FRANCISCO PASTOR POMARES
Mi banco de cabecera me acaba de pedir un préstamo. Como les cuento. Naturalmente le he dicho que no, que la cosa no está para ofrecer préstamos, y mucho menos a la banca. No ha aceptado la negativa y trata de convencerme por todos los medios a su alcance de las bondades de su negocio, del que dependen, obviamente, muchos empleos directos e indirectos. Me ha enseñado su última memoria económica, sus avances contables, me ha ofrecido un tipo de interés atractivo y liquidaciones mensuales con abono, si lo deseo, en una cuenta en Singapur. Y de regalo, un diccionario de términos bursálites donde sí aparece la palabra crisis. Además, y por si tuviera alguna duda respecto a su viabilidad futura como empresa, me planta ante mis narices un reciente plan estratégico redactado en inglés por un MBA donde se contempla, si le es aprobado por la autoridad competente, la prejubilación anticipada del ochenta por cien de la nómina mayor de cuarenta años. Me hace ver, mientras se fija en la cajera, que esto último no es más que la consecuencia lógica de una situación coyuntural sin mucha trascendencia y de que es preciso salvaguardar la estabilidad en el empleo del restante veinte por cien. Ni por esas he aceptado. Me amenaza con el ninguneo para cuando vengan las épocas de bonanza. Le digo que eso es algo en lo que ya no creo. Incrédulo, hombre de poca fe, me responde el banco. Abandono su despacho algo apesumbrado por tanto ruego no correspondido.
La verdad es que mi negativa a concederle un préstamo no sólo obedece a un problema de seguridad en su futuro reembolso, que también, sino a mi falta de liquidez, estable en otra época pero bajo mínimos en estos momentos. Mis depósitos son ahora imprescindibles para la supervivencia, para el día a día, para dar la sensación ante terceros de que aquí no pasa nada y de que todo está bajo control. Además, la banca siempre puede acudir a los recursos monetarios del Estado, que en última instancia le podrá echar una mano. Claro que, y pensándolo bien, si esto llegara a ocurrir, si de verdad esta instancia se produce y el banco emisor le da al botón de imprimir papel moneda, significaría que vía inflación o vía tributaria impositiva, mis depósitos, mi supervivencia, mi día a día, acabarán al final, y esta vez sin reembolso futuro, aliviando las cuentas de resultados de mi querido banco de cabecera. Al final, como vemos, esto de los préstamos es una cuestión de tipo político, pues se trata de sanear los activos de bancos y cajas sin necesidad de tener que arruinar al ciudadano, sea este empresario, sea este un simple ahorrador. A uno le gustaría encontrar soluciones, pero no es fácil, créanme, sobre todo en un país donde la mayoría de la clase política, profesionales del arte de adormilarnos y de vivir del cuento, están más pendientes de "qué hay de lo mío" que de lo de todos. Suelen prestarse los cargos a un alto interés, el que nos atañe a todos. A cambio nosotros les votamos, muchas veces con la nariz tapada, para que sigan las regatas, aquí en Alicante como en Valencia, con sus mejores galas. A veces me dan tentaciones de largarme a Singapur.
Francisco Pastor Pomares es titulado mercantil y consultor de empresas.