EFE
Eduardo Zaplana deja la primera línea política tras toda una vida dedicada a ella, en la que empezó como concejal y continuó siendo alcalde, presidente de la Generalitat, ministro, portavoz del Gobierno y hasta hoy del PP en el Congreso, una ascendente carrera en la que ha despertado pasiones y odios.
Amigo de sus amigos, leal y protector de los suyos, según sus colaboradores y amigos, y fiel a sí mismo y al PP, según afirma él, Eduardo Zaplana Hernández-Soro, abogado, nació en Cartagena (Murcia); el 3 de abril de 1956, comenzó su andadura política en 1977 como militante de UCD, posteriormente ingresó en el PP y en 1990 comenzó su ascendente carrera política dentro de esta formación.
Ese año recibió el encargo de José María Aznar de reorganizar el PP valenciano y, un año después, fue elegido diputado en las Cortes Valencianas y concejal en el Ayuntamiento de Benidorm, aunque meses después -gracias al voto de la concejala transfuga socialista María Sánchez Trujillo- accedió a la alcaldía de esa ciudad alicantina.
En tres años como alcalde hizo frente a doce querellas, todas archivadas. En abril de 1990 su nombre aparecía en las cintas del "caso Naseiro" referido a la presunta financiación ilegal del PP, que finalmente el Supremo zanjó con la absolución de los implicados.
Tras ser elegido en 1993 presidente del PP en la Comunidad Valenciana, en noviembre de 1994 dimitió como alcalde para preparar su candidatura a la Presidencia de la Generalitat, puesto al que accede tras ganar las elecciones de 1995 y que revalida cuatro años después con mayoría absoluta.
Político de raza y en alza entonces en el PP, Zaplana da el salto a Madrid y en julio de 2002 es nombrado ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, cargo al que suma en 2003 el de portavoz del Gobierno, meses en los que vive una etapa de desgaste político por la participación de España en la guerra de Irak y que le granjea su fama de pertenecer al "ala dura" del partido.
Tras encabezar la lista de Valencia en las elecciones generales de 2004, Mariano Rajoy le encarga, tras una derrota electoral inesperada, ser el portavoz parlamentario del PP en el Congreso, una de las tareas "más ingratas" y "duras" que ha desempeñado en su carrera política, según ha reconocido siempre él mismo.
Se convierte así en el encargado de negociar todos los acuerdos con el PSOE -entre ellos la elección del director de RTVE y la renovación del CGPJ, esta última hasta ahora sin acuerdo-, en el "azote" del Gobierno -premio que después le concedió la Asociación de Periodistas Parlamentarios- y en el que debe lidiar con temas tan delicados como Irak y el 11-M.
Tras asumir el cargo de portavoz parlamentario, anunció su renuncia a la Presidencia del PP en la Comunidad Valenciana y fue sustituido por el presidente de la Generalitat, Francisco Camps.
La intención de Zaplana de seguir manteniendo un determinado poder y el de Camps por impedírselo provocan un fuerte desencuentro entre ambos que llega hasta el día de hoy.
La importancia que concede al valor de la lealtad hace que se vea "sorprendido" por el hecho de que Camps "deje de ser tan leal de la noche a la mañana", explican los más allegados de Zaplana.
De hecho, tan evidentes son esas desavenencias que en las elecciones del pasado 9 de marzo Zaplana dejó de encabezar la lista de Valencia para pasar a figurar como número cuatro en la de Madrid.
Zaplana, casado con Rosa Barceló con quien tiene dos hijas y un hijo, cuenta con grandes amigos en el PSOE, entre ellos Alfredo Pérez Rubalcaba y José Bono, aunque con éste último se "enfriaron" un poco las relaciones en etapa del socialista como ministro de Defensa.
Despierta pasiones y odios, pero no deja indiferente a nadie. En privado, sus adversarios políticos reconocen que es un político 'de raza', valoran su capacidad de negociar y algunos le llaman "el 'Rubalcaba' del Partido Popular".
Siente debilidad por "su" tierra valenciana, donde acude cada vez que sus responsabilidades políticas se lo permiten, es divertido y ocurrente en las distancias cortas, le hubiera gustado ser futbolista y estuvo a punto de ser piloto del Ejército del Aire, pero tiró hacia la política, sin dejar de lado nunca el deporte.
Va prácticamente a diario al gimnasio y ello, junto a su perenne bronceado y a su vestuario, le han dado fama de coqueto, algo que él siempre desmiente.
Desde meses antes de las elecciones del domingo, Zaplana ya le había comunicado a Rajoy, ganara o perdiera el PP, su intención de no volver a ser portavoz parlamentario. A partir de ahora, según su propia definición, será un diputado "de a pie".