FRANCISCO ESQUIVEL
Tiempo atrás, en su anterior vida, sacamos a la hoy alcaldesa con la pinta habitual de quien hace abdominales y otros ejercicios con frecuencia. En su nueva vida, Sonia Castedo acaba de sacar la fiera que todos llevamos dentro y, a una propuesta del portavoz de la oposición, ha contestado que "en mi casa, que no me digan ni lo que tengo que hacer ni cómo he de hacerlo". La explicación a este pronto es muy sencilla: lo más parecido a un aparato que tiene a mano últimamente es Roque y a por él que se fue. Un, dos, un, dos, tracatraca. La primera receta que empieza a pedir a gritos la regidora es la vuelta al gimnasio salvo que, conforme vaya enredándose en la madeja municipal, pretenda deleitarnos con un amplio abanico de momentos de gloria. Por si quiere esmerarse en esto último le advierto que, para sorpresa de los espectadores, la competencia es grande. La policía irrumpió en el encierro del profesorado en Aire Libre dentro de una reunión de profesionales circunspectos por la situación donde, por sentido común, no se daba una algarabía como para molestar a nadie. También están pidiéndose identificaciones en la calle. Existe expectación por saber qué será lo próximo. Desconocemos en estos instantes si igualmente será necesario acercar los ejemplares de los periódicos hasta la plaza de la Muntanyeta para que reciban la conformidad. La Subdelegación del Gobierno dice que no sabe cómo ha podido ocurrir. De ser así, la intranquilidad sería evidente. Pero permítanme: no lo es. Lo que ocurre es que Encarna Llinares es prudente y no puede desvelar la estrategia. La cuestión es que Madrid ha tomado las riendas y está preparando al pesepevé a conciencia porque, si bien no es fácil, sabe que si se lo propone a fondo puede por fin conseguirlo. Volver a la clandestinidad, claro.