JOSEP LLUÍS ALMENDROS SEPULCRE
A finales del siglo XIX la musicología y la crítica periodística se convierten en nuestro país en formas exitosas de legitimación de la música; tampoco se queda atrás la preocupación por conseguir un género dramático-musical capaz de combinar modernidad europea e identidad española. Antonio Peña y Goñi fue uno de los críticos españoles de teatro musical más destacados del periodo y partícipe en la configuración del horizonte ideológico de la zarzuela. Frente al academicismo lento de la musicología, Peña y Goñi prefiere la inmediatez de la crítica, destacando la polémica personal acalorada que lanzaba desde las páginas de "El Imparcial".
El vasco creía en la síntesis de "modernidad castiza" del autor de El Barberillo, pero en vez de "regenerar" un ideal ilustrado o recuperar el patrimonio histórico buscaba directamente la integración de lo esencial español con las transformaciones sociales y culturales de su tiempo. La particularidad de este autor se encuentra en la radicalidad de los elementos que pretendía reconciliar. Si bien era uno de los más comprometidos defensores en España de Wagner frente a la académica música italiana, se proclamaba igualmente acérrimo partidario de las formas históricas españolas: la zarzuela y todos los géneros y subgéneros que produjeron los músicos hispanos durante los últimos siglos, como la tonadilla escénica y el sainete lírico.
Ruperto Chapí era el compositor que mejor respondía a sus preferencias estéticas. Cuando descubrió el buen hacer del villenense, capaz de escribir desde cromatismos expresionistas germánicos hasta seguidillas y fandangos, encontró el modelo musical donde depositar sus esperanzas. Incondicional defensor y uno de los principales responsables de su éxito, veía en él a una especie de Wagner español, llamado a generar un teatro innovador a la vez que eminentemente hispano. Aunque no pudo celebrar La Revoltosa en sus críticas y contribuir a fijar su significado estético, el sainete parece sintetizar a posteriori su programa ideológico.
La más famosa zarzuela de Chapí presentaba al público una sociedad española unitaria, moderna y castiza a la vez. Mari Pepa, la protagonista principal, convulsiona un patio de vecindad con sus formas modernas de hablar, andar y mirar a los hombres. Su insistencia en hacer "lo que le da la gana", su desafío al poder establecido y en particular la expresión pública de su deseo como mujer, convierten al personaje en una intrusa indeseable que pone en peligro la continuidad de la paz social en el espacio comunal del barrio.
El "orden" vuelve sólo cuando Mari Pepa se rinde a las pretensiones de Felipe, el joven más castizo de Madrid. Ello tiene lugar cuando la pareja canta el famoso dúo: "¡Eres tú, porque te quiero, chula/chulo de mi corazón!". La aceptación de Mari Pepa de una identidad hecha a medida de los deseos de Felipe, que sueña con una mujer de ética tradicional aunque llena de la gracia y salero propios de los tiempos modernos, es el aspecto que ilustra la propuesta de Peña y Goñi. Mari Pepa despliega una subjetividad en donde modernidad y tradición resultan compatibles. Sin embargo, al ser la transformación de la joven súbita y repentina, se produce una grieta entre conciencia y comportamiento, interioridad y actuación pública.
Los protagonistas no forman pareja, sino, simplemente, un dúo "musical" sin correspondencia con la realidad. La nueva Mari Pepa es sólo fantasía: mezcla irreal de modernidad y ética heredada. Es el sueño de Felipe, como lo era también de Peña y Goñi: la utopía de armonía social, de sintonía entre pasado y presente en el contexto político e histórico del XIX tardío. Al traducir el conflicto social en términos musicales, transformando el habla en canción, los sujetos en cantantes y a los insoportables vecinos de barrio en armonioso coro, el género chico presenta a la sociedad española decimonónica como si fuese una comunidad coherente y unificada, en vez de conflictiva y en constante transformación.
Justo cuando España se enfrentaba con el final de su imperio, su razón de ser durante siglos, el crítico vio en la zarzuela la oportunidad para representar exactamente todo lo contrario: la fantasía de que la identidad heredada, a pesar de permanecer escondida en el corazón de los españoles, todavía era real y estaba viva. Todo ello revela la tensión entre hechos y sueños, música e identidad, característico de la Restauración. No es casualidad que la divertida y graciosa pieza de Chapí fuese representada sólo un año después de la muerte de Peña y Goñi y meses antes del Desastre del 98.
Josep Lluís Almendros Sepulcre es profesor de Música del IES La Mola de Novelda.