MANUEL ALCARAZ RAMOS
Hace unos días participé en Valencia en la presentación pública de "En Moviment", un colectivo cívico que desea implantarse en las comarcas del País Valenciano. En el acto se leyó un manifiesto de título imprescindible: "¿Dónde está mi dinero?", tanto más oportuno porque el encuentro se desarrolló en la puerta de les Corts Valencianes. Allí intervinieron más de treinta colectivos de Valencia, además de "Reaccionem", de Castelló, y la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas, de Alicante. En esos pequeños discursos hubo de todo. Pero se constató la necesidad que tienen muchos de que su voz sea escuchada, como un requisito mínimo para sentirse ciudadanos reales: hay mucha queja acumulada, mucha frustración y hasta mucho dolor que no encuentran, en esta Comunidad de maravillas, cauces de expresión y reconocimiento. También hubo palabras que muestran que están surgiendo nuevas y razonables propuestas, que no todo, ni mucho menos, fueron "noes".
El acto y el nacimiento de "En Moviment" merecen simpatía y obligan a alguna reflexión. Una de las grandes paradojas de los últimos años es que mientras la democracia se degrada, en medio de la resignación de muchos y de la complicidad de algunos, han surgido, por docenas, plataformas cívicas que tratan de cubrir un hueco que los partidos y las instituciones han permitido que cada vez sea más grande. Al pregonado desinterés por lo público se le opone esta miríada de gestos de resistencia y de compromiso, signos de la existencia de un minoritario pero interesante segmento de la sociedad que, por desconfianza o por convicción, no está dispuesto a delegar todas sus demandas en los cauces institucionales.
Una reacción característica ante ello ha sido la incomprensión. Y es que cada uno de estos grupos es, por definición, ex céntrico, porque una de sus características básicas es la negativa a ser abducido por el rampante centrismo político que difumina los perfiles de alternativas y de sueños. También son in-cómodos, porque su presencia y sus demandas desbordan las plácidas presunciones con las que se va tejiendo la presunta normalidad democrática. Tampoco obedecen a la lógica cultural del discurso político-deportivo al uso: no compiten, no están con-unos-o-con-otros, sino que reclaman un espacio propio. Por supuesto, la gestión del PP es su mayor alimento, y no es casual que la mayoría de discursos escuchados puedan agruparse en tres bloques: hay que defender las ciudades, el patrimonio y el medio ambiente; hay que promover unos servicios públicos universales, de calidad y solidarios; hay que apuntalar la democracia frente a la corrupción, la opacidad y el autoritarismo.
Ahora bien, la justeza de críticas y demandas de estos colectivos no asegura que puedan alcanzar sus objetivos. Sobre todo porque lo primero que tienen que hacer es eso, definir mejor sus objetivos, evitando confundir los deseos con las realidades, los medios con los fines. Porque tienen por delante el debate que es tan antiguo como la historia de los movimientos sociales: cómo compatibilizar la defensa de su identidad con criterios de eficacia. Y si priorizan la identidad, que es lo fácil, pierden. Lo que se relaciona con otro grave problema: su fragmentación, su atomización, el ingente derroche de esfuerzos perdidos en reuniones infinitas o en intentos condenados al fracaso, presididos por una ingenuidad que nadie va a agradecer. O, incluso, la confusión entre la necesidad de actuar y el considerar que toda actuación se hace en "representación del pueblo", lo que puede llegar a ser antidemocrático, y más si, a veces, su programa se diluye en un pobre "no en mi barrio".
En todo caso la situación se está alterando: de todas estas limitaciones se está tomando conciencia. En diversas iniciativas se aprecia la necesidad de buscar fórmulas de encuentro, de vertebrar los movimientos cívicos en el ámbito valenciano. Lo que irá ligado a superar la despolitización de algunas de estas fórmulas. Porque, sin duda, son expresiones de la política, de la democracia cotidiana, de la necesidad de llenar el vacío de ciudadanía que nos atenaza. Aunque sea difícil, en tiempos de descrédito de la política, reivindicarse como nuevas expresiones de la política. Y, sin embargo, por todo ello, defienden un territorio propio, pero complejo: el que viene sugerido porque los partidos son, constitucionalmente, el cauce esencial de la participación política, pero no el único cauce -esto no está en la Constitución, y si un partido lo defiende socava la misma lógica constitucional-. Por eso la forma de diálogo con los partidos será esencial: ni sometidos a los partidos ni contra los partidos tendrán los movimientos cívicos razón de ser.
Sea como sea, más valdrá que políticos, medios de comunicación y ciudadanos vayan pensando que lo que han sido floraciones, inesperadas por su número y, a veces, por su potencia, son actores que han venido para quedarse y que no se van a conformar con palmaditas en la espalda. Tratar de menospreciarlos por ser minoritarios, además de antidemocrático, es inútil, porque precisamente recuerdan que la democracia no es sólo cuestión cuantitativa, sino que requiere de una viva circulación de valores e ideas no domesticadas por el poder. Y, en ese sentido, estos colectivos cívicos aportan recursos que estaban perdiéndose. Enhorabuena.