JESÚS ALONSO
En cien años todos calvos? Que se cree usted eso. En una centuria hasta las ranas van a criar frondosas matas de pelo con el nuevo avance que consigue clonar cabellos, aunque sean los últimos que quedan sobre la coronilla, para reimplantarlos. Adiós a lo alopecia, a las tonsuras, a las entradas que parecen los vomitorios de un estadio de fútbol y a la preocupación por la caspa. Se acabó la búsqueda del champú milagroso y del remedio mágico que se aplica en suaves masajes sobre la zona afectada tres veces a la semana con el cuero cabelludo seco, o mojado, y que después hay que enjuagar con agua tibia, o caliente, o fría, hasta que desaparezca todo vestigio del ungüento. Los peluquines, para los bailes de disfraces, y los rasurados radicales que ocultan lo que ya no hay por la rápida vía de erradicar lo poco que queda, para los deportistas y los extravagantes. Es un paso más en la era de los grandes remedios para los pequeños males, en la que una teta demasiado poderosa o excesivamente restringida puede adquirir el volumen y la turgencia soñados por su portadora con un mínimo esfuerzo físico y un máximo esfuerzo económico subsanable en cómodos plazos. La conquista de la imagen deseada está al alcance de la mano. Sin frustraciones, sin emoción, con poco fundamento a veces y, en ocasiones, con temeridad. ¿Quién va a estar dispuesto a sudar como un opositor a notario para perder peso si con unos electrodos colocados en los puntos estratégicos se le van a dibujar en cuestión de minutos unos abdominales de modelo de pasarela? ¿Para qué pasarse horas sobre una bicicleta sin ruedas con el fin de perder cartucheras o perímetro si con una liposucción te sacan la grasa a chorros? Qué digo cien años. El futuro es ahora, donde la progresiva desaparición de los miopes corre pareja con la paulatina ausencia de narices portentosas, imprescindibles para soportar ocho o diez dioptrías enmarcadas en sus correspondientes monturas, gracias al deshuese del apéndice olfativo.