En toda actividad humana la lucha por el poder es el pan de cada día. Sin embargo, en los partidos políticos este axioma se multiplica por diez. No hay peor enemigo que aquel que comparte tu propia ideología y puede acabar con tus ambiciones. El caso del PP es claro. Tras el fracaso electoral se ha desatado una batalla -lógica tras perder Rajoy por segunda vez unos comicios- para "colocarse" de cara al próximo congreso de Valencia y, sobre todo, a ser el candidato para 2012. Es una lucha por el poder puro y duro porque ideológicamente entre Aguirre, Gallardón, Camps o el propio Rajoy no hay grandes diferencias. En el PSOE pasa igual. Ya ven en Alicante, están peleados como siempre y pierden de manera consecutiva elecciones pese a las facilidades que ha dado el adversario. Luego está la tercera vía, aplicable a algún ayuntamiento de L´Alacantí. Son aquellos alcaldes que se van por "decisión propia" pero no dejan de instigar contra la persona que le ha sustituido al frente del Consistorio. Es una especie de síndrome de ex alcalde relegado. En este punto suele suceder que uno se cree que tu pupilo te debe pleitesía eterna por haberle ayudado a conseguir la vara de mando y, el muy desagradecido, pues no te hace ni caso. Entonces empieza lo más divertido dentro del organigrama de un partido, la conspiración. Es el momento de buscar apoyos de cara a desbancar en un futuro a ese primer edil que aprendió de ti, pero cuya conducta es muy desagradecida. Y todo pasa cuando se ha ganado por mayoría absoluta. ¿Qué pasa cuando se pierde? Pues que se habla más de la crisis del PP que de la investidura de Zapatero. Puede ser hasta más entretenido.