Perdonen que no me levante

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Francisco Poveda Blanco Pese a estar durante meses debatiendo sobre una misma materia, son incapaces de llegar a acuerdos, aunque el país lo necesite como agua de mayo para salir de esta situación, la peor desde la Gran Depresión del 29. Aunque lo dicte la cordura y el sentido común, los más altos representantes de organismos, gobierno, partidos políticos, instituciones, sindicatos, asociaciones, judicatura, etcétera, son incapaces de pactar soluciones que faciliten la evolución y el crecimiento económico. Su cortedad de miras, la incapacidad negociadora y su nimia generosidad, nos causan estupor. Millones de desempleados, cientos de miles de autónomos, pequeñas y medianas empresas y profesionales que a diario realizan esfuerzos sobrehumanos para subsistir, presencian cómo quienes dirigen los grandes grupos de presión, en el paradigma de la irresponsabilidad e insolidaridad, no acuerdan, no avanzan, no ofrecen esperanza a quienes la necesitan tanto como el náufrago la tabla de salvación.
Pido disculpas a Groucho Marx por servirme de su famoso epitafio Perdonen que no me levante con el que expresar mi desánimo ante el caos existente, fruto de tantos desencuentros. Después de casi tres años, podemos afirmar, parafraseando al genio citado, que partiendo de un poco hemos alcanzado las más altas cimas de la miseria, sin duda porque como él mismo dijo "la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados", y la economía no le va demasiado lejos.
El desacuerdo de los agentes sociales para reformar el mercado de trabajo, después de meses de negociación, sin un ápice de sentimiento de culpa en Díaz Ferrán, Toxo, Méndez y Bárcenas, ni de Zapatero, que también ha perjudicado las negociaciones anticipando absurdamente información que sólo podía conducir a que, los unos hoy y los otros mañana, se desentendiesen del acuerdo para dejar en manos del Gobierno la responsabilidad de un nuevo decreto, es una muestra de la discapacidad aludida. Como lo es el desacuerdo del Tribunal Constitucional para adoptar, tras siete borradores diferentes y más de tres años, una sentencia sobre la inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña, que ha terminado agravando el clima social más que si se hubiese dictado en contra.
Es contradictorio Zapatero, que ha cambiado de criterio a lo largo de la crisis con profusión, y que ha dado un giro copernicano al girar a la derecha ante el conflicto, por exigencias de los mercados de deuda, lo que demuestra hasta qué punto es delicada nuestra situación. Y no lo es menos Rajoy, que en su desapego institucional y la búsqueda del rédito electoral no aprecia la aproximación del Gobierno a sus querencias, y como si fuera de izquierdas, le critica las medidas tomadas hoy que ayer él mismo reclamaba. Y son irresponsables las Comunidades Autónomas que, como los ayuntamientos, se han endeudado hasta las cejas, hipotecando nuestro presente y embargando nuestro futuro, confundiendo el Estado del bienestar con el reino de Jauja, mal usando nuestros impuestos al dar carta de naturaleza al derroche, la ostentación y la pillería.
Son incorrectos los políticos que se instalan en la arrogancia del silencio sin atender a su obligación de ejemplaridad porque ocupan cargos de servicio público, cuando se adivina que, por sus actuaciones personales, juzgadas como dudosas, debieran responder, aunque quizá no tengan respuesta plausible y sigan el irónico consejo de Groucho: Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.
Y somos responsables nosotros, por sumisos ante los desvaríos de quienes nos representan: los empresarios por mantener en el trono al jefe de la patronal, al que su propio fracaso lo descalifica. También lo son los trabajadores sindicados por aceptar en la negociación de la reforma laboral, pese al drama del descomunal desempleo, que las centrales sindicales piensen más en la indemnización por despido que en cómo lograr un nuevo modelo de contrato que procuren empleos, o en admitir que la retribución concilie con la productividad no con la asistencia al trabajo. Lo son los funcionarios por no exigir, lejos del café para todos, que las retribuciones se correspondan con el esfuerzo, con la eficacia y con la eficiencia, sin que sirva de lastre la perpetuidad lograda por oposición. Y lo son los medios de comunicación -radio, prensa y televisión- por tomar parte y avivar la hoguera del desencuentro, perdiendo objetividad por mor al perfil de sus oyentes, lectores y televidentes.
Mucho más lo somos todos por aceptar líderes mediocres que, en tiempos de crisis, consideran a los demás como enemigos en vez de como colaboradores en la ímproba empresa de sacar al país del caos. Y lo somos, por no entender, de una vez por todas, que no podemos aceptar como lícito el fraude al Estado, porque Estado somos todos. No es justo que no nos inmutemos ante quienes cobran del desempleo mientras trabajan de forma encubierta; que sepamos quiénes cometen fraude fiscal sin rebelarnos por el daño que causan a la rex pública; al contrario, que sigamos siendo pusilánimes ante la creciente picaresca de un país que se hunde en la miseria, mientras sus representantes se enzarzan en grescas interminables. Así que, perdonen ustedes, pero hoy no me levanto.

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