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BIOGRAFÍA

Vida y obra del doctor y psiquiatra Enrique Rojas

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El psiquiatra Enrique Rojas en una imagen de archivo
El psiquiatra Enrique Rojas en una imagen de archivo DAVID COSTA

No tumba a sus pacientes en un diván. Es un médico del alma que no los trata como meros enfermos ni se cansa de escucharles.
Por Beatriz Pérez-Aranda

BEATRIZ PÉREZ-ARANDA
El psiquiatra tranquilo desespera hasta a su mujer con sus maneras pausadas. Llegó a Madrid procedente de Granada sin conocer a nadie y ahora es una autoridad. Además de una excepción. Un humanista que convierte cada uno de sus libros, sobre la ansiedad, el desamor o el último acerca de la autoestima, en un "best-seller".

A primera imagen que te sugiere su aspecto es la de un dandi hecho a sí mismo que se transforma en el hombre de los mil rostros y apariencias. Parece un moscovita de toda la vida cuando lo ves en una fotografía con el Kremlin detrás. O un turista que en Estados Unidos aparenta ser norteamericano de pura cepa, con pantalón rosa y gorra de béisbol incluida. Eso sin olvidar que en una instantánea frente a la Universidad de UCLA lo confundes con un estudiante que ese día ha elegido por indumentaria la típica camiseta de rayas y cuello blanco tan característica entre aquellos universitarios. No es ni muy alto ni muy bajo. Ni entrado en carnes ni flaco en exceso. Moreno, como la media nacional. Voz envolvente, ni grave ni aguda. Con un dulce deje del sur, de cualquier sur, de aquel indefinido común a nuestras raíces. A sus 52 años puede ser joven o mayor. Un transformismo que a buen seguro le resultará muy útil en el momento de enfrentarse en solitario a cada uno de sus pacientes. Cuando nos recibe al fotógrafo José Aymá y a mí, va vestido con una camisa rosa de Hackett y una corbata del mismo tono de Cacharel. Se nota que es muy presumido y un esteta. "Tengo pasión por la estética. Me gustan los contenidos, mucho, pero más la forma". Todo está en el sitio en el que debe estar... Sólo nos falta el propietario. Nos pide disculpas con ademanes exquisitos por dejarnos en compañía de un refresco porque debe terminar con su lista de consultas para ese día: 20 pacientes. Inspeccionamos el lugar. Infinidad de fotos del doctor Rojas con gente importante. Un número mayor aún de artículos enmarcados cuyo autor es nuestro protagonista. Casi todos en ABC y El Mercurio de Chile, periódicos para los que colabora. Cuadros abstractos firmados por E. Rojas. Moqueta azul, todo silencio y al abrir la puerta del despacho donde ansiamos su presencia, un pequeño distribuidor al que dan siete puertas blancas de marco azul a juego con el suelo. Más silencio. No sabemos qué hay detrás de cada una. Sobrecoge. Por fin aparece de nuevo. Pasamos a otro despacho más grande, señorial.

Tiene siete despachos en los 500 metros cuadrados de su consulta en plena milla de oro de la calle Serrano de Madrid. En ese juego de la transformación nos pide disculpas para afeitarse porque lleva todo el día trabajando y desea que su aspecto en las fotos sea el adecuado. Reaparece con la indumentaria perfecta para acompañar al prestigio de la imagen pública. Traje oscuro, camisa blanca impoluta, almidonada, gemelos brillantes y corbata tornasolada a la última moda. Se nota que la vida le sonríe y él cuida de que esto no cambie. Tiene entre las manos su último libro, "¿Quién eres?" , que va a presentar en la Casa de América de Madrid el próximo jueves. "Soy un optimista nato. Tiendo a ver el lado bueno de las cosas. Sé lo que quiero. Tengo muy pocas ideas en la cabeza, pero muy claras". Esto último lo repite en varias ocasiones a lo largo de nuestra charla, también las referencias constantes a la figura de su mujer. "Sé a lo que aspiro y he aceptado bastante bien mis limitaciones, aunque poseo dos defectos que debería corregir: excesivo sentimentalismo e incapacidad para decir que no".

