ÁNGELES CÁCERES
Me han llegado algunas reacciones a mi artículo del viernes pasado "Las víctimas de los dioses": debo escribir muy mal, si lo que se ha entendido es que yo postulo la represión del enfermo mental y su aislamiento de la sociedad. Así que voy a relatar, para quienes no lo sepan, que en 1984 un psicólogo de Instituciones Penitenciarias llamado Daniel Ramírez, que si no era la utopía con patas le faltaba poco, intentó en Fontcalent el experimento más humano y progresista que se haya intentado nunca en las cárceles españolas, y probablemente en los psiquiátricos civiles, encaminado a la liberación penal y humana de un puñado de enfermos mentales, muchos con muertes en su expediente, que vegetaban olvidados como la escoria de la sociedad. Daniel intentó crear una comunidad terapéutica con los objetivos que especifica Wilbur Grimson, que son: 1) Proporcionar al paciente experiencias que minimicen su distorsión de la realidad. 2) Facilitar su participación con los demás integrantes del medio, con el objeto de que aumente su satisfacción y seguridad. 3) Facilitar un intercambio significativo con otras personas. 4) Reducir su ansiedad. 5) Aumentar su autoestima. 6) Tender a que comprenda su perturbación. 7) Movilizar su iniciativa e impulsarlo para que desarrolle sus capacidades de expresión y realización personal.
Me fascinó tanto el proyecto que decidí recoger en libro la sangrante situación de los enfermos mentales presos, y gracias a una autorización de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias que respaldó Daniel Ramírez durante más de once meses pude convivir con ellos, conocerlos, quererlos, llorarlos cuando amanecían ahorcados en su celda. No es posible convivir casi un año con un puñado de seres sufrientes sin implicarte en su dolor y hacer tuya su tragedia. Así que, hoy y aquí, suscribo por completo lo que expresé entonces: "Decir que me encariñé con ellos no pasaría de ser una frase tópica: los presos del Sanatorio Psiquiátrico Penitenciario de Fontcalent se han metido en mi vida para reventar, desde dentro, un cúmulo de esquemas mentales -heredados y/o adquiridos- que bloqueaban cualquier posibilidad de comunicación con su mundo: el miedo, la prevención, la repulsa, el distanciamiento. Los locos y los presos han dejado de ser, para mí, seres de otro planeta; la convivencia con ellos me ha descubierto que no son, esencialmente, tan distintos de quienes habitamos -henchidos de un irresponsable orgullo diferenciador- este otro mundo paralelo, pero mucho más amplio, de la cordura y la libertad".
Aquella durísima y a la vez hermosa experiencia cambió para siempre mi concepto del enfermo mental. Desde entonces me preocupa su indefensión, me duele su desamparo, me encorajinan la incomprensión y la insolidaridad de la sociedad para con ellos. Y por eso no voy a permitir que se me cuelgue el sambenito de que yo pido que se reprima a los enfermos mentales. Porque es falso. Porque llevo un cuarto de siglo defendiendo justo lo contrario: su integración, su liberación, su reinserción social, familiar y laboral con todos los derechos que les corresponden, y con todo el respeto y el apoyo que merecen. Pero también con toda la protección que, desgraciadamente, en muchos casos necesitan. Protección para ellos, para sus familias y para la sociedad. Y eso no es una actitud de paternalismo, ni muchísimo menos de represión: es reconocer y aceptar la realidad.
Porque cuando un enfermo mental no se medica, consume alcohol y/o drogas y no cuenta con una estructura de apoyo sólida y coherente, entra en brote agudo y puede volverse peligroso. Es tan sencillo de entender como que si un diabético deja la insulina y se harta de dulces, entra en coma y puede morir. Lo que pasa es que el enfermo mental, que con medicación está estabilizado, sin ella no sólo puede suicidarse sino que también puede matar. Y lo que pasa es que el diabético se responsabiliza de inyectarse la insulina, pero una de las primeras características de la enfermedad mental grave es negarse a reconocerla y, en consecuencia, dejar la medicación. Por eso uno de los objetivos de la comunidad terapéutica de Grimson que Daniel Ramírez trató de lograr es, justamente, "tender a que [el enfermo] comprenda su perturbación".
Porque la perturbación existe y la mayoría de las veces es crónica, o sea, incurable. Y si no se trata, se agudiza. Y esa agudización acelera el deterioro del enfermo. Y un enfermo profundamente deteriorado es el ser más desgraciado y más indefenso del mundo. Y el más imprevisible, también. Queda muy progresista esgrimir el derecho a la libertad de los enfermos, obviando que esa libertad quien se la limita no es la sociedad sino su enfermedad misma. Y es fácil acusar de represivo a quien sostenga que es imprescindible que el Estado asuma responsabilidades; pero que le pregunten a las familias. Por ejemplo a esa madre aterrada que salió en la tele con la cabeza llena de puntos y su casa quemada por la violencia de una crisis de su hijo, al que después de un brevísimo ingreso en la sección de agudos del hospital el psiquiatra mandó de vuelta a casa en ambulancia. Mantenerlo ingresado hasta su estabilización y garantizar que tome su tratamiento no sería represión: sería protección. Para su madre, para la sociedad y para él, que es la primera víctima de su enfermedad. Y un ingreso clínico preventivo puede evitar el drama mucho más doloroso de un ingreso penal. ¿Que todos los enfermos mentales son peligrosos? ¡Pues claro que no! Y ni siquiera los que lo son, lo son siempre: pero en brote, sí. Así que ya sería hora de dejarnos de demagogias y empezar a arrimar el hombro para ayudar a los enfermos mentales. Pero de verdad. Y no de boquilla, como hasta ahora.