CAMILO JOSÉ CELA CONDE
La convicción de que, en gran medida, la crisis económica tiene un trasfondo mental no es ni una corazonada, ni un tiro al aire. El Premio Nobel de Economía de 2002 se lo llevó Daniel Kahneman, y las razones de ser distinguido desde Estocolmo descansan en que el profesor Kahneman ha dedicado su vida profesional al análisis de los componentes psicológicos que intervienen en las decisiones económicas. En todas ellas.
Siendo así, digo yo que tal vez sería bueno que las autoridades que rigen, con evidente incompetencia, los destinos monetarios, financieros y, en suma, económicos de nuestro mundo optasen al menos por estar calladitas. Cada vez que abren la boca es para augurar desgracias, predecir catástrofes, aventurar miserias y contribuir de tal suerte a que se acentúe el miedo a hacer con el dinero otra cosa que no sea guardarlo bajo el colchón. El último episodio de esa cadena de oráculos tenebrosos ha sido el director del departamento de análisis de la fundación que mantienen las cajas de ahorro españolas (Funcas). Pero no está sólo en sus apreciaciones pesimistas. Sea cual sea el experto al que se consulta, no paran de salir sapos y culebras de sus labios. Bien curioso es que, hace un año, esos mismos gurús llamasen irresponsable a quien aventurara la posibilidad de una recesión cercana. Pronóstico, por otra parte, bien fácil de hacer: después de tantos años de burbujas crecientes en el mercado inmobiliario, era inevitable que el péndulo invirtiera su vaivén.
Salir ahora con el terror como guión, igual que si se tratase de una película de psicópatas, no sólo no tiene mérito alguno sino que tampoco es el papel que se le supone a cualquier entendido de los que pueblan los gabinetes de estudios económicos. Lo que han de hacer no es el diagnóstico, al alcance del más iletrado de los lectores de los periódicos, sino la prescripción de las medicinas oportunas. Se espera de ellos que nos digan dónde quedan las soluciones, por más que cada vez parezca más evidente que no lo saben. La mayores ironías en esa confesión indeseada de ignorancia procede de los mismos organismos con visión apocalíptica. El antes mencionado, la fundación Funcas, apunta el factor negativo de que la banca presta sobre todo a empresarios y constructores en vez de conceder tales favores a los simples ciudadanos. Vaya por Dios; igual somos nosotros, los contribuyentes de a pie, quienes tenemos la culpa.
Entre golpe y golpe de los analistas, la guinda final: saldremos de la recesión pero no se sabe cuándo. Ya se lo decía Astérix a Obélix, siempre que éste se asustaba con los rayos de la tormenta: siempre que diluvia, escampa. Pero para enunciar semejante profecía no son necesarios ni títulos de experto ni sueldos de los que resisten a cualquier crisis. Cualquiera puede apuntarse a ella, sin olvidar la más importante de las verdades de Perogrullo: suceda lo que suceda, serán los ciudadanos quienes paguen el pato.