Nada es verdad, ni mentira

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JOSÉ MARÍA ASENCIO MELLADO Ya no se sabe si es verdad, mentira o todo lo contrario. La anunciada a bombo y platillo ampliación de la edad de jubilación y la de tapadillo del tiempo de cotización para el cálculo de la pensión, medidas de izquierdas de toda la vida, están siendo matizadas por algunos miembros del Gobierno una vez expuestas como demostración de su responsabilidad y entereza en la toma de decisiones. No. No se trataba de una decisión firme y meditada, sino de una mera propuesta para su estudio y análisis. Exactamente igual que otras muchas proposiciones que se lanzan por unos ministros, que otros niegan y contradicen, que luego ratifican y que, al final, están generando en España la inseguridad y el cabreo lógicos por el desespero que produce tanta improvisación en lo que parece una reunión de espontáneos, me refiero al Gobierno, en la que cada cual suelta, cuando bien le viene en gana, la gracieta o la ocurrencia más estridente. También podría ser que existiera crisis y división en el mismo PSOE y Gobierno, lo que no debe descartarse; tan estridente contradicción suele ser siempre consecuencia de relaciones poco fluidas.
Porque, de verdad, no hay manera humana de saber a qué política económica, a qué modelo, responde el Gobierno en su plan, suponiendo que exista uno, o si, simplemente, todo es manifestación del genio innato que se atribuye el presidente, difícil de captar para algunos mortales. Y digo algunos, pues a la vista está que sí lo hizo el Comité Federal del PSOE que, con sólo dos abstenciones aprobó la muy provisional, izquierdista y revolucionaria medida referida a la prolongación de la jubilación hasta la muerte. Sólo dos abstenciones en un partido de izquierdas que supo captar la magnitud revolucionaria de la propuesta, su aptitud para cambiar al mundo de base hundiendo al imperio burgués. El mismo Comité, me imagino, que en su día también apoyó subir los impuestos indirectos, otra medida radicalmente progresista, ferozmente igualitaria e internacionalista.
Confieso que me he perdido. Que no se hacia donde camina el Gobierno con su presidente a la cabeza. Aunque presumo que ellos tampoco lo saben a ciencia cierta y se mueven por encuestas que les indican la volubilidad de unos votantes antes fieles y ahora remisos a darles una confianza ciega. Y es tal el número de grietas que se abren en el barco, que es imposible atender a ellas con mesura y uniformidad, razón que explica los vaivenes, cambios, proposiciones de centro, derecha, izquierda y regate en que incurren los que nos dirigen.
Pero, como antes dije, es tan grande la deriva y tanta la descoordinación, la incoherencia, la transmutación de los principios de la izquierda en derecha y viceversa con la alegría de quien se cree investido de genialidad para hacerlo, que he decidido no intentar descifrar nada hasta que no se publique en el BOE, hasta que la cosa no vaya en serio. No voy a seguir los globos sonda o los dardos lanzados por Moncloa sin que lo sepa el Ministro del ramo que pocos días antes ha jurado lo contrario. Dice el Gobierno que todos debemos unirnos y estar con él para superar la situación. Vale, pero eso sólo es posible si se sabe con qué tenemos que estar con el Gobierno, lo que no parece fácil salvo que hagamos una profesión de fe ciega.
Y aunque nada entienda de economía, materia en la que soy un absoluto profano, intuyo que un elemento esencial en ella es la confianza que genera una política determinada, la seguridad que inspiran los gobernantes, tanto a los inversores, como a los trabajadores. Y la confianza la otorga la prudencia, la lógica de lo propuesto y la ausencia de contradicciones. Y aunque nada entienda de economía, abordar en este momento, con más de cuatro millones de parados el problema de las pensiones que están aseguradas hasta el año 2030, parece un desprecio a los desempleados y su subordinación a otros intereses. Si de verdad se trata de un problema a veinte años vista, lo razonable sería dedicarse a remediar el presente, el paro, que el retraso de la jubilación puede agravar. Si el paro juvenil es acuciante ahora, limitar el acceso al trabajo de los jóvenes para solucionar un problema supuesto de futuro, es, cuanto menos, inexplicable. Deje el presidente de asegurarnos el futuro y ocúpese del presente.
Pero, como digo, tampoco sé si este comentario llegará tarde, será verdad su objeto o si, cuando se publiquen estas líneas, ya estaremos sorprendidos por otra ocurrencia, genialidad o medida responsable opuesta a la responsablemente establecida horas antes. Es lo que tiene haber expulsado de su círculo a los mejores y rodeado de aduladores.

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