Todos somos dependientes

 
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ÁNGELES CÁCERES Mañana a las 12 hay manifestación en la plaza de la Montañeta. En ella se verán muchas muletas, muchas sillas de ruedas, muchas personas empujándolas porque es difícil, cuando no absolutamente imposible, manejarse solo y sin ayuda por la ciudad siendo tetrapléjico o padeciendo una enfermedad neurodegenerativa en estado avanzado. Porque esta guapa ciudad nuestra, cada día más acicalada con flores naturales o de plástico, y en estas fechas ya engalanada con los alegres adornos de la Navidad que a todos nos vuelve tan buenos y solidarios, sigue teniendo la mayoría de las aceras sin rebajar, constituyendo un obstáculo insalvable para quienes no pueden prescindir de la silla de ruedas. Sigue permitiendo que en los aparcamientos reservados para personas con discapacidad aparque cualquiera, con la excusa de que tiene muchísima prisa y será sólo un momentito, entrar y salir. Sigue, en resumen, viviendo al margen de las necesidades más básicas y elementales de quienes tienen que depender de otros para poder vivir con un mínimo de dignidad. Y, al mantenerse al margen de la problemática diaria de las personas dependientes, sigue marginándolas.
Mañana se pondrá en tela de juicio, públicamente, la aplicación de la Ley de Dependencia en la Comunidad Valenciana. Se hará saber que las valoraciones no se realizan; que, las que llegan a realizarse, se retrasan injustificadamente; que contra toda legalidad, al aplicar la ley en nuestra Comunidad se da el caso único de considerar el silencio administrativo como una negación a las peticiones, cuando en todos los otros campos el silencio administrativo es considerado y aceptado como una aprobación implícita. Se hará saber la burla sangrienta que se repite una y otra vez al esperar a que mueran las personas para comunicarles oficialmente, después de muertas, que ya les toca ser valoradas para cuantificar su grado de dependencia. Se hará saber, por si alguien no se ha enterado todavía a través de los medios de comunicación, que los fondos que el Estado ha dado para ayudas a la dependencia se están desviando a las residencias de tercera edad, que la Comunidad tiene obligación de mantener con sus propios fondos y con esa maniobra se los ahorra. Mañana a las 12 en la plaza de la Montañeta, en fin, se intentará sacarles los colores a los políticos que siempre tienen dineros de sobra para fiestas, jolgorios y actividades deportivas de lustre y relumbrón, y son cicateros hasta la racanería con los fondos que les han dado para que los distribuyan con justicia y equidad entre todas aquellas personas que tienen el derecho de recibirlos. Se intentará sacarles los colores, pero seguramente no les saldrán: están tan curtidos que hay pocas cosas que los hagan enrojecer. Si es que hay alguna.
Sin embargo pasado mañana, 14 de diciembre, se cumplen dos años de la promulgación de la Ley de Dependencia. Ésa por la que tanto se luchó, que iba a servir para dar un respiro a las propias personas dependientes y a sus familias haciendo un poquito más fácil y llevadera su situación, y que a estas alturas es poco menos que papel mojado en nuestra Comunidad. Y mañana se hablará de eso. Pero al acto no acudirán ni el honorable señor Camps ni doña Rita Barberá para lucirse y, de paso, apoyar a los políticos alicantinos con su presencia, como hicieron con la salida de la Volvo Ocean Race. Porque los que se echarán a la calle mañana no son deportistas de élite, ni harán que Alicante aparezca en todas las televisiones del mundo mundial, ni llenarán los hoteles de cuatro y cinco estrellas. Así que ni Alicante ni la Comunidad Valenciana dependen de ellos para progresar. O al menos, eso creen los políticos.
Pero se equivocan. Porque todos, aunque no tengamos la gallardía de reconocerlo, somos dependientes. Dependemos de los sentimiento de afecto que nosotros damos y de los que recibimos; de un trabajo que nos proporcione lo suficiente para vivir; del reconocimiento de los demás a nuestros esfuerzos; de la estimación que nos demuestren; del espacio en que nos permitan desenvolvernos; de la familia que hemos formado y de la que venimos formando parte desde que nacimos; de los amigos que hemos elegido para que sean nuestros compañeros de vida en los momentos buenos y en los malos, sobre todo en los malos, que es cuando la amistad verdadera se contrasta y se aquilata. Y los políticos en concreto son incluso más dependientes que el resto de las personas, porque dependen del voto. Y deberían saber que el voto se merece, se gana y se conserva con obras y no con palabras, con hechos y no con mítines, con actos reales y no con promesas brillantes que se diluyen en el viento como pompas de jabón.
Deberían saberlo, pero se les olvida con demasiada frecuencia. Así que mañana a las 12, en la plaza de la Montañeta, un puñado de personas se lo van a recordar. Porque esas familias que se desestructuran irremediablemente al tener que aparcar todas sus obligaciones, afanes e ilusiones para dedicarse en exclusiva a cuidar a un gran dependiente sin ayuda, votan. Y esas mujeres que han tenido que dejar su trabajo, y desatender a sus hijos y a su marido, y renunciar prácticamente a su propia vida para ocuparse día y noche, sin ayuda, de un enfermo de alzheimer o un paralítico cerebral, votan. Y esas personas dependientes, amarradas de por vida a una cama o una silla de ruedas, incapaces de valerse por sí mismas para satisfacer sus necesidades más primarias, pero con el cerebro absolutamente lúcido; esas personas que se sienten amargamente culpables, sin serlo, de constituir una pesada carga para su familia porque no reciben ayuda, votan también. Así que bien harían los políticos de la Comunidad Valenciana en reconsiderar su postura, si no por sensibilidad al menos por egoísmo, no vaya a ser que con tantos votos de personas descontentas se les venga abajo la paraeta y se encuentren sin sillón y de patitas en la calle cuando menos se lo esperen. Y con un dependiente dentro de las paredes de su casa, que de esa contingencia nadie estamos libres. Como no lo estamos usted, lector/a, ni yo. O sea que, incluso aunque no fuere por justicia y solidaridad, sino por arrimar el ascua a la sardina que se nos puede venir al plato el día menos pensado, mañana nos vemos a las 12, en la plaza de la Montañeta. Y hacemos que nos vean y que nos oigan todos los que parece que no quieren ni ver, ni oír.

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