MANUEL ALCARAZ RAMOS
Es difícil recordar escenas más patéticas y opiniones más absurdas que las acumuladas por los dirigentes del PP esta semana de maravillas, en que la fiera Gürtel engulló la dignidad de algunos y alimentó el viento que acabará por tragarse a otros que ahora sólo sobreviven. La degradación ha sido espectacular. Nada lo pinta mejor que esa foto del caído por Camps y por la patria, Ricardo Costa, apartando una lágrima acuosa o metafórica con una mano en la que ha desaparecido el reloj para ser sustituido por una cinta con la bandera de España.
Pero este sombrío regocijo en la casas de la izquierda lo amarga la espina de la intención de voto en las encuestas y las preguntas sobre si la tendencia perdurará tras esta marejada y, ya puestos, si es que al "pueblo" le gusta el mal olor. Creo que esta forma de plantear las cosas es prisionera del tipo de reflexión que ha permitido al PP campar a sus anchas y des-moralizar al electorado. Porque olvida que la relación entre el pueblo y sus representantes es dialéctica y que éstos no pueden efectuar juicios morales adversos de aquél sin ser también mancillados y que, además, ese juicio debe atemperarse recordando que en democracia juegan varios, y que cada opción a favor de uno incluye elementos de rechazo del adversario.
Pero, sobre todo, "confiar" en los efectos taumatúrgicos del Gürtel prolonga la infecunda dimisión intelectual del progresismo porque no deja de ser otra manifestación de la teoría de que nadie gana las elecciones, sino que las pierde el que manda "cuando toca": ahora los desmanes y mentiras de una banda de cuatreros pijos les retirará. Nuestra izquierda, de nuevo, se sienta a esperar, desgranando su impaciencia en facebooks, chistes y otras distracciones que revelan impotencia para desalojar activamente a petimetres y pinochos. Las circunstancias abren una ventana de oportunidad, arrojan luz sobre las intenciones de muchos derechistas y han herido a la estructura del PP. Pero que esa apertura sea aprovechada cabalmente requiere de algo tan olvidado como hacer política: "¡cámaras, acción!". Gürtel significa, ante todo, la derrota de la autonomía de la política: pero a la izquierda no le bastará con la denuncia, que deberá acompañarse de otros gestos, de otros relatos de lo colectivo, de otras propuestas. El movimiento lo demostrará andando, o no: el exorcismo estético no tiene la eficacia de la victoria política, aunque pueda precederla.
Quizá para ello la primera obligación sea la de transmitir a militantes y simpatizantes que Gürtel no es causa, sino consecuencia de prácticas acumuladas, de corruptelas enquistadas en la dinámica económica, de la extensión de una corrupción capilar, de la tortícolis social producida por mirar para otro lado. Pero convendría no olvidar que en ese proceso la izquierda ha sido cómplice con su incapacidad para prestigiar la acción política, desangrándose en disputas internas mientras el pueblo no podía contar con ella. No comparemos: quizá haya otros Gürtel, pero nada ahora iguala a esta ensalada de políticos y empresarios descubiertos en su peor momento. La izquierda no ha hecho esto. Pero, quizá, pudo haberlo evitado. Si no lo consiguió fue, repito, porque dejó de hacer política comprensible para la ciudadanía. Tampoco se trata de "abrir un amplio debate": hay que movilizarse ya, claro. Pero no con la inteligencia del girasol, no movidos por un tropismo desesperado, sino imaginando futuros, pero, también, los medios para el viaje: no un grito, sino una trama, limpia y cívica, por contraste a la instalada en las cloacas del poder valenciano.
Pedir la dimisión de Camps es cosa de higiene cotidiana, y cómo hacerlo "con" la sociedad civil debería ser urgente necesidad. ¿Lo es pedir elecciones anticipadas? No estoy seguro. Es institución que debe servir para evitar crisis de gobernabilidad. Quizá hoy estemos en esa situación, pero no porque el PP no disponga de comodísima mayoría parlamentaria. Así que situar como gran proyecto la demanda puede conducir a la paradoja y deteriorar más las instituciones. Pondría en evidencia los problemas del PP para confeccionar listas y decidir sobre el futuro de Camps, pero nadie duda del peligro de que el PP sin Camps -o con élÉ- renueve su mayoríaÉ ¿y entonces no se le habrá facilitado el plebiscito? Más ajustada a la lógica estatutaria sería la moción de censuraÉ ¿Se perdería? Por supuesto, pero sería derrota acotada al ámbito del control parlamentario y debería valer para sintetizar y proclamar las mentiras y jugarretas de Camps. Ciertamente el candidato alternativo no podría ser el secretario general del PSPV -debe ser diputado-, pero en este momento eso no debería ser un problema insoluble, dadas sus características tácticas.
Y, por encima de todo, lo que haría falta sería que la izquierda pudiera evadirse de su afición a confundir oposición con queja -por razonable que sea- y aprovechara el desconcierto conservador para lanzar propuestas políticas sustantivas, relacionadas con la crisis, renovación del sistema productivo, destinadas a mejorar los servicios públicos o a incrementar la cultura cívica. Y las que prevengan y castiguen la corrupción: ¿por qué no proposiciones de ley sobre el delito de enriquecimiento injusto, para asegurar transparencia en los ingresos de los cargos públicos, para limitar el escándalo de los cargos de confianza y recuperar la austeridad como valor democrático, para escarmentar a empresarios que favorecen la corrupción, para cambiar RTVV?, ¿por qué no un apoyo a reformas en el sistema electoral?, ¿por qué no iniciativas legislativas populares tendentes a mejorar los mecanismos de participación y control social de las instituciones? Y es que el efecto más perverso del Gürtel es su capacidad infecciosa para proyectar sombra y olvido sobre cuestiones urgentes del mundo de la vida, condenando al silencio a opciones críticas y creando, en la propia izquierda, vindicativas ilusiones que pueden ser perfectamente irrelevantes: almas sin cuerpo, son malas para el triunfo.