EMILIO SOLER
Estimado José Luis: Como sé que te hacía mucha ilusión tu primer viaje a la capital del imperio, permíteme que te haga llegar unas apresuradas notas para que tu estancia sea agradable. No quiero presumir, pero hace dieciocho años yo también estuve allí y los consejos de mi amiga Bettina Wilson me sirvieron de mucho. Lo que ocurre es que a mí me invitaron los que mandaban en la Casa Blanca y no el presidente de Francia. Si te alojan en el lujoso Four Seasons, ten en cuenta que debes dejar la tarjeta de crédito cuando te registres.
Si no lo haces, te puede pasar como a mí: cuando quise hacer uso del teléfono resulta que no tenía línea y el minibar se negó en redondo a dejarse abrirÉ
Washington es una ciudad ocupada por gente del gobierno, senadores, diputados, correveidiles a comisión, corresponsales, diplomáticos y, cada cuatro años, presidente y vice con familia.
También existen, claro, personas normales que no sabemos muy bien en qué trabajan porque la mayor parte se encuentra desempleada y vive en barrios muy peligrosos. No se te ocurra salir de la embajada española y renunciar al coche que te ofrecen con el pretexto de que prefieres dar una vuelta por la ciudad. Cometerías un craso error como yo porque la numeración de las calles es un auténtico lío y, de repente, te encuentras rodeado por individuos de aspecto torvo que miran con deseo el abrigo azul marino de cachemira que me agencié para la ocasión.
Resulta más oportuno que cojas el primer taxi que quiera parar, no es sencillo en aquella zona, y aunque tengas que compartirlo con otros viajeros, una cosa bastante usual por aquellos lares, la ventaja es que puedes hablar de política con los conductores, cosa que les encanta. Son, bien probablemente, la fuente más interesante que uno puede manejar para conocer de primera mano los dimes y diretes de lo que se está cociendo en Washington. Creelo.
De día, te aconsejo un recorrido por la avenida Pennsylvania, donde las ardillas te saludan por doquier mientras las mamás pasean en carrito a sus infantes. La belleza del paisaje te impresionará pero no te dejes engañar ya que no siempre fue así: cuando los gerifaltes de la Independencia decidieron levantar una capital federal eligieron una zona bien pantanosa, con el argumento, según cuentan, de que al ser la vida difícil en aquel entorno los padres de la patria huirían de hacer de la política su medio de ganarse el pan. Craso error como sabes porque aunque los planos diseñados por el arquitecto Pierre Charles L'Enfant durmieron el sueño de los justos durante muchos decenios, finalmente se construyó una ciudad neoclásica casi ideal, al estilo de San Petersburgo y Tabarca.
Como a lo mejor te invitan a cenar a la Casa Blanca, que yo tan sólo conozco de visita guiada a ritmo desenfrenado, no dejes de recordar cómo era en los tiempos del segundo presidente yanqui, John Adams, el que trasladó la capital de Filadelfia hasta aquel insano lugar y perfectamente recreada en la magnífica serie televisiva del mismo título: la presidenta consorte, Abigail, ponía su ropa a secar en el ala este y se encargaba de agenciarse leña para la chimenea. Por aquellos años, Dickens se fue de visita a los USA y cuando contempló Washington no pudo por menos de escribir sus impresiones: "espaciosas avenidas que no empiezan en ninguna parte, ni conducen a ningún sitio, monumento erigido a un proyecto fenecido". Menuda vista la del autor de Oliver Twist.
A la mansión donde, todavía, mora Bush no sé si irás pero al Capitolio seguro que sí. Tendrás que subir muchos escalones porque se encuentra en lo más alto de la ciudad, en la colina Jenkis. El edificio actual no es el original ya que el primitivo fue incendiado por la expedición inglesa que en 1814 se adentró por el río Potomac y dejó la ciudad hecha unos zorros. Ahora, el mármol blanco y las columnas jónicas se ven rematados por una cúpula igualita a la que diseñó Miguel Ángel para el Vaticano. En el interior, y bajo la bóveda, podrás hacerte una foto con George W. Bush suponiendo, como es de prever, que no te haya querido recibir. Son maquinitas con ordenador en las que por una módica cantidad te puedes retratar junto al presidente actual o sentarte en su despacho. No dejes de asistir a una sesión de las Cámaras, siempre y cuando lleves un aval de algún miembro del Capitolio. Cuando yo estuve me lo firmó el senador John Warner, uno de los maridos de Elizabeth Taylor. Al finalizar la visita, y a pesar de mi empeño en una foto dedicada de la Cleopatra de ojos color violeta, me regaló caramelos con su nombre en la papelina y un bolígrafo fabricado en España que se rompió enseguida...
Para presumir de hispano debes visitar la National Gallery, ya que posee una interesante colección de Goyas, Velázquez y Grecos. Si sigues con la cosa culta, te recomiendo algún concierto en el Kennedy Center, aunque mucho ojo porque muy cerca se encuentra el complejo Watergate, de triste recuerdo para el tramposo de Nixon. Finalmente, date un volteo por el monumento a Lincoln, presidente que necesitó jurar su cargo rodeado de fusiles para evitar que los dos Estados vecinos esclavistas, Virginia y Maryland, se lo impidieran. Al parecer, la llegada a tiempo del Séptimo de Caballería evitó lo que pasaría poco tiempo después de ganar la Guerra de Secesión y abolir la esclavitud, que lo asesinaran.
Curiosamente, cosas de este extraño y gran país, desde el Memorial de don Abraham habló Luther King en 1963 sobre un sueño que parecía imposible porque los afroamericanos seguían segregados de los euroamericanos. Pero, cuarenta y cinco años después, tu amigo Obama ha ganado y una familia negra vivirá en la Casa Blanca. Bueno, que lo pases bien y reformes mucho. Falta hace.
Emilio Soler es profesor de Historia Moderna de la UA.