¿Por qué le llaman paraíso?

 
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La mayor parte de los libros sagrados describen el paraíso como un lugar etéreo donde, al resucitar, los hombres viven la eternidad rodeados de placeres espirituales o materiales. Hoy cuando hablamos de paraíso, la mayor parte de las veces, no nos referimos a ese premio que tendrán los creyentes si se comportan como Dios manda, sino a un lugar de la Tierra donde uno disfruta con plenitud. Pero también se está perdiendo esa acepción aunque muchos la sigamos utilizando para describir un sitio o un estado de ánimo que nos hace feliz, porque esa palabra sirve ahora para definir el lugar donde reúnen sus dineros los mayores ladrones y estafadores del planeta, que, normalmente, son gentes de orden, de creencias elevadas y distinguidas.
Hace un par de meses la Fiscalía de la ciudad alemana de Bochum, en Renania, dio a conocer uno de los mayores escándalos fiscales de la historia del país. Con la colaboración del Deutsche Post -el segundo banco alemán, algo parecido a la antigua Caja Postal española-, los hombres más ricos del país más rico de Europa habían evadido al fisco miles de millones de euros, depositándolos en bancos de Liechtenstein, uno de los muchos paraísos fiscales que existen en el mundo por deseo de las grandes corporaciones que mueven los hilos de la economía mundial mientras los gobiernos miran hacia otro lado. Lugares como Malta, Suiza, Luxemburgo, Jersey, Man, Gilbraltar, Barbados, Caimán -isla de ensueño en la que un ex presidente del Gobierno español tiene un puesto de trabajo-, Chipre, el Vaticano, Barbados, Fidji, Hong Kong o Bahamas llevan décadas escondiendo en las cajas de sus bancos los dineros de las personas más poderosas y potentadas del planeta, sí, el dinero de esas personas que siempre están hablando de la inviabilidad del Estado del bienestar, de la intolerable presión fiscal, de lo mucho que ganan los obreros, de la necesidad de abaratar el despido aún más, de privatizar las pensiones para que ellos las gestionen y puedan, así, defraudar más.
No estamos hablando de carteristas, ni de robacoches, ni de tironeros, no, estamos hablando de banqueros, de jefes y ejecutivos de empresas transnacionales, de deportistas de élite, de grupos de rock, de promotores inmobibliarios, de especuladores, en fin, de delincuentes que están robándonos a todos cantidades inimaginables de dinero, de cuatreros que -amparándose en la nefasta libre circulación de capitales- se niegan a contribuir proporcionalmente al mantenimiento y desarrollo de un mundo más justo. Su delito parece que no crea alarma social, pero es uno de los más execrables que se puedan cometer, porque lo que ellos no pagan los tienen que pagar las clases trabajadoras sujetas a nómina, porque con su actitud consentida están poniendo en peligro los logros sociales conseguidos en los dos últimos siglos. Pero, ¿por qué escandalizarse? ¿Por qué dicen que el fraude alemán puede contagiarse a toda Europa? ¿Acaso han descubierto ahora que existen los paraísos fiscales? ¿No sabía nadie que la mayoría de los plutócratas no pagan un duro a Hacienda, que Hacienda no somos todos, sino simplemente los trabajadores sujetos a nómina?
Lo que está pasando en Alemania no tiene que contagiarse al resto de Europa, casi la mitad de las empresas que cotizan en las grandes Bolsas del continente guardan parte de sus euros en esos inmensos basureros morales que son los llamados paraísos fiscales, y todos sabemos que quien no puede llevar sus "ahorrillos" a uno de esos charcos putrefactos es porque desconoce los mecanismos para hacerlo, no tiene los contactos pertinentes, es tonto o tiene un alto concepto de la ética personal, lo que, según parece, viene a ser lo mismo según los listos del sistema.
Pero no para ahí la cosa. A raíz del escándalo alemán se está despertando una corriente de opinión en aquel país que sí puede ser el germen de una regeneración moral absolutamente necesaria. Esos señores que ganan más dinero del que usted y yo somos capaces de soñar, llevan años predicando la moderación y la congelación salarial, el alargamiento de la jornada laboral, la disminución de los derechos laborales y sociales, mientras que sus ganancias son cada vez mayores. Los alemanes han comenzado a organizarse y dicen no estar dispuestos a consentir que se sigan riendo de ellos delante de sus narices. Exigen que los gobiernos de la Unión Europea eliminen de una vez por todas los paraísos fiscales existentes en el continente y sancionen ejemplarmente a quienes trafiquen con los existentes fuera de él, pues creen que es la única forma de acabar con un delito tan execrable que mina, como un sarcoma, la moral ciudadana y ataca frontalmente los principios básicos del Estado Social de Derecho.
Todavía no entiendo por qué llaman paraísos a algo que se parece muchísimo más al infierno que a ninguna otra cosa, pues es en ellos dónde se juntan los mayores delincuentes de la tierra, lo peor de cada casa, donde se fraguan las grandes operaciones de blanqueo de dinero y de narcotráfico, donde se roba a raudales a los más necesitados, donde está la fuente de todas las desigualdades sociales. Si los dirigentes europeos no saben o no quieren poner coto a esa infamia, que se vayan a su casa, o a otro sitio, pues son cómplices necesarios.

Pedro L. Angosto es doctor en Historia.

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