BERNAT CAPÓ
El muy reverendo monseñor, cardenal y presidente de los señores obispos, se lamenta de la realidad del matrimonio entre personas del mismo sexo. Y comenta que "habría sido bueno" que se hubiese convocado un referéndum, a nivel nacional, en el que los ciudadanos hubiesen tenido la oportunidad de opinar al respecto. El sacerdote olvida, a propósito, por supuesto, que fue nuestro Parlamento, la institución que, a través de los señores diputados, representantes de la voluntad de los ciudadanos, promulgó la ley que ampara esas uniones, por lo tanto ya se manifestó el pueblo. Al parecer al eximio presidente, monseñor y cardenal, le ha complacido sobremanera el resultado del referéndum californiano que ha supuesto la derogación de una ley en vigor. Su complacencia obedece, sin duda, a que los resultados de aquella lejana consulta coinciden plenamente con sus deseos que obvian algunos de los acuerdos adoptados en las Cortes Generales, que se suelen publicar en el Boletín Oficial del Estado, sin el nihil obstat, acostumbrado en otro tiempo y en tantos y diversos tipos de publicaciones. En nuestro país no hay tradición de practicar la consulta popular, no se suele hacer con frecuencia, como ocurre en la Confederación Helvética donde, cada dos por tres, ya está preguntando al pueblo sobre temas tan dispares como la prohibición de fumar, incluso por los parques, tener perros como mascotas, si son de razas que entrañen cierta peligrosidad o sobre la gratuidad de los transportes públicos que, incomprensiblemente, no fue aceptada por los ciudadanos. Dado que la Confederación está formada por veintitrés cantones, y en todos ellos no faltan temas que llevar a la calle, no ha de causarnos extrañeza que en unos pocos años se hayan convocado más de un centenar de refrendos que por allí se consideran como una demostración de democracia directa. Aquí nada de esto sería posible, aunque siendo, como se dice que somos, un país profundamente católico y habiendo salido la iniciativa desde el más alto nivel eclesiástico, podría darse el caso de que nos lanzáramos, de manera imparable, hacia una carrera interminable de preguntas y respuestas. Creo que ni por esas, sólo nos motiva el fútbol y, últimamente, también el tenis.
Pues bien, si se abre la puerta a las consultas -asunto que no estaría mal visto, supongo- habrá que permitir la entrada a todas las que sean de interés general, faltaría más. Pongamos, como ejemplo, que se pidiera la opinión de los ciudadanos respecto al hecho, a todas luces discutible, de que la Iglesia española reciba un excesivo trato de favor en comparación con el que se ofrece a otras confesiones. Con toda seguridad podríamos afirmar que no estaría bien visto por los beneficiarios de tal conducta y que sería aplaudido por los perjudicados. Con asuntos relacionados con la religión habría temas que llenarían un espacio abierto, largo, muy ancho y nunca transitado por los propios fieles, por los paganos y por los indiferentes, que también tendrían voto computable. Al respecto podemos imaginar el resultado que ofrecería una consulta sobre los funerales de Estado que tienen lugar dentro de una absoluta exclusividad católica, con la presencia de autoridades y la ausencia de otros representantes religiosos. Por si acaso tal vez sea conveniente no "meneallo". Opino que monseñor no ha estado muy acertado al considerar bueno un referéndum que avalaría sus tesis y condenaría, una vez más, a un grupo humano tantos años desarraigado de una sociedad hipócrita y en la hora presente con derechos y libertades adquiridos con el respaldo de la ley. Como tampoco acierta con el mantenimiento a ultranza, e irrespetuosamente, de una emisora en la que alguno de sus comentaristas sufre condenas por sus reiterados insultos a personas que ocupan cargos de relevancia en la vida española. Sinceramente creo que la descalificación que se practica a través de las ondas católicas mina la credibilidad de sus propietarios. A los señores obispos, con su presidente al frente, nos permitimos rogar que no demoren tomar conciencia de esta situación, además de no pedir consultas que puedan perjudicar a sus propios fieles e incluso a buena parte de la sociedad que también merece respeto y comprensión. El recurso al referéndum, cuando su resultado puede ser ofensivo para una parte de la ciudadanía, no es socialmente correcto.