La recta final

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Ángeles Cáceres Supongo que las vidas de cada persona, completamente distintas entre sí aunque a primera vista pueda no parecerlo, entre otras divisiones y subdivisiones se podrían catalogar en tres grandes grupos: el de quienes las viven como una sucesión de "sprints", el de quienes se las toman como un relajado paseo en el que huyen de agotarse y mucho más de ponerse en riesgo, y el de quienes pasan por ellas sin sacarse de encima los sudores del esfuerzo prolongado, con las fatigas propias del corredor de fondo que nunca se puede permitir bajar la guardia, y en las que siempre tienes que reservar un mínimo de resuello en los pulmones porque albergas la sospecha, más bien convicción, de que lo vas a necesitar para afrontar los imprevistos, con toda seguridad jodidos, del último tramo que aún te queda por correr, aunque sea arrastrando la lengua y echando los bofes.
Qué cosas; el párrafo anterior, por cierto larguísimo para no llevar ni un punto y seguido, tiene así como treinta y tantas o cuarenta horas de separación en el tiempo con todo esto que le sigue. Y es que empecé a escribir el artículo el martes por la mañana pero tuve que aparcarlo para atender a otras labores, entre las que no fue la menor agarrar el coche y bajarme a la mani de por la tarde, que me había pedido poco antes Consuelo Navarro que leyera el manifiesto y cómo le vas a decir que no a una compañera de brega, aunque una no sea funcionaria ni esté siquiera en nómina en ninguna parte, autónoma y gracias. Y luego ya en la capital la cosa se alargó bajo los ficus de Correos con unos montaditos, unas clóchinas y unas cervezas; la mía sin alcohol, no sólo por la cuestión de la conducción (vivir donde casadios es lo que tiene, que hay que meterse por autovía, después por carretera de cuarta o quinta categoría y al final por caminejo de cabras), sino porque iba puesta de nolotiles por un dolor de muelas recurrente que hace unos días me está llevando por la calle de la amargura y mezclar alcohol y pastillujos es malísimo.
Así que con esta escritura me ha pasado como con la vida misma: que la inicié con unas intenciones, planteamiento o lo que fuera, y los acontecimientos que sobre la marcha se han ido sucediendo me obligan a introducirle algunas variantes. Conservando, eso sí, el fondo inicial, que no es otro que comentar ciertas peculiaridades del último tramo de la existencia en el que nos encontramos quienes ya hemos cumplido una edad. Porque se da la circunstancia de que yo el domingo pasado cumplí sesenta y nueve tacos nada menos. O sea, la edad en que, cuando no éramos tan finos al hablar como ahora, te llamaban "anciana" con la mayor naturalidad del mundo. Probablemente, claro, porque lo eras. Lo que pasa es que ahora l@s ancian@s nos resistimos cada vez más a cumplir el rol de "trastos viejos". Nos empeñamos en seguir en activo, cada uno/a en la medida de sus posibilidades (mayormente, físicas), probablemente porque si hay algo que nos produce escalofrío y hasta alergia es la idea de dar cuerpo y sentido a la tristísima expresión "clases pasivas".
Supongo que con esa intención mis hijos se empeñaron en que vinieran a casa unos cuantos amigos, pocos y escogidos: los cabales, que diría un flamenco. Faltaba alguno, por cuestión de prisas a la hora de organizar el encuentro, pero desde luego no sobraba nadie. Y por uno de esos milagros que a veces pasan, el viento nos fue propicio soplando en contradirección todo el rato que estuvieron los visitantes, y pudimos tomarnos el cava y la tarta en el porche sin vomitar por la peste del vertedero. Al rato de irse, eso sí, cambió el viento y ya los perros buscaron refugio dentro de la casa tosijeando como cada noche, animalicos; en vano, porque con los calores no se pueden cerrar las ventanas, pero ea.
A lo que íbamos; que cada día tengo más claro que este último tramo de la vida tiene la mar de cosas positivas. Valoras más todo, hasta lo más nimio y pequeñito; pero, en especial, has perdido definitivamente la vergüenza y te muestras con sencillez tal y como realmente eres, y al que le guste, bien, y al que no, carretera y manta. Y algo por el orden pasa con el miedo: que te lo has dejado por el camino. Así que ya eres capaz de soltarle en su cara a quien sea las verdades del barquero sin andar calibrando las posibles consecuencias de la sinceridad.
Aunque creo que lo mejor de estas edades, aún no provectas pero encaminadas a ello, es lo que te llegas a divertir observando al personal. Y es que, como la experiencia es un grado, ya te pueden ir diciendo misa en arameo y tratar de venderte mil burras (políticas, humanas, laborales o de las que sean) que tú las ves venir desde kilómetros, como quien dice. De manera que te vas con quien te da la gana, dices lo que se te pone por montera, le plantas cara al lucero del alba, levantas el puño donde te sale de las narices y te quedas tan a gusto, dándole importancia sólo a lo que realmente la tiene. Por ejemplo, que un nieto se eche a andar solo. O que un@ amig@ del alma siga respirando. O saber que los que se fueron nos siguen aguardando en algún sitio, sin prisa pero sin pausa. Y que ahí nos vemos, que dirían en México lindo y querido.







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