FRANCISCO ESQUIVEL
El accidente fatal de una de las ambulancias que transportaba a Valencia a enfermos oncológicos desde el Vinalopó vuelve a poner sobre el tapete las condiciones asistenciales que subyacen bajo esa pretendida vanguardia que, desde los organismos oficiales, se vende en referencia a otros ámbitos como si esto fuera que sé yo. De lo que estoy hablando es de la canción triste que no ha dejado nunca de acompañarnos. Recuerdo la larga batalla que se libró para que los enfermos que debían hacerse la diálisis no tuvieran que ir obligatoriamente al centro de referencia en Valencia. Sin embargo, muchos de los pacientes que han de someterse a quimio, a radio o a ambos tratamientos, para allá que van. El conseller se mostró cariacontecido por lo ocurrido pero, de no ser por el siniestro, le seguiría y le seguirá pareciendo tan normal que los especialistas tengan que estar donde están y continuemos con este desacompasamiento a cuestas por los siglos de los siglos. Si la vecina de Villena ha muerto no ha sido por acompañar a su marido por gusto sino porque, al esfuerzo de afrontar lo que hay que afrontar aunque se tuviera ahí al lado, no queda más remedio que sumar la fatiga que representa un tute de estas caracteríticas que, en este caso además, era diario. A los desplazados, en definitiva, no les queda otra que levantarse en muchas ocasiones antes de que despunte el alba; arreglarse, prepararse y estar dispuestos a la hora en punto en que llega la ambulancia comunitaria; de ser los primeros en el mapa de carreteras, recoger en las poblaciones que toque a otros compañeros de penurias y enfilar, por fin, la autovía para hacerse cuatrocientos kilómetros ida y vuelta como el que va al Oceanogràfic. Aunque igual un año de estos se dan cuenta de que no.