JOSÉ MARÍA TORTOSA
Me enteré hace unos días, gracias al canal de televisión argentino que veo de vez en cuando (Telefe, Internacional), de que se había celebrado el Día Internacional del Amigo, ese día que se declaró unilateralmente en Argentina y donde se espera que todos los demás celebremos. Curiosamente, este año no me han llegado powerpoints sobre la amistad, con borreguitos pastando, "montañas nevadas, banderas al viento", lagos azules y una música dulzona de fondo. Sin embargo, me ha llegado, con independencia del día internacional de referencia, una definición que de la amistad hacía Voltaire en su "Diccionario filosófico" (1765) y que no puedo menos que reproducir porque, quitando algunas cuestiones de vocabulario que no son demasiado significativas, la lógica es interesante.
Según Voltaire, la amistad "es un contrato tácito entre dos personas sensibles y virtuosas. Digo sensibles, porque un monje, un solitario puede no tener nada de malvado, y vivir sin conocer la amistad. Digo virtuosas, porque los malvados sólo tienen cómplices; los lascivos, compañeros de libertinaje; los interesados, socios; los políticos reúnen partidarios, la mayoría de los hombres ociosos tienen relaciones, los príncipes tienen cortesanos; sólo las personas virtuosas tienen amigos".
El viejo Kant, por esos mismos años, seguro que estaba de acuerdo aunque probablemente cambiaría el vocabulario: amistad es cuando el otro es un fin en sí mismo; el resto (malvados, lascivos, interesados, políticos, ociosos, etcétera) ven a los demás como medios para sus propios fines.
Pero ¿es suficiente ser sensible y virtuoso para tener amigos? Pues creo que no. Y ahí entra otro libro clásico, "El Príncipe", del probo cortesano Maquiavelo. Cierto que hace falta "virtù", capacidad, potencia. Pero también se precisa "fortuna", suerte. "Fue sin querer, es caprichoso el azar, no te busqué, ni me viniste a buscar", como canta Serrat.
De todas formas, no es de estas sensiblerías de las que quiero hablar (aunque uno es sensible en el sentido de Voltaire, no lo es en el segundo sentido que puede tener en la actualidad esa palabra -tengo que ver el diccionario de Félix Rodríguez para comprobarlo-). Lo que me interesa es la lista de aparentes amigos, pero que no lo son, que proporciona el ingenioso Voltaire. Por supuesto que "por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo". No hay novedad. Pero el resto de la lista está formada por relaciones que, por una parte, serán proclamadas como amistad a los cuatro vientos cuando no hay tal y, acabado el interés, acabada la amistad. Políticos que, mientras suben, tienen unos amigos y, cuando llegan, cambian de amigos. ¿Amigos? Evidentemente no. Claro que los políticos se mueven por su interés, pero también (y de nuevo Maquiavelo viene a avisarnos) son objeto de "amistades" por parte de los adulones. El consejo del señor Nicolás es clarísimo: que el Príncipe no acepte consejos cuando no los ha pedido. Y no porque, con Pitigrilli, no necesite consejos y sepa equivocarse sólo, sino porque los consejos dados al Príncipe sin que éste los haya pedido son sospechosos de interesados y aduladores.
Lo de los hombres ociosos que tienen relaciones y no amistades (aunque lo llamen amistad) es también interesante. Es la clásica "Teoría de la clase ociosa", de un tal Veblen de hace algo más de un siglo. La gente bienestante dispone no sólo de ventajas sino también de tiempo que invierte en crear y mantener "relaciones" con gente igualmente bienestante. Es un símbolo de pertenecer a esa clase el tener muchas relaciones, pero es también un instrumento para seguir arriba. Es lo que ahora llaman (nunca lo he entendido) "capital social" y antes se llamaba "redes" o "buena sociedad".
En el mundo de las relaciones internacionales (es decir, entre gobiernos) hay dos escuelas extremas: la de los que dicen que los países no tienen amigos y sólo se mueven, en un mundo sin reglas, motivados por el "interés de Estado" o "razón de Estado" (es decir, traduciendo, se mueven por el interés de los grupos dominantes dentro del Estado) y los que dicen que los valores cuentan (derechos humanos, solidaridad, justicia y esas cosas). Supongo que la realidad es siempre una mezcla de ambos aunque hay países que se destacan más por su "realismo" (aunque su retórica sea otra, como sucede con los Estados Unidos) y países en los que la opción por los valores es más visible (aunque, como sucede con los nórdicos, esos valores no impidan la venta de armas y la explotación de sus socios comerciales).
Creo, entonces, que la "amistad entre nuestros países" tiene que ser entendida sin autoengaños. Si el otro país es un fin en sí mismo (como podría ser la llamada Cooperación Internacional, pero me temo que cada vez más retórica que real), sí tiene sentido hablar de dicha amistad. Pero, si nos vamos a la lista de Voltaire, encontraremos que esa "amistad" se refiere a la explotación, a la subordinación, a los intereses mutuos creados y a los demás elementos de la lista. Por eso resulta tan enternecedor pasar del "por qué no te callas" al apretón de manos o del enfrentamiento Uribe-Chávez al enternecedor abrazo en este caso fraternal, amistoso y leal. Somos libres para creerlo y ellos para intentarar hacer creer que se trata de amistad.
José María Tortosa es investigador del Instituto Universitario de Desarrollo Social y Paz de la UA.