CIPRIANO TORRES
La primera en la frente. Il Divo. Horror. Claro que la galita del mejor disco del año que emitió La 1 comenzó con algo que jamás habíamos visto, ese paripé ridículo de empezar una presentadora, Anne Igartiburu, e irrumpir la acompañante, Fernanda del Castillo, fingiendo que llegaba tarde al ensayo en vez de a la gala en sí, que estamos en directo, le decía la que no conoce el paro, aunque soy de los que tienen fe en Anne, y además de estos especiales, del programa de corazón, de las campanadas, y de "¡Mira quien baila!" podría echar un rato en los informativos, poner voz a Los lunnis, o hacer un personaje en la telenovela. ¿Y si no saliera de los platós? ¿Se imaginan tenerla a todas horas en la pantalla? Pero la gala contó además con Ángel Rielo, el tipo que animaba a llamar, a enviar mensajes y a que la caja de la productora subiera con ese limpio negocio.
Parachururuchuru, cantaba Rosario muy en su papel, la verdad que sí, que tengo que dar gracias a mi hermano Antonio, y ahí es donde la Flores mira al cielo y sube el puño. Parachururuchuru. No todo pareció alicaído, fondón, tontito. El homenaje de los artistas jóvenes a Peret, desde Rosa López a Melendi, fue de lo mejor de la noche, con mucho arte y admiración por el maestro. Pero una gala no es un artista detrás de otro sino una presentación de un artista seguida de otra presentación de un artista. Y ahí es donde la cosa chirría. Parece una empresa que ve imposible renovar el aire de los guiones, escritos sin imaginación, llenos de tópicos. Perplejidad aparte merece el tal Rielo, el que animaba a votar, el que iba como embutido en el traje pequeño, relamido, con su cuello articulado. Él simbolizó la falsa naturalidad de estos trampolines de la música. ¿Quién ganó?