EFE/EUROPA PRESS. WASHINGTON
Barack Obama ha escrito un renglón de la historia al ser elegido el primer presidente negro de EE UU (el número 44) y cumplir así el sueño del líder de los derechos civiles Martin Luther King.
"Sueño con que mis cuatro hijos vivan un día en un país donde no se les juzgue por el color de su piel", dijo hace 45 años King en un país donde la posibilidad de que un negro llegara a la Casa Blanca parecía imposible.
El senador demócrata por Illinois, de 47 años, famoso por su temple, del que ha hecho gala una y otra vez en su larga campaña, encarna como nadie el sueño de reconciliación en un país con profundas heridas raciales.
Su talante conciliador quedó de manifiesto durante la convención nacional del Partido Demócrata en Boston, en 2004.
"No hay un EE UU blanco y un EE UU negro, sino los Estados Unidos de América", dijo entonces, en un discurso que lo catapultó a la esfera nacional y donde, proféticamente, dijo que "en ningún otro país sobre la tierra mi historia sería posible".
Su biografía es, como él bien dice, "poco convencional". Nacido en 1961 en Hawai, es hijo de Stanley Ann Dunham, una antropóloga nacida en Kansas, y de Barack Obama Sr., un economista keniano educado en Harvard, ambos ya fallecidos.
El matrimonio se separó cuando él tenía dos años y sólo vería a su padre una vez más durante una visita de éste a EE UU.
Su madre volvió a casarse: con un ciudadano de Indonesia, donde Obama pasó varios años antes de volver a Hawai a los diez años para vivir con sus abuelos maternos y tener una mejor educación.
Su abuela, Madelyn Dunham, que murió el lunes en Hawai, fue una de las presencias más importantes de su vida, la mujer que, dice, se sacrificó por él una y otra vez y quien lo quiso "más que a nada en el mundo".
Pese a que sus abuelos lo criaron en un ambiente estable, Obama sufrió una fuerte crisis de identidad en su adolescencia, marcada por una destacada trayectoria escolar y por años de rebeldía y escarceos con las drogas.
A ello le siguió una selecta formación en las universidades de Columbia y Harvard, una etapa como profesor y defensor de los derechos civiles en Chicago, su elección como senador estatal y su desembarco como senador en Washington en 2004.
Antes, se casó con Michelle Robinson, su jefa en un despacho de abogados. Tienen dos hijas a las que regalará un prometido perro por ganar los comicios.
Ayudado por su carisma, se granjeó una popularidad similar a la de una estrella del rock que lo ayudó a atraer a sus mítines a decenas de miles de personas.
Sus rivales trataron de utilizar ese atractivo para presentarlo como una simple "celebridad" con mucha facilidad de palabra y escasa preparación para el poder.
El autorretrato que él mismo perfiló durante la larga campaña proyectó otra imagen: la del paladín del cambio y defensor de una clase media venida a menos en la impopular Administración Bush.
Sus dos libros autobiográficos "La audacia de la esperanza" y "Sueños de mi padre" se han convertido en los más vendidos.
Los observadores mencionan con frecuencia que el secreto de su éxito obedece a un arma rudimentaria: el poder de la palabra.
Su carrera política arrancó, curiosamente, con discursos que no conectaban bien con el público y en los que abundaban los detalles sobre sus programas.
No sería hasta 2004, en su campaña al Senado, cuando introdujo los elementos de "esperanza, cambio y futuro" que tiñen la entusiasta retórica que tan buenos resultados le ha dado.
A prueba de falsas sospechas
Esa retórica fue la que le ayudó a superar las sombras arrojadas desde el partido republicano: sus antiguas relaciones con un reverendo radical, luego un presunto terrorista y hasta un supuesto portavoz de la OLP, considerada terrorista en EE UU.
Su segundo nombre, Hussein tampoco le ayudó, ni una foto con turbante en una visita a Somalia, con la que se le acusó de ser musulmán. "Me acusarán de ser un comunista porque compartí mis juguetes en la guardería y mi sandwich de mantequilla de cacahuete", replicó.