JOSÉ MARÍA ASENCIO MELLADO
Salvo casos de personas poco avisadas, nadie ingresa en sus cuentas corrientes partidas no justificadas y no justificables o tiene a su nombre bienes inmuebles comprados con fondos inciertos.
Por eso, las declaraciones de los bienes de los políticos hechas una vez permanecen en el cargo cierto tiempo me merecen una muy escasa credibilidad. Me valen las iniciales, las que efectúan al asumir la responsabilidad, ya que éstas sirven para compararse con la fortuna adquirida a lo largo de los años, si bien la final debe ser cotejada con los bienes realmente poseídos, no con los que aducen en sus manifestaciones que, fácilmente, pueden no corresponderse con la realidad. Y es que, parece obvio que quien recibe prebendas, cobros irregulares, dádivas y el largo etcétera de ingresos irregulares e ilícitos, no los incorpora a su patrimonio en forma regular y transparente, siendo frecuente que sean traspasados a sociedades en las que no aparece como accionista o partícipe el afectado, que los adquieran testaferros o que, sencillamente, sean llevadas al extranjero, a los múltiples paraísos fiscales que pueblan el planeta.
No importante no es, pues, conocer los bienes propios, es decir, los que se afirman como propios y así constan legalmente, sino los que se usan como propios aunque no correspondan a la titularidad del político investigado, cuando el nivel de vida que se lleva es inapropiado a los ingresos ordinarios, excesivo y desproporcionado. No cabe duda de que, por ejemplo, vivir de alquiler en una vivienda, por un precio irrisorio, es signo de tenerla como propia; igual que disfrutar de bienes cuya titularidad se corresponde con la de una sociedad, normalmente con escasa o nula actividad o de sujetos que no se dedican al comercio o reciben concesiones de la administración en la que ejerce potestad el indicado.
La publicación de bienes, por tanto, solo revela que los que se ponen en conocimiento de la opinión pública corresponden al afectado, pero no asegura nunca que esos y solo esos son los que el mismo posee, ya que por métodos ilícitos puede ser el dueño de inmuebles o muebles de muy diversa consideración y cuantía.
Ver las declaraciones de bienes de algunos políticos, que rayan casi en la pobreza, cuando su forma de vivir es infinitamente superior a la que ordinariamente les correspondería conforme a sus ingresos y fortuna, constituye al menos un indicio de ocultamiento. Más que un acto de honestidad, de transparencia, debería servir para poner en marcha una investigación que determinara la realidad de la fortuna, la auténtica, los ingresos efectivos, no los legalmente declarados. Así se hace en muchos países cuyos políticos carecen de los recursos que en España usan y abusan muchos o algunos de nuestros representantes públicos que están haciendo que nuestro país año tras año suba considerablemente en el índice de percepción de la corrupción.
Leer las declaraciones de bienes de los políticos valencianos, recientemente publicadas, causa una sensación que discurre entre la sorpresa y la indignación, ya que son tan vulgarmente increíbles algunas, tan estúpidamente irreales, que publicitarlas como veraces es un insulto a la inteligencia más elemental. Hay algunas de ellas que presentan a sus autores como indigentes o algo similar, cuando sus ingresos son muy superiores en mucho a los comunes de la ciudadanía. Creer que quien cobra decenas de miles de euros al año, con todo pagado, desde la casa al coche oficial, más tarjeta de crédito ilimitada, puede gastar lo que en otro hogar sería el equivalente a varios años de trabajo, constituye un acto de irresponsabilidad que, de ser cierto, acreditaría la mala administración del declarante, su tendencia al despilfarro, siendo así que quien hace tal cosa con lo propio y no se asegura el futuro, con más razón lo hará con lo ajeno, es decir, con lo público.
No voy a citar a ninguno de los declarantes. Allá cada cual con su interpretación y con su conciencia y allá cada cual con su inocencia a la hora de creer lo que nos brinda la publicidad de unos políticos sumidos en la pobreza, pero que viven de forma muy distinta a lo que revela su patrimonio. De ser verdad que sus medios son tan escasos, habría que concluir, a la vista de su "modus vivendi", que son también exagerados sus sueldos, emolumentos varios y prebendas múltiples. Un ritmo de vida tan elevado, cuando no disponen de patrimonio personal, solo puede ser fruto de retribuciones excesivas.
En resumen. O nos han engañado en sus declaraciones, que no se corresponden con la realidad o son excesivos sus ingresos a juzgar por su ritmo de vida. Y en época de crisis cualquiera de las dos opciones es mala o peor que la contraria.
Nota: y mientras, el PP censura en el peor estilo dictatorial. Así ha sucedido en Valencia. Pero, los genuflexos suelen pecar de falta de entendederas ofuscados por el placer de la palmadita en el lomo. Y así, unas fotografías que hubieran visto unos cuantos visitantes, ahora las contemplan millones en los diarios y en Internet. Autoritarios y torpes, una mezcla explosiva.