Aciertan quienes previenen acerca de la tentación de generalizar conclusiones de las elecciones europeas. Son pista falsa. Yerran, sin embargo, quienes se niegan a captar mensajes por muy de brocha gorda que éstos sean. He aquí algunas conclusiones grosseras.
En la Comunidad Valenciana la conclusión es muy clara. El PP ha obtenido una victoria absolutamente espectacular. Tanto más cuanto que concurría a las elecciones con problemas graves, aunque torpemente aireados por la izquierda. Pero es evidente que la corrupción nunca ha sido castigada electoralmente en España. En mi opinión, ni siquiera en tiempos de Felipe González que ganó en 1993 con todos los escándalos en marcha. Es un residuo que el franquismo ha legado a la sociedad española que considera la corruptela un mal necesario del sistema. Es más, el PP ha tenido la gracia de convertir los problemas de su presidente en un formidable instrumento movilizador. Ahí están los datos de participación muy superiores a la media española. Ha de reconocérsele el haber desarrollado una potentísima maquinaria electoral que se supera en su eficacia elección tras elección. Por el contrario, el PSPV ha cosechado una derrota inapelable. Casi brillante. Hay una primera conclusión que habrá que sacar ya. Por muy dura que pueda parecer. El PSPV ya no es una alternativa de gobierno. Los electores escuchan los mensajes de los socialistas valencianos desde la más íntima convicción de no podrán ser contrastados con la práctica de gobierno. O sea, se perciben lanzados desde la marginalidad. Y así las cosas, sólo podrán ir a peor. Una dinámica que permite al PP ganar para seguir sin gobernar, pero apuntalando la administración minuciosa del poder. Los socialistas insisten en el mismo memorial de agravios que tienen su principal argumento en la incomunicación en que los tiene sumidos el PP y su aparato mediático. No. Es un problema de liderazgo. Y éste es un concepto complejo en política. Significa un discurso adecuado a las expectativas ciudadanas, un aparato -básicamente, el partido- capaz de trasladarlo y, finalmente, un rostro que lo represente. Nada de eso tiene hoy el socialismo valenciano.
En Elche los resultados aparecen conciliados con los del conjunto de la Comunidad. Es difícil advertir signos que muevan a interpretaciones específicas más allá del sesgo urbano que adopta el resultado electoral y que se manifiesta en Alicante y Elche. El PP ha mostrado su vigor obteniendo nueve mil votos más que en las anteriores europeas. El PSOE su debilidad obteniendo setecientos menos. Y todo ello con once mil nuevos votantes. Esto sólo tiene una lectura para los socialistas, que puede haber habido trasvase de votos. Y no pocos. Para igualar la anterior derrota europea debieron haber cosechado tres mil quinientos votos más. Sin embargo, no es diferente de lo ocurrido en Alicante donde con cuatro mil votantes más han obtenido tres mil sufragios menos. Interpretaciones que busquen relacionar el impacto del caso de las facturas municipales con el voto carecen de base. Resulta curioso. En Elche los trajes de Camps han tenido más efecto movilizador en defensa del presidente que las facturas de Soler en su contra. He aquí el grueso de los deberes con que se encuentran los socialistas ilicitanos. Desarrollar su capacidad de movilización, antaño patrimonio de la izquierda. Desde el partido y desde el Ayuntamiento. Gestión municipal movilizadora, lo que implica informar y hacer partícipe a la ciudad de lo que se hace por ella. Mercedes Alonso ha identificado claramente su objetivo. Aprovechar los resultados para forzar la asamblea local que la sitúe oficialmente a la cabeza del partido en Elche. Resulta digno de observar cómo la buena cosecha electoral no ha sido esgrimida por ella frente al PSOE sino frente a su propio partido para reclamar elecciones internas. Realmente, tiene aquí un reto de fondo. Y ojo a UPyD. Ha obtenido dos mil votos en la ciudad. Si la opción se consolida y el descontento no decae, este partido puede llegar a obtener un concejal en las próximas elecciones y podría ser decisivo. Para las elecciones locales faltan dos años. Puede ser demasiado tiempo para que la derecha traslade mecánicamente su resultado europeo. Y puede ser escaso tiempo para que los socialistas rearmen a su electorado si no media una seria reflexión.
Y todo ello en un contexto global en el que la izquierda lleva décadas sin discurso político y sin señas de identidad que consideraba exclusivas como el mantenimiento del estado del bienestar que, hoy por hoy, la derecha ya no discute. Y con tanta gracia se produce la derecha que consigue que los asustados ciudadanos le confíen a ella la resolución de una crisis que creó su propia cultura y que, para el colmo de la ironía, ha de solucionar con las tradicionales recetas de la izquierda. q