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El yerno que no supo actuar como la mujer del César

Desde su matrimonio con la infanta Cristina en 1997, Urdangarin había ejercido brillantemente como yerno ideal del rey

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REUTERS  Iñaki Urdangarin.

Inmaculada López / EFE  Iñaki Urdangarin es el deportista olímpico que se casó con una infanta de España y, desde ahora, el único miembro de la Familia Real investigado por un juez, lo que demuestra al menos que no cumplió la máxima que se aplicaba a la mujer del César: no sólo hay que ser honesto, sino también parecerlo.

El juez del caso Palma Arena ha decidido finalmente citar como imputado al duque de Palma en la investigación por presuntas irregularidades en el Instituto Nóos, que presidió hasta 2006.

Según su abogado, el yerno del rey ha vivido un "linchamiento moral" y una situación de indefensión desde que comenzaron a publicarse las primeras informaciones sobre su supuesta participación en la creación de un entramado societario para apoderarse de dinero público.

Desde que, en 1997, contrajo matrimonio con la Infanta Cristina, Urdangarin había ejercido brillantemente ante la opinión pública su condición de yerno ideal del rey: empresario, deportista, atractivo, educado, simpático, amante de los niños -de sus cuatro hijos y de todos sus sobrinos- y, además, católico.

Pero su gestión al frente del Instituto Nóos -que fue en su día investigada por la Casa del Rey y, probablemente, motivó el traslado de los Duques de Palma a Washington- ha sido el punto de inflexión de una relación con la Familia Real que, hasta ahora, había sido perfecta.

Los Duques de Palma se conocieron en 1996, cuando la infanta Cristina fue a saludar a la selección española de balonmano en los Juegos Olímpicos de Atlanta, y se casaron un año más tarde en Barcelona.

Allí -en el palacete de Pedralbes, cuya adquisición fue controvertida en su día- han residido hasta hace cinco años, cuando se trasladaron junto a sus cuatro hijos a Estados Unidos.

Hijo de un industrial vasco y una belga

Urdangarin está a punto de cumplir 44 años -el próximo 15 de enero- y es de Zumárraga, en la provincia de Guipúzcoa, aunque creció en Barcelona.

Es el penúltimo de los siete hijos que tuvieron Juan María Urdangarin Berriotxo, un ingeniero industrial vasco, y Clara Liebaert, de ascendencia belga, y estudió en los Jesuitas de Barcelona, un colegio en el que empezó a jugar al balonmano, y en los Marianistas de Vitoria, donde terminó el bachillerato.

A los 18 años, comenzó a jugar en el Barcelona, donde desarrolló toda su actividad deportiva hasta el año 2000, en el que anunció su retirada.

Su último partido lo jugó el 30 de septiembre de 2000 en Sydney, marcando el último gol, al dejar sus compañeros que lanzara el penalti en el último minuto.

Empezó entonces la trayectoria del otro Iñaki, empeñado también en tener éxito en esa nueva faceta que comenzó hace once años, la profesional y que ha terminado por derrumbar su imagen.

Fue miembro primero y vicepresidente después del Comité Olímpico Español y trabajó en Octagon Esedos y Motorpress Ibérica, compañías de marketing deportivo, antes de fundar, en 2004, Nóos Consultoría Estratégica, cuyas actividades investiga ahora el juez.

La biografía oficial de Urdangarin, publicada en la página web de la Casa Real, afirma que "ha cultivado el interés por las cuestiones sociales, amén de las deportivas, intentando establecer caminos de diálogo entre unas y otras".

Cuando en marzo de 2006 fue nombrado consejero de Telefónica Internacional y trasladó su residencia a Washington, se produjo el primer distanciamiento del, hasta ahora, yerno favorito del rey, con quien comparte, entre otras cosas, la afición al deporte.

El pasado 12 de diciembre y tras semanas de informaciones y comentarios, la Casa del Rey anunciaba que el duque de Palma dejaría de participar en actividades oficiales por su conducta "no ejemplar".

El anuncio causó sorpresa en los medios y, probablemente, dolor en el ánimo de Iñaki Urdangarin, quien, dos días antes, declaró a Efe que lamentaba profundamente el grave perjuicio a la imagen de su familia y de la Casa del Rey, "que nada tienen que ver" con sus "actividades privadas".

Ahora, Urdangarin, que se ha batido cientos de veces en una cancha en defensa de la portería de su equipo, deberá emplear toda su energía en otra defensa bien distinta, la de su inocencia en las salas de Justicia y ante la opinión pública.