El fracaso de un éxito

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Rafael Simón Gil Transcurridos algunos días de la huelga de funcionarios y funcionarias convocada por los sindicatos y las sindicatas (¿o es que aquí sólo conviene lo de miembras pero no lo de sindicatas?), nadie alberga ya dudas de su triunfal éxito. Mientras los ¿representantes? y ¿representantas? de los trabajadores y trabajadoras hablan de una participación en torno al 75% y el ahora pérfido Gobierno reduce ésta a la manipulada cifra del 10%, la realidad es todavía más optimista con los sindicatos y, a falta de las últimas cifras por contrastar, la huelga podría haber sido secundada por el 95% (podría haber sido secundadaÉ podría haber sidoÉ podría haberÉ podríaÉ). Ya digo, sólo falta verificar los últimos datos pero como el escrutinio se está haciendo manualmente, funcionario a funcionaria, con interventores de los sindicatos vigilando el delicado proceso, el recuento final pudiera alargarse hasta después del verano, quizás coincidiendo con la huelga general que tienen prevista convocar CC OO y UGT ¿con Zapatero? Quizás.
Pero aunque el camino hacia esa huela general esté sembrado de rosas rojas, no le faltan negras espinas. De momento, el CSI-CSIF, (sindicato de los funcionarios) ha roto el diálogo con CC OO y UGT por entender que estos últimos utilizaron las movilizaciones como ensayo para la huelga general. Además, cuatro dirigentes de aquel sindicato fueron agredidos con palos de banderas por miembros -no se dice si también participó alguna miembra- de CC OO y UGT en Logroño, según denunció el CSI-CSIF. ¿Ahora se dan cuenta de que eran utilizados? ¿Ahora reparan en que los matrimonios de conveniencia acaban el juzgado? ¿Cuántas huelgas y manifestaciones fueron convocadas por CC OO y UGT mientras las cifras de parados crecían escandalosamente hasta los más de cuatro millones y medio? Por cierto, ¿recuerda alguno o alguna de ustedes dos que José María Fidalgo, ex secretario general de CC OO, fue agredido con el palo de una bandera el 1º de mayo de 2003 por un trabajador? ¿No? Yo sí. Y es que al parecer la unidad sindical ni con palos ni sangre entra.
El omnipresente Cándido Méndez (secretario general de UGT de Jaén en 1980; secretario general de UGT de Andalucía en 1986; diputado del Parlamento andaluz; diputado del Congreso; secretario general de UGT desde 1994, presidente de la Confederación Europea de Sindicatos desde 2003 -en total más de 30 años dirigiendo- e invitado habitual en el palco VIP del estadio Santiago Bernabéu donde juega el que fue llamado equipo del régimen anterior, el de Franco) ha sido considerado, seguro que maliciosamente, el cuarto vicepresidente del Gobierno. Habladurías. Lo que sí parece incuestionable es la exquisita delicadeza que siempre mostró con el presidente Zapatero en todos los años de su mandato. Piropos, aplausos, palmadas, consejos y silencio con las políticas económicas y laborales del faro de la Alianza de Civilizaciones. "Este Gobierno es el que mejor se ha portado ante la crisis", decía cándidamente hace pocos meses. En efecto, dice meses después: por eso quiere montar la huelga general ¿Ya no te ajunto, presidente?
Si alguna consecuencia debe sacarse de la pasada huelga -además de su clamoroso éxito, que ya está bien de engañar a la ciudadanía con porcentajes del 10%- es el absoluto desencuentro, el preocupante abismo que se ha creado entre los trabajadores, estén o no en paro, y sus representantes sindicales, cada vez más distanciados y ajenos a lo que está sufriendo la "histórica y revolucionaria clase obrera", como gustan denominarla sus dirigentes y dirigentas. De ahí que mediten con mucha cautela convocar la otrora temida huelga general. Es el miedo al fracaso de un éxito, como el ocurrido hace unos días.
Con una afiliación minimalista y de cuentagotas; con más de 300.000 liberados y liberadas; con unas jugosísimas subvenciones públicas, tanto de gobiernos centrales como autonómicos (peligrosa y sedante arma de doble filo, como se ha demostrado durante estos años); con unos postulados anclados en el siglo pasado -pero de principios del siglo pasado-; sin auténtica capacidad de adaptación al presente, al mundo global, a los problemas actuales, a las necesidades y aspiraciones de los trabajadores, de una clase media cada vez más ancha y vital, muy lejos de aquél "lumpenproletariat" que describían Marx y Engels en La ideología alemana; excesivamente ideologizados y, por ende, liderando campañas ajenas al mundo laboral, los sindicatos tradicionales españoles precisan de una profunda reflexión, de un intenso debate para ser y ocupar el necesario e imprescindible espacio que les corresponde en una sociedad modera y en constante evolución.
Las actitudes maximalistas y revolucionarias, las caducas fórmulas demagógicas, las manidas y ajenas consignas -¡contra el capital!, ¡todo para el pueblo!, ¡contra los ricos!, ¡contra el empresario explotador! (la mayoría de empresarios son hoy gentes modestas con más problemas que los propios trabajadores a los que pagan)-, son el nefasto caldo de cultivo que, de seguir germinando, volverá a traerles nuevos fracasos envueltos en apabullantes éxitos.







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