JESÚS J. PRADO
No se puede decir precisamente que George W. Bush deje la mejor de las herencias a su sucesor en el cargo de presidente de los Estados Unidos. En ocho años, no queda ni rastro del reguero de solidaridad emocional que provocaron los atentados de 2001, la invasión de Irak ha sido un desastre absoluto, el superávit que le dejó la administración Clinton es humo, y tras una apuesta por el neoconservadurismo más extremo deja a su país -y al mundo- sumido en la peor crisis desde los años treinta. Está claro que le minusvaloramos ¿no? A día de hoy, miles de sus compatriotas piensan y dicen lo mismo que recita en una de sus canciones ese artista inclasificable que es Rufus Wainwright y que el pasado sábado llegó, cantó y triunfó en Alicante: «I´m tired of America» («Estoy cansado, harto, de América»).
Además, está a punto de conseguir que lo que debía ser un acontecimiento mundial -el hecho de que un negro tenga posibilidades de llegar a la Casa Blanca- vaya camino de convertirse en un mero trámite que mejor sea que suceda cuanto antes, dada la gravedad de la situación: un McCain que se las prometía muy felices poniendo en valor su mayor experiencia frente a un recién llegado muy exótico y con el que poder asustar a la gente, se encuentra ahora desbordado por el legado de miedo, incertidumbre y pánico económico que inunda cual tsunami financiero su país. «Hay que sacar la economía de la campaña electoral», dice su equipo de asesores. Oído cocina: da gusto que estén tan situados.
Por todo esto y más, el segundo debate entre los candidato -que más que un debate era una especie de «Tengo una pregunta para usted», pero a dos bandas- celebrado en la madrugada del miércoles (lo dieron en directo Antena 3 y La Uno, a las 2.30 horas) mostró que la diferencia existente a día de hoy entre ambos es la misma que la que hay entre un hombre de setenta y dos años y uno de cuarenta y siete: veinticinco años. Con dificultades para andar, mover los brazos y hasta para expresarse, el formato de ayer no era el mejor de los posibles para el republicano, a pesar de su campechanía. Y Obama mostró lo que tiene: una oratoria magnífica, telegenia a raudales e ideas más atractivas. Arreglar el caos financiero, dar Seguridad Social a todos, impulsar las energías renovables y retirada progresiva de Irak. Si finalmente gana, tiempo habrá para el desencanto. Pero en una Europa más huérfana que nunca de líderes, ya firmábamos con cuarto y mitad de este afroamericano templado que parece saber lo que se le viene encima. o