El sábado pasado me acerqué a la Lonja a recorrer la exposición fotográfica del Alicante en blanco y negro. Estaba así de gente. Coincidiendo con la incursión me llamaron al móvil para decirme que estaba quemándose la estación de Murcia. No, no era ninguna "performance" correspondiente a la muestra. La coincidencia, no obstante, le aporta a la iniciativa una dimensión de lo más real. No habrá que descartar que, hasta su clausura, se produzcan más "incendios". La idea de enseñar la evolución que ha ido teniendo lo que nos rodea, más que arriesgada, es temeraria para los que a lo largo de los años han participado de ella. Muy pocas imágenes son las que no chocan. Todos los bulevares presididos por el verde de las palmeras; el tranvía circulando hacia la plaza de los Luceros por donde ha habido que levantar todo para llevarlo bajo tierra medio siglo después; el perfil señorial de Alfonso el Sabio con el Monumental, el Mercado y el resto de edificios que coronaban el acceso natural hacia el castillo; la estampa bucólica de Campoamor que permite comprender por qué se le denomina paseo; la pérgola que atravesaba el Paseíto Ramiro y la escalinata que daba acceso al mirador sobre el Postiguet; los merenderos que rebosaban en la Albufereta antes de que se la merendaran a ella...En fin, que los mayores del lugar encuentran en esta cita estampas que se perdieron para siempre en un rincón de la memoria. Unas con razón de ser y, otras, mejor no pensarlo. Ahora bien, los más pensativos eran un grupo de turistas primerizos. Venían de dar una vuelta y entraban en la sala con la impresión fresca de lo que se habían encontrado fuera. Alcancé a escuchar cuánto les gustaba la exposición y las imágenes de la ciudad y cómo alguno se marchaba preguntando que cuálera.