Si todos fuéramos discapacitados, ¿cuál sería la nueva incapacidad?

Cristóbal Paus

 01:20  

En la película "A ciegas", basada en la novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera, se nos presenta un mundo en el que como consecuencia de una epidemia todos los habitantes se quedan ciegos. En estas circunstancias, igualados todos por la misma limitación, se pone de manifiesto que la verdadera incapacidad de la naturaleza humana sigue siendo gestionar las relaciones con respeto y tolerancia, y que pronto surgen las luchas de poder y dominación de unos sobre otros.
Es evidente que todos los humanos estamos expuestos a esa incapacidad de gestionar nuestra relación con los demás, y que esa incapacidad es susceptible de mostrarse en muchos momentos a lo largo de nuestra vida. Es más, sin duda esta incapacidad está en el origen de los conflictos en los que nos vemos envueltos individualmente o como miembros de una colectividad. De hecho, se ha diagnosticado como síndrome de Asperger el que padecen aquellas personas que tienen un muy bajo nivel de empatía, hasta el punto de no reconocer las pistas emocionales proporcionadas por los otros, por ejemplo, cuando sonríen, o utilizan el lenguaje corporal; es decir, parece que no saben leer entre líneas. Recordemos aquí por ejemplo, a la protagonista de la trilogía Millenium, Lisbeth Salander, o incluso a Bill Gates el creador de Microsoft. Y es que los seres humanos no somos capaces de todo, ni siempre.
Sin embargo, parece que solo somos sensibles hacia las limitaciones más evidentes física, síquica o sensorialmente. Y ello aunque son muchos y variados los ejemplos de discapacitados que han trascendido en la historia. Recordemos, por ejemplo, al emperador romano Claudio que sucedió a su sobrino Calígula tras haber sobrevivido a las conspiraciones por el poder del imperio gracias a su fama de idiota y sus defectos físicos -cojera y tartamudez-, y que acabó convirtiéndose en un director sensato y equilibrado de una de las primeras multinacionales de la historia. Incluso impulsó la conquista de Britania dirigiendo al ejército romano, alguien que sin duda nunca habría sido declarado apto para la milicia.
Es más, si hoy preguntamos en cualquier oficina cuántos de los empleados escriben en el ordenador empleando todos los dedos de ambas manos, comprobaríamos que seguramente no lo harían más de un 30% si nos dicen la verdad. Y es que efectivamente para escribir no se requieren los diez dedos -hoy la ergonomía proporciona adaptadores que facilitan la escritura de los que no disponen de manos o de movilidad-; más aún, Cervantes solo necesitó una mano para escribir El Quijote. Y muchos más podrían ser los ejemplos en las artes de figuras relevantes que nos legaron obras maestras, como consecuencia de su hiperactividad, como Leonardo da Vinci, sin apenas alcanzar al lienzo, como Toulouse Lautrec, o sin poder escuchar las notas, como Beethoven.
O más cercano a nosotros, el caso del malagueño Pablo Pineda, el primer español con síndrome de Down que obtuvo un título universitario, y que este mismo año ha logrado la Concha de Plata al mejor actor en el Festival de San Sebastián por su interpretación en el filme "Yo también".
Nos olvidamos así que nacemos discapacitados, requiriendo cuidados y atenciones de nuestros padres, y morimos discapacitados, requiriendo cuidados y atenciones de nuestros hijos. Y entre medias superamos episodios de enfermedad y dolencias más o menos graves, más o menos largos, pero sin que en general trastorne definitivamente nuestra integración en el mundo laboral. En efecto, nuestra peripecia vital no es más que una sucesión de estados de discapacidad, interrumpidos por momentos en los que al menos tales discapacidades físicas, síquicas o sensoriales no se evidencian. Por ello, con esta perspectiva, dificultar la integración de otros congéneres que se encuentran en dichos estadios, parece cuanto menos una inconsciencia resultado de la ceguera propia de los vanidosos, que no quieren ser asumir lo efímera y frágil que es su carcasa física, síquica o sensorial.
Por esto son de agradecer todas las iniciativas que tomen las empresas para favorecer el cambio en la gestión de la integración de la discapacidad. Bien incluyendo entre sus valores la responsabilidad social corporativa, bien estableciendo como competencias propias de los directivos excelentes el respeto y el desarrollo de las personas. Porque solo interiorizando este objetivo, será posible conseguir y superar ese antiguo 2% de empleados discapacitados por cada 100 trabajadores, que establece la normativa para las empresas, y que sufre una silenciosa y larga resistencia, como casi todo lo que se impone pero no se siente.
En este proceso, la figura de los jefes, cualquiera que sea su nivel en la jerarquía, es clave para hacer efectiva esta política, ya que el papel del jefe como foco de influencia y ejemplo en su unidad organizativa es decisivo en el cumplimiento y aplicación real de las decisiones adoptadas. Por ello hay que impulsar programas de sensibilización con la discapacidad para jefes y empleados de a pie, en los que a través de jornadas y charlas tomen conciencia de esta otra situación, de la exposición que cualquiera de nosotros tiene para estar al otro lado de esa frontera, y para que conozcan en directo y en persona testimonios de esos otros hombres y mujeres que se encuentran en un estadio de discapacidad que evidencia ciertas limitaciones que, sin embargo, no les impiden realizar determinadas tareas y obtener excelentes resultados. "A mí no me digas que no se puede" es el principio que guía la vida de Cuajo, el rapero con parálisis cerebral protagonista de la película "El truco del manco", que sueña con crear un estudio de grabación propio.
Con ese espíritu, sin duda que estos trabajadores no desentonarán por eso en un entorno en el que no faltan otros colegas que, con aparente capacidad, se encargan de frustrar los resultados sin esfuerzo con su modo de relacionarse y gestionar personas.

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