variable, la desconfianza -un cáncer para cualquier situación de riesgo, y tabú en economía-.
Es aseverado por todos que ante una epidemia no hay mayor prioridad que la de gestionar correctamente la información. En una crisis o epidemia económica también, su resultado dependerá de la cantidad y pureza de la dosis administrada.
Diariamente somos testigos de ciertos debates participados por parte de grandes gurús de la economía cuyo tema principal radica en las diferencias y similitudes entre ésta y otras crisis económicas pretéritas, como la de los noventa, pero siempre bajo una perspectiva demográfica y/o económica. No obstante, una diferencia irrefutable entre aquella crisis y ésta, interiorizada por todos, radica en el libre acceso de la información, de la desorbitada cantidad y de la veracidad de la misma.
Hoy por hoy existe una inquietud y una cultura financiera latente en todas las clases y estatus sociales muy superior a la de otras épocas, emergiendo efectos colaterales que han provocado que digerir y gobernar esta crisis sea mucho más complicado. La gente se informa, se interesa, pregunta, opina y sentencia mucho más y con mayor celeridad que antaño. Es una realidad. La amplia oferta mediática consecuencia de la revolución digital capitaneada por el fenómeno Internet y la liberalización de la televisión, cadenas de radio y otros medios, ha provocado que las alternativas temáticas, para bien, sean mayores y más completas.
Recuerdo que, cuando era universitario, para ver un programa de debate o de información económica cualquier inquieto tenía que tomar tres cafés y aguantar hasta las 2 de la mañana sacrificando horas de sueño. Hoy no es así, afortunadamente esto ha cambiado, cualquier persona de a pie puede sintonizar canales exclusivos y especializados en el tema a cualquier hora del día. Antes sólo preguntaba por el euribor aquel individuo insólito, pocas veces visto, que portaba un periódico de color salmón. Actualmente, donde desayuno cada día, hay que pedir la vez para acceder a ese periódico naranja. El otro día en la pescadería una señora de avanzada edad, dedicada a sus labores domésticas, estaba preocupada por sus ahorros, en tanto en cuanto, escuchó que le habían bajado el Rating a su entidad financiera; posteriormente entré a tomar un café y el tema de la barra se centraba en las ayudas del FROB y, finalmente, me quede patidifuso cuando un taxista conduciendo me simplificó perfectamente el funcionamiento de un SIP. Sin embargo, todo esto que parece divino y hermoso, tiene su lado adverso por varios temas: que toda la sociedad opine a libre albedrío y todo lo sepa, que la población reciba más información de la que puede asimilar, y que el mundo ha encogido.
Ciertamente este mundo se ha quedado pequeño. Desde cualquier ordenador de un pueblo olvidado, zutano puede difundir a modo virus un bulo o rumor a través de la red. Un juicio de valor desafortunado, ingenuamente emitido o a propósito con cierta intención en un foro que a priori parece no tener repercusión, con el avance tecnológico en segundos llena las páginas virtuales de un noticiero. En cualquier caso, las consecuencias son inmediatas y pueden ser catastróficas al otro lado del océano.

Opinar "de oído". Por otro lado, un fenómeno que nos debe motivar a la reflexión es que todo el mundo opine a modo docto en esta materia, sin saber y, además, "de oído". Es una irresponsabilidad que en ciertos programas de televisión y radio, en prime time, se permita a cualquier personajillo, cuya cátedra se especializa en cotilleos, manifestarse en este tema. Creo fehacientemente en la transparencia y en la libertad de opinión. Pero también postulo que hay una gran diferencia entre regular, para evitar la anarquía y el caos, y la intervención para gobernar la información con intención abusiva. Por ende, es una temeridad dimanar sin control una información sobre tal cantidad de espectadores o de oyentes anárquicamente sin que previamente se analicen las repercusiones. Que además ni quien emite el mensaje ni quien lo recibe comprende realmente lo dicho. Y que en muchos casos la información difundida está distorsionada y sesgada. En esta crisis ha acaecido, y rumores, que nunca debieron salir a la palestra, se han difundido ocasionando daños irreparables.
En la crisis de los noventa la información estaba mucho mejor administrada, hoy fluye libremente, a velocidad de hiperespacio y en ocasiones a modo Big Bang, sin control, lo que provoca que las reacciones de los mercados, de los agentes económicos, de los consumidores, de los trabajadores, de las empresas y demás actores sean inmediatas, imposibilitando margen temporal de maniobra. Emerge la temida desconfianza con ajustes radicales producidos bruscamente. Las decisiones quedan obsoletas antes de tomarlas. En definitiva, un handicap nuevo y con mayor peso en los modelos actuales, que estaremos de acuerdo, quizá sea la mayor diferencia entre esta crisis y las pasadas. Con sus consecuencias para el ciudadano.
¡Hay una bomba en el estadio! Fuese cierto o no, estoy seguro de que no se detendría a verificarlo, saldría en estampida con sus hijos.







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