MERCEDES GALLEGO
Reviso el libro de texto de Educación para la Ciudadanía de un chaval que va a cursar esta materia en un territorio en el que de impartirla no se ha hecho un esperpento. Escruto el manual con ojo de halcón intentando dar con los contenidos que tanto irritan a los responsables políticos de nuestra Comunidad como para no reparar en el precio que por su irresponsable y maqueada desobediencia van a pagar -ya están pagando- profesores, alumnos y, por ende, la sociedad del futuro que ahora se anda gestando. Leo y veo que habla de solidaridad, de tolerancia, de compañerismo. No encuentro nada extraño y sigo indagando. Llego al apartado de la familia y compruebo que se exponen los distintos tipos que existen -nada con lo que no nos topemos en el día a día- pero que en lo esencial, en el papel que juega el nucleo, no hay diferencias. Busco entonces la sexualidad y veo explicado en apenas dos páginas lo que mí, a la gente de mi generación, nos costó años, sustos y disgustos aprender. Tampoco puede ser esto, me digo. Y encaro el tema que aborda los sentimientos, donde se explica que no se puede confundir necesidad u obsesión con amor y que sabremos cuando estamos enamorados al buscar, por encima de todo, la felicidad de otro. ¡Pues va a ser esto lo subversivo!