Enfermedades televisivas

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Francisco Sánchez Estoy en el dique seco. Una espalda maltrecha, junto a un cuello desarbolado me han apartado de la dinámica alocada que es mi vida. Son muchos los que me preguntan cómo puedo aguantar tanto stress y tanto curro. Yo también me lo pregunto. Mi cuerpo, sabio él, me ha avisado de lo frágil que somos los humanos, especialmente los "malcuidados", como yo. Somos unos indefensos y a lo mejor debería dimitir de algunas cosas como me solicitan algunos anónimos comentaristas debajo de mis artículos. Claro, que los abajo firmantes, no se preocupan de mi salud. Supongo que incluso les parece bien que me duela el tarro. Pero es sintomático que diga lo que diga, siempre hay alguien que pide mi dimisión del Gil-Albert, sin mencionar mi artículo.
A mí esto me hace pensar. A lo mejor me duele tanto la cabeza de las malas ideas que tengo. O me duele porque pienso más de la cuenta. O porque almaceno un cofre de información que entre sí se repele. Lo verdaderamente importante es que no somos nadie. Un ser humano está abocado a su salud. A su buena o mala salud.
Estar postrado me ha enchufado a la televisión. Podía haber leído, pero el intenso dolor craneal me lo impedía. Decidí hacer un maratón de televisión y ponerme al día de todo lo que la gente está viendo estos días. Y casi acabo peor. Hay gente que dice que yo utilizo un lenguaje zafio y callejero en mis artículos. No lo sé. A veces necesito arrojar palabras que escucho en la calle y que casan en mi discurso. Pero que quieren que les diga, si el ratillo que he estado enchufado a esos programas televisivos me ha reconfortado con mi léxico.
Les cuento. No he podido aguantar más de una hora el programa de "Sálvame". Dura cuatro horas. Pero si yo tengo que enchufarme las cuatro horas a semejante suplicio habría necesitado un trasplante de cabeza. Millones de personas se agolpan a este programa como tabla de salvación ante la que les cae en casa. No hay trabajo. Hay miseria. Pero si tú te enchufas al "Sálvame" te puedes "entretener" durante un ratillo. No es que se olviden las penas, es que, supongo, tu horizonte se expande hasta entrar en el dormitorio de algún "pelagato" y escuchar, casi en directo, las relaciones sexuales.
Es un formato fácil. Se trata de elegir personajes cuya vida circule alrededor de la nada. Si los personajes se pueden construir y destruir, televisivamente hablando, a golpe de falsa exclusiva, mejor. Es una especie de montaña rusa de noticias, ruedas de prensa trucadas, contra noticias, desmentidos, fotos apañadas y besos comprometidos o falseados. Es un éxito seguro. Por eso a mí no me gusta. Estos éxitos basados en un guión puramente físico o mental, que sólo pretende introducir personajes en el plató como el que sienta un cactus en su trasero, no me molan. Tienen éxito. Se producen una retahíla de exabruptos y gritos de guerra que soliviantan al personal. Se trata, al parecer, de pelearse y "despelearse" como si de un patio de vecinos se tratara. Todo con un supuesto glamour fabricado a base de ropa escogida y un público adepto como si de una secta de tratara. Son los nuevos "sacerdotisos" del amor.
Yo estoy malito, pero la televisión está podrida. Un alarido de voces, que además cobran, se arremolina en torno a directores de escena que acrecientan su ego con el éxito por los millones de espectadores que los siguen. Es una enfermedad. Para ellos bendita enfermedad. Una enfermedad que les da para ganar más que un ministro. Vale. Habrá gente que dirá que algunos ministros no se ganan el sueldo. Pero la enfermedad está también en admitir que por hablar de la entrepierna o de los cuernos de un susodicho, se pueda uno forrar. Si estábamos hablando de que la gente ha vivido por encima de sus posibilidades, aún cuando fuese trabajando, no me negarán que esta gente no ha sido culpable de la quiebra del sistema. Es coña. Pero una sociedad que permite un despiece público de un circo de tramoyistas cuya única valía ha sido "estar" en la tele, es una sociedad que no tiene dolor de cabeza, como yo, es una sociedad enferma de televisión.







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