MARI CARMEN DÍEZ NAVARRO
Hace unos años conocí a una joven artista, Susana Guerrero, y quedé admirada al ver varias de sus magníficas obras de pintura y escultura. También tuve la suerte de escucharla explicar el relato de su proceso creador. Fui a su taller con unas amigas y allí nos contó que para crear sus obras se inspiraba en los sentimientos que le provocaba la realidad, partiendo desde ahí hacia el exterior y buscando la forma más estética de reflejar sus emociones. Algo así como captar lo bello y mostrarlo enriquecido por su filtro personal para que pudiéramos disfrutarlo los demás.
Nos dijo que en una ocasión hizo un trabajo que tenía que ver con las camas, después de haber estado enferma y de reposo durante un tiempo. Preguntó a niños, jóvenes y personas mayores cómo eran sus camas reales, y también cómo les gustaría que fueran. Y con el material recogido hizo unas esculturas de esas camas soñadas, que llenaron de asombro y satisfacción a los protagonistas, al ver sus deseos convertidos en verdaderas obras de arte cargadas de significaciones particulares y de belleza. Precisamente una de esas camas del ensueño y la creación habita una plaza de Madrid.
A mí aquello de las camas me gustó desde el primer momento. De hecho, mientras escuchaba a la artista, supe que algo tenía que hacer tomándole prestada esta idea tan imaginativa, íntima y potente. Las camas de Susana despertaron en mí el deseo de saber de las camas de mis alumnos, de disfrutar al oírlos hablar sobre ellas, de curiosear en sus vidas de familia y de provocarles las ganas de darse a conocer a los demás, de compartir sus experiencias y de comunicarse.
Así que propuse a los niños de mi clase trabajar sobre este tema, aunque nosotros no volveríamos arte las vivencias, sino que trataríamos de encontrar en ellas la sencilla belleza que contienen. Podríamos saber cómo dormía cada niño, si lo hacían solos o en compañía, si soñaban bondades o maldades, si se rodeaban de peluches, si tenían miedo, si escuchaban cuentos antes de dormir... Y, en fin, nos serviría esta tarea para conocer sus casas, habitaciones y pequeños secretos. O sea, para conocernos mejor.
Para situarnos cada niño trajo una foto en la que se le veía acostado en su cama, dormido o despierto, y explicó con todo lujo de detalles sus rituales para dormirse y despertarse, sus gustos y sus costumbres. También contaron y dibujaron algunos sueños. Y desplegaron imaginación y juego relatando qué les gustaría soñar, adonde les gustaría ir si su cama fuera mágica, y qué forma y color tendría su cama si pudieran elegirla. Oí hablar de camas azules, "porque eran de mar", blancas "de color nube", de color "chocolate caliente", de color "león bebé", camas tren, camas cohete, camas de hierba, de estrellas, de flores... Algunos de los sueños que los niños explicaban nos sirvieron como guiones de pequeñas escenas teatrales. Algunas de sus narraciones incluían cantar nanas, traer sus cuentos favoritos y hasta aportar sus peluches más queridos para que los conocieran los amigos. También salieron a relucir los hermanos y los conflictos, o los buenos ratos que se suscitaban con ellos a la hora de dormir o de levantarse.
Al mismo tiempo y, como siempre pasa, esto nos ha servido para aprender. Hemos clasificado los tipos de camas, hemos contado cuántos duermen en literas, en camas-nido y en camas individuales, hemos modelado, dibujado, recortado y construido camas, hemos aprendido a leer y escribir la palabra CAMA, hemos recitado poemas de camas, hemos inventado cuentos, hemos pintado sueños, hemos puesto en palabras nuestros deseos y ensoñaciones... Y no sólo hemos hablado de nuestras camas, sino que hemos podido escuchar a los compañeros hablar de las suyas con atención, respeto y cariño.
Ninguna cama era igual, pero todas eran definidas por sus usuarios como blandas, calientes y bonitas. Como los niños, que todos son diferentes, y todos son valiosos. Susana y yo tampoco somos iguales, y ni siquiera tenemos el mismo oficio, pero parece que hemos podido compartir una afición, la de interesarnos por las historias de los otros y sentir la belleza que trae consigo la cotidianidad.