RAFAEL SIMÓN GIL
Cuando yo era más joven que hoy, hace sólo cuarentaÉ días, para curar el exceso de salud mental, en vez de acudir al psiquiatra del seguro -algo que resultaba imposible porque el desvarío estaba prohibido en un país sano, fuerte e imperial como el nuestro-, recurríamos a la lectura del poeta loco Hölderling. Así, por el módico precio de un libro de bolsillo, podías adquirir un poco de demencia gracias a sus alienados y espléndidos versos. La droga era completamente legal porque los virtuosos e incultos censores de la época -menos Cela- pensaban que el interfecto era familia de un jerarca nazi depurado en el juicio de Núremberg. Cuando el empacho de rimas afectaba tu salud más de la cuenta, nada como unas friegas en ayunas con "El Criterio" de Balmes para volver a la normalidad. Y vuelta a empezar. Pero en uno de esos arcanos e inquietantes ciclos a los oscuros pasajes de la vesania, aparecieron los políticos con sus discursos y ya no hizo falta volver a la lectura de Hölderling. Ese pudo ser el origen del "Prozac". Una penaÉ de políticos y de poetas.
Viene este lírico exordio, no para animarles a consumir lectura estupefaciente o placebos de moda, sino para que comprendan hasta qué punto es capaz de trastornar el versificado mensaje que atesoran nuestros políticos cuando imparten doctrina universal. Creyéndonos instalados en el rollito antimachista, solidario y políticamente correcto, resulta que nos encontramos inmersos en la perplejidad, la confusión y la orfandad moral más absoluta. Lo que hasta hace poco parecía bandera de vanguardia indiscutible de nuestra progre sociedad se torna, sin tiempo de confesarnos, en cutre y casposa realidad. Quienes bendecían o demonizaban actitudes, personas y cultura -basándose en parámetros dados por ellos mismos sobre lo bueno y lo malo-, son los que ahora apadrinan el bochorno y la estupefacción. Vean si no.
Como estamos en época de crisis económica, bordeando el camino a la recesión -aunque sin la mirada de Paul Newman-, es lógico que nuestras autoridades políticas y sus filósofos existenciales aconsejen al populacho sobre la mejor y más patriótica forma de comportarse. En esa línea de discurso profesoral tan caro al maestro Solbes, el ministro Sebastián -su alumno más aventajado y casi su amigo- propone a la ciudadanía que para Navidad compren productos españoles, especialmente juguetes. Olvidemos al dragón chino. Nada que objetar. Ciertos repuntes de autarquismo patrio evocan épocas pretéritas donde los baños de aislamiento económico se tomaban "cara al sol". Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. Así, mientras los Reyes Magos se dirigen a Ibi para adquirir juguetes nacionales, Defensa e Interior, los ministerios más patrióticos, deciden encargar los uniformes y tricornios de la Guardia Civil a fábricas chinas. Una magnífica ocasión para que nuestro internacionalista, comprensivo y solidario Gobierno potencie la Alianza de Civilizaciones. ¿Cómo lo ven? ¿Están delirando? Pues les advierto que los únicos libros de Hölderling que quedan en las librerías están en alemán medieval, por si desean comprarlos.
Que no ha comprado todavía Letras del Tesoro? Pues tiene que darse prisa, además de la excelente rentabilidad que proporcionan tendrá ocasión de probar las croquetas de Purificación, "Puri" para los entendidos en ingeniería financiera. ¡Y están a punto de agotarse! La campaña publicitaria del Ministerio de Economía y Hacienda, Gobierno de España, es todo un culto de admiración y respeto a la mujer, sobre todo en la cocina. Es digno de pasar al refranero popular: "El que tiene una croqueta tiene un Tesoro" y "La Letra con croqueta entra". ¿Quién es el ministro de gastronomía?, Solbes, el mismo que negó la crisis para decirnos después que no había vivido en su larga vida pública -que es toda- una situación tan compleja. Cuando Bibiana Aído volvió al Ministerio de Igualdad para poner en orden tanta desigualdad, se encontró con el spot. Toda una cortísima vida luchando a pie de obra para labrarte una fama, se ve afeada por el anuncio de un miembro del Consejo. Menos mal que no fue una miembra. Pero sí fue María Jesús Sainz, senadora del PP, la que denunció la indignación por una publicidad tan sexista y machista. No quiero imaginar ni por un minuto que el anuncio fuera cosa de la derecha extrema. Las manifestaciones y cartas de protesta feministas que se habrían producidoÉ en el país, hubieran dejado pequeño al "chapapote" gallego. Pero en este caso, como el fuego es "amigo", no ha sido necesario.
Qué fácil es caer en los mismos pecados que no paras de denunciar. Si vigilas a la sociedad y sus gentes desde la puridad revolucionaria y el ardor ortodoxo, desde la celosa atalaya de lo "políticamente correcto", te arriesgas a que la caza de brujas dirija su maquinaria inquisitorial contra ti. Pregunten a Savonarola, Robespierre o McCarthy. Lástima que ninguno de ellos probara, antes de morir en la ignominia, las croquetas de mi Puri: deliciosa herejía gastronómica. ¿Se venderán en Nueva York? Pronto lo sabremos.
Rafael Simón Gil es abogado.