Eso es lo que el doctor, acostumbrado a radiografiar al que tiene enfrente, confiesa de entrada. Pero, cuando vas ahondando en las catacumbas de su personalidad, reconoce una de las características principales de su comportamiento: la lentitud. "Isabel, mi mujer, me ha regalado una corbata con tortugas, unos gemelos con tortugas. No sólo ella, mis amigos también me regalan objetos que llevan una tortuga como principal componente. Mi esposa me insiste en eso: no eres rápido. Ella sí lo es, puede poner la mente en cuatro sitios a la vez. Tiene que explicarme las cosas dos veces y se pone nerviosa ante mi tranquilidad... Pero es que yo vendo tranquilidad... Y equilibrio. En mi consulta la gente viene con ganas de hablar, es tremenda la necesidad que hay hoy en día de comunicarse y el psiquiatra debe convertirse en un médico próximo, de cabecera, sin un reloj despertador en la mesa que marque el final de la consulta a campanazos". Es cierto, en el despacho en el que estamos no hay relojes. Tampoco divanes en los que tumbarse a divagar mirando al techo. "Somos perforadores de superficie. Soy un obrero de la construcción de la psiquiatría, no un arquitecto que lo mira todo desde arriba. Yo bajo a los sótanos de la personalidad. Quiero saberlo todo de mi paciente, pero resumido. Tengo las seis preguntas clave para hacer la primera radiografía y, a partir de ahí, empezar a funcionar". ¿Cuáles son?, le pregunto. "Contésteme, por favor. ¿El día más importante de su vida?". Cuando nacieron mis hijos, respondo. "¿El más triste?". Cuando murió mi padre. "¿Cómo le gustaría morirse?". No quiero morirme. "¿Quiere ser eterno?". No, sólo me da miedo la muerte. "Tiene las ideas claras".

Esta última frase me dio pie (iba tan embalado que si me descuido termina él siendo el entrevistador y yo la entrevistada) a preguntarle por el momento más dramático que ha debido superar. Aquel en el que el psiquiatra necesita de un psiquiatra. "No tengo miedo a la muerte, me gustaría que fuera en brazos de mi mujer y rezando... Pero el peor momento de mi vida fue cuando mi hijo se cayó a la piscina de mi casa. Tenía dos años. Le hicieron una traqueotomía y se fue al otro barrio... Con dos años". Fueron unos minutos de gran intensidad: el doctor Rojas ha permitido aflorar a Enrique, se le han enrojecido los ojos y su voz ha descendido de tono hasta ser casi inaudible. Me callo y bajo los ojos con el propósito de darle tiempo e intimidad para reponerse. No ha mencionado la palabra muerte. Sube la voz. Continúa. "Tuve una reacción sobrenatural. Tengo profundas convicciones religiosas y pensé: si Dios lo ha permitido, no si Dios me lo manda, de eso nada... Si lo ha permitido será para algo bueno. Lo acepto. Se llamaba Enrique, como yo. Ahora ya no tengo hijos. Sólo hijas, cuatro. Mi mujer también es muy religiosa, pero no lo aceptaba como yo. Pasó un año llorando. Sufrió mucho, pero ahí salió el psicólogo; le di mucho cariño, viajamos mucho... Y se disolvió el trauma". El doctor Rojas consiguió con esa terapia lo que practica fuera de casa todos los días. "Es lo que intento hacer con este libro, que el que lo lea se vea retratado en alguno de los desórdenes y de las normalidades de la personalidad". ¿Cómo es la personalidad de un etarra que pega un tiro en la nuca y luego se toma una lubina? "Él cree que con esa conducta libera al pueblo vasco y hace entender al resto la dificultad de los vascos para sentirse comprendidos". Si Bin Laden se sienta donde estoy yo, ¿qué le dice? "La infancia es la época más importante de la vida, indagaría por ahí ... Es un iluminado con fondo kafkiano, pero antes de hablar con él me prepararía muy bien lo que le voy a decir porque hay que aprovechar un personaje de esa calaña para decirle las cosas claras y que éstas le impacten" ¿Cómo nos ha impactado él a nosotros sumergiéndonos en el síndrome de la catástrofe? "Es el estrés postraumático subsiguiente a un impacto tan imponente. El mensaje de B. L. ha sido que ya no habrá paz en el mundo".

Enrique Rojas radiografía la personalidad de cualquiera porque, desde que abrió su primera consulta con veintipocos años en el número 69 de la calle Goya de Madrid, no ha parado de hacerlo. El primer año sólo tenía seis clientes a la semana. En dos años triplicó la clientela. Ahora son tantos y le han aportado tanta experiencia que cualquiera que consulte "¿Quién eres?" se verá reflejado. No en balde sus libros tienen un gran éxito. Una teoría de la felicidad ya lleva 30 ediciones; La ansiedad, 17; Remedios para el desamor, 22... "Soy un hombre con mucho tesón. El año pasado me marqué el objetivo de sacar este libro en el otoño de 2001. Me ha costado, pero aquí está. