FRANCISCO ESQUIVEL
Ayer salió a la venta el último disco de Miguel Ríos. El canalla ha venido advirtiendo que llega con un Obama bajo el brazo. Un amigo me envió hace unos cuantos días un correo conteniendo una de las canciones del mismo. Está compuesta por Carlos Raya y se llama "Memorias de la carretera". Estoy chocho con ella. Me ha ayudado estas últimas mañanas a superar el bajón invernal. Tiene un punto o dos y es pegadiza como la madre que la parió. Se trata de una relación de las imágenes y sensaciones que un cantante acumula a lo largo de una carrera tras chuparse miles y miles de kilómetros. El vídeo de estas memorias está rodado en las estepas de Medina del Campo. En pleno corazón de Castilla la vieja, el descapotable, lo sinuoso de las carreteritas, la gasolinera medio abandonada y el son de la melodía consiguen transportarlo a uno a la Norteamérica profunda. Miguel Ríos es el cantante más negro que tenemos. Un negro blanquecino de Elvis y Graná pero negro por dentro al fin y al cabo. Él fue quien metió a toda una generación el rock por las venas. Grabó el primer concierto en directo con el "Rock de la cárcel", "Popotitos", "Abraham, Martin & John", "Cantares" y "Vuelvo a Granada" en el que ahora dice que hablaba como una cotorra sobre el escenario pero al que le imprimía una calidez estilo "Cuéntame". Mi madre entonces, en una escena propia de la serie, recuerdo que me decía: "El disco es bonito, hijo, ¿pero no tienes otro?". Lo que distingue a los buenos de los mejores es saber mantener la dignidad en las luces y en las sombras. Pocos tipos habrá que se cuiden como lo hace él sin haber renunciado a vivir nada de lo que merece la pena. Sople de Estados Unidos lo que sople en el futuro a éste desde luego ya no hay quien lo derribe.