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Escuela y convivencia: de parte del problema a parte de la solución

 

En ámbitos educativos se ha instalado un hondo pesimismo, tan paralizador como poco fundado. Ha quebrado ese sueño de la escuela como espacio pacífico para la instrucción y del profesorado como una suerte de sacerdocio. Y nos hemos instalado en una especie de pesadilla en la que se habla del profesorado como tortura, y de la institución escolar como receptora y parte de los problemas derivados de la quiebra de la convivencia en nuestras sociedades. Como suele decir el profesor J. A. Marina, "de tanto decir que las clases son un infierno, que los alumnos son indómitos y que las familias pasan de la educación y nos desprecian, acabaremos por conseguir que suceda". Cuidado. Estamos viendo que el mecanismo de las profecías que se cumplen por el mero hecho de enunciarlas funciona con gran eficacia. En el mundo educativo nos estamos volviendo excesivamente "quejicosos" y poco reivindicativos. Y esto es preocupante. La queja, la mera queja, suele ser paralizante. A. Schleicher (el director de PISA); decía recientemente, "el éxito está en el futuro, no en el pasado.
El éxito será para las personas, las organizaciones y los países que sean rápidos en adaptarse, lentos para quejarse y dispuestos a abrirse a los cambios". ¡Y han cambiado muchas cosas, en la escuela y fuera de ella! Así es que para ser creíbles, y poder tener éxito, deberíamos quejarnos menos, trabajar más y reivindicar más y mejor. A pesar de que la Educación haya sido una "gran olvidada del debate electoral", estoy convencido de que vivimos un momento estratégicamente adecuado para hablar de ella. Tenemos la responsabilidad de explicar a nuestros conciudadanos por qué les interesa contar con un buen sistema educativo, lo que se juegan en ello y las medidas necesarias para conseguirlo. No espero que lo hagan los políticos y los burócratas de la educación.
Debemos hacerlo los profesionales de la educación. Los que conocemos, y nos creemos, las implicaciones de la sociedad de la información, los que sabemos que el conocimiento (máxime ahora que se agota la "espuma especulativa"); se ha convertido en el principal activo económico de las sociedades avanzadas, los que somos concientes de que en la sociedad del aprendizaje continuo sobrevivirá el que pueda mantenerse en un proceso de reeducación permanente. Obviamente, esto obliga a que el sistema educativo en su conjunto se abra a los cambios y se comprometa con la satisfacción de las nuevas demandas sociales.
Para empezar, deberíamos centrar nuestros esfuerzos en la reconstrucción de una "idea común sobre el propósito de la educación, el papel de la escuela y la función de los profesores". Ya en 1996, el informe dirigido por J. Delors apuntaba cuatro pilares que pueden resultar adecuados para esa urgente tarea. Aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir con los demás, aprender a ser. Necesitamos escuelas y profesores para enseñar a los alumnos esos cuatro pilares. Una necesidad que exige que los profesores sean educadores, no sólo enseñantes. Como dice M. Fernández Enguita, "la diferencia entre un educador y un docente es que aquél supera a éste en que concibe la formación del alumno como un proceso integral y su propia profesión como un compromiso ético".
Exige, también, que toda la actividad escolar se articule en torno al principio "no hay derechos sin responsabilidades". El alumno debe ir adquiriendo y ejerciendo paulatinamente derechos y libertades, y asumiendo (junto con sus padres); la responsabilidad derivada de sus actos. Del mismo modo, todos, padres y profesores, debemos asumir otro principio, "todo gran problema fue antes pequeño, pero desatendido". Es necesario poner fin a la incoherencia que supone esa alarma creciente entre el profesorado cuando sufre ciertos problemas de convivencia en los centros y la actitud, demasiado generalizada, de desentenderse de la correspondiente actuación correctora ante los mil y un incidentes que se producen a lo largo de la jornada escolar. Antes de que un alumno agreda de palabra o de obra a un profesor, o a uno de sus compañeros, seguramente ha tentado infinidad de veces el umbral de respeto y tolerancia de sus compañeros, de la institución y de sus profesores.
La "buena educación" exige una organización eficaz y el compromiso explícito con ella de todos sus miembros. Para que una escuela funcione eficazmente necesita unidad de propósito en todos sus componentes, y para que exista unidad de propósito precisa de un centro de decisión (una dirección que lidere);, un proyecto propio y unas normas de referencia compartidas y asumidas por todos. De lo contrario, estamos abocados a la añoranza melancólica de la "instrucción perdida" y a la absurda reducción del conocimiento a "asignaturas". La buena educación exige, también, el compromiso de "toda la tribu" en la reconstrucción de la convivencia, en la escuela y fuera de ella. La escuela debe abrirse a la comunidad, y no porque la participación sea un mero fin. Al contrario, porque puede ser un medio para que los alumnos sientan el centro como algo propio y lo respeten, para que los padres asuman la responsabilidad subsidiaria por sus hijos y para que todos acepten las normas de convivencia de "su escuela" y se comprometan en su defensa.

Así, y sólo así, los profesionales de la educación estaremos legitimados para reivindicar que la educación sea también centro de las prioridades de la acción política (¡no sólo de "agua" vive el hombre!); y del compromiso ciudadano. Podremos exigir que el funcionamiento del sistema educativo no sea visto como una responsabilidad exclusiva de centros y profesores, sino como una responsabilidad compartida que precisa de la colaboración de todo el tejido social. Y podremos reivindicar, finalmente, que las políticas educativas tengan una clara orientación intersectorial, y que los políticos no se limiten a legislar hacia el interior de las escuelas (lo de "autoridad pública" devendrá tan inútil como los enfáticos decretos de derechos y deberes);, sino que también incidan en otros ámbitos, para lograr que éstas sean núcleos destacados de una extensa red de instituciones de naturaleza diversa orientadas a reforzarlas y a apoyarlas. Después de todo, una buena parte de los problemas de convivencia en los centros no son sino la interiorización de los problemas de convivencia en la comunidad en la que se insertan. No se extrañe nadie de que haya conflictividad escolar en una sociedad que ha llegado a banalizar la violencia, o que opera con modelos sociales que muestran tan poco aprecio por los valores asociados al conocimiento, a la educación, a la cultura y al esfuerzo personal.
De este modo, con menos quejas, trabajando más para adaptarnos a los cambios y reivindicando mejor y con más firmeza, tal vez sea posible llegar a conseguir que la escuela pueda ser parte de la solución a la quiebra de la convivencia, dentro y fuera de ella.

Vicente Diaz Rodriguez es inspector de Educación.

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