Silvio Berlusconi, al que no le faltan en España amigos y cómplices dispuestos a brindar por su victoria, se ha permitido declarar ahora, con la desvergüenza y la frivolidad que le es connatural, que el problema es el Estado. Y claro que puede serlo, y siempre lo será de algún modo, pero el Estado nunca es un problema por si mismo, sino por las manos que lo conduzcan. Hubiera sido más preciso Berlusconi si hubiera dicho que el Estado es un problema para él, en la corta medida en que protege a los más desfavorecidos, ya que no cabe esperar que reconozca que el problema de Italia es él y no el Estado. Pero justamente la esperanza de los italianos de bien radica en un Estado en buenas manos. Unas manos con las que las mujeres obtengan el protagonismo que no tienen, con las que el talento italiano, tan abundante, fulgure al fin en un país tan creativo como ese; un país en el que los jóvenes no se vean obligados a emigrar mientras una gerontocracia insana alcanza el poder para secuestrar a la patria en sus feudos. A la hora en que escribo este artículo se desconoce aún cuál ha sido la definitiva suerte de Italia en las urnas. Pero esa suerte no cabe verla con neutralidad democrática, como si diera igual lo que los italianos hayan votado ayer, aunque lo que votaran tenga toda la legitimidad democrática, que la tiene. Sus elecciones no son lo mismo que las francesas o las alemanas, por ejemplo, porque lo que se da a elegir - democráticamente, eso sí - es algo bien distinto. Italia no decidía ayer y anteayer entre izquierda o derecha, ni mucho menos entre dos maneras respetables de ver el mundo y gestionarlo; Italia decidía ayer entre una democracia normalizada, con sus defectos, y el proyecto de unos canallas que se sirven de la democracia para sus intereses bastardos, mientras arruinan el país. Italia no votó ayer a desconocidos: los rostros de los viejos expoliadores de esa gran nación, brutos desconsiderados, horteras desmesurados con los afeites de su inacabable carnaval, son gente inmoral demasiado conocida para la justicia, manipulada o perseguida por ellos, y para los ciudadanos del común. Y cierta ciudadanía que los tiene identificados y que teme a la reincidencia del crimen de lesa patria, una ciudadanía que aspira desde la iniciativa privada y desde la creatividad a una sociedad de avances, se conformaría sólo con unos gestores competentes que hagan del arruinado espacio público un espacio de todos y no su provechoso pesebre particular, bendecido por el Vaticano y protegido por las mafias. Los italianos que así lo ven, lejos están de esperar, de buenas a primeras, un proyecto modernizador; es indispensable antes un proyecto de salvación, una acción estructural profunda que recupere al país de la ruina moral y material en que se halla sumido. España, con sus avances y sus logros de modernización, se ha convertido en una positiva referencia para los jóvenes italianos y para los intelectuales, especialmente. Pero también hay otra España en la que figuras como un Juan Antonio Roca acaba de comprar su libertad con un millón de euros y pasea hoy a gusto por las calles de Marbella en medio de la alarma social. Para esa otra España, podrida, también el Estado es un problema, pero lo torea a la italiana.