Sanidad y universidad ¿juntas o revueltas?

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Dr. Jaime Merino

Sin duda, la formación de los médicos es un tema importante. Se debate si faltan o sobran médicos, pero la sociedad no se plantea en profundidad cómo se forman. Los estudios de Medicina son los más demandados del país. Lo son ahora y lo han estado siendo en los últimos años. A las Facultades de Medicina acuden muchos jóvenes que, medidos por su rendimiento académico, son de lo mejor del sistema educativo. Para poder estudiar esta carrera su nota de corte debe superar al 8,6; ese es el valor del más "tonto" de ellos. Yo bromeo diciendo que tienen tantas neuronas como Albert Einsten y seguramente más que nosotros, sus profesores. Lo cierto es que permanecen en las aulas seis años. Medicina es la carrera más larga de todas las existentes y en cada curso se les exige un esfuerzo de aprendizaje grande (50 créditos docentes). Al finalizar la carrera los ya médicos deben hacer una prueba nacional (examen MIR) que hace años era muy exigente. Imprescindible para que puedan elegir la especialidad que desean realizar y dónde hacerlo. Si tras pasarla su número no es bueno, tras aprobar no podrán hacer la que desean o en el centro que quieren. Ese periodo les exigirá otros 4 ó 5 años más de formación.
La realidad es que al acabar sus estudios de pre-grado, es decir, hasta ser médicos están más preparados que lo estuvimos los que nos formamos años atrás. Pero también es cierto que necesitan la formación MIR para poder ejercer, lo que expresa la necesidad de un esfuerzo más prolongado en el tiempo y de adquirir ciertas habilidades y actitudes que no se alcanzaron en la carrera. Las Facultades van ahora a iniciar un nuevo modelo formativo, el llamado Plan Bolonia que hace homologables los programas formativos en los diferentes países de la Unión Europea. Entre sus principales rasgos es que se quiere pasar del concepto de "docencia a los alumnos" (pasivos) al de "aprendizaje". Ello supone hacerles protagonistas de la misma. De forma gráfica en vez de facilitarles el pez para que lo coman hay que enseñarles a pescar y ellos deben "mojarse en el río".
Las sociedades cambian, también las necesidades formativas de sus profesionales y la forma de enseñar. Las Facultades de Medicina no pueden ni deben quedarse como aulas en las que los docentes explican el temario. Por muchos motivos, pero entre ello, porque ese aprendizaje es mejor a través de "lo que se hace" que de lo que se oye. Necesitamos una inmersión de esos alumnos en los centros asistenciales. En el actual modelo oyen cada día muchas horas de conceptos diversos que difícilmente retienen.
Además las nuevas tecnologías, en especial la informática, puede facilitar el aprendizaje, y las lecciones teóricas/magistrales pierden parte de su sentido y, en muchas ocasiones, la asistencia de los alumnos a las aulas es muy menguada. La formación de los futuros médicos falla sobre todo en la adquisición de habilidades o actitudes concretas, aprender las actuaciones que conforman la realidad la práctica médica, el oficio de médico, y ahí surge el problema. Las Facultades han incorporado de forma limitada nuevos recursos formativos: talleres de habilidades o de simulación, etcétera. La formación de los alumnos debe hacerse prioritariamente en los lugares donde se practica la medicina. En su tiempo eran sólo los hospitales, hoy con su mejor dotación y estructura pueden serlo también los centros de salud, pero el número de profesores universitarios que trabajan en ellos es puntual, ínfimo.
Es importante describir lo que se entiende por Hospital Universitario. En ocasiones realmente casi lo único universitario de ese centro es el letrero de la fachada y algún profesor suelto que trabaja en él. Así, los alumnos realizan en ellos "sus prácticas" con muchas limitaciones. Para evitar duplicidades los profesores de las áreas clínicas fueron cambiados de status, y en vez de pertenecer al Ministerio de Universidades (funcionarios) o de Sanidad (estatutarios) pasaron a ser conocidos como "vinculados". Trabajan para las dos instituciones aunque son retribuidos por la Universidad (que es compensada, en parte, por la Sanidad). Ello no ha resuelto el problema y ha creado otros. Los centros sanitarios tienen dos tipos de profesionales: "los propios" y los que además trabajan para la universidad.
Sólo un número escaso de los médicos del hospital son a la vez profesores de la Facultad de Medicina, (con frecuencia se añaden otros médicos que "generosa y voluntariamente" colaboran a la docencia, pero en el mejor de los casos su número es muy insuficiente y su voluntarismo hace inestable al sistema). Las Facultades no encuentran financiación u otras vías de gratificación para un número mayor de los médicos del hospital. Los pocos nombrados, tienen el cargo de "asociado médico", se les adjudica una dedicación de 4-6 h/semana, una retribución de 246 euros/mes y no se les tiene en cuenta su actividad investigadora. A veces asumen toda la responsabilidad de las asignaturas fundamentales (en el argot universitario "troncales" como Cardiología, Endocrinología, Psiquiatría): planificarlas, explicarlas, evaluarlas.
Es fácil entender que los gerentes de esos hospitales defiendan que su único objetivo es la asistencia a los enfermos y limitar su coste. Se interesan por acortar las estancias y el gasto, sin considerar que formar buenos médicos no pueden hacerse en otro sitio y que son esos estudiantes los que serán luego los médicos de su plantilla. No entienden, ni quieren entender que atender a los alumnos enlentece la asistencia a los enfermos. Entre sus objetivos no está la docencia o la investigación. La investigación en algunos hospitales de los llamados universitarios es tarea casi imposible; sus plantillas son cortas y están orientadas exclusivamente a la asistencia.
Sin investigación es imposible que los médicos de esa plantilla sean acreditados después como profesores fijos (numerarios). Esos centros se degradan, no crean conocimiento, no analizan su experiencia, ni adquieran la visión crítica que la investigación ofrece. El resultado es una realidad triste y un futuro penoso. Se discute hoy si faltan médicos pero en el futuro no habrá profesores. No deja de sorprender que hace unos años la propia Conselleria de Sanitat publicó un "Libro blanco" sobre la docencia en los hospitales, y casi ninguna de sus recomendaciones se ha puesto en marcha.
La solución pasa por un mayor entendimiento entre ambas instituciones: Facultades y Centros sanitarios deben trabajar juntos. El tema es si lo hacen. Y la respuesta es no. Hay una Comisión de trabajo que las reúne. (En nuestro entorno una vez al año) y sus resultados son la realidad que vivimos.
El problema es mayor porque las Universidades deben esforzarse en entender las peculiaridades docentes de las áreas clínicas de la Facultad de Medicina, reconocer a los médicos hospitalarios que actúan como tutores y considerar que todos los que trabajan en los hospitales universitarios debieran serlo, y la administración sanitaria debe reconocer que los médicos que trabajan en los Hospitales universitarios no son iguales que los que lo hacen en no universitarios. Ello supone que entre sus objetivos no sólo esté la asistencia sino también la docencia y la investigación, y además deben completar las áreas asistenciales (incorporar a ellos nuevos servicios/especialidades médicas).
A todo ello se comprometieron cuando se decidió que eran universitarios, y que, en algunos casos y tras muchos años, no lo han hecho.

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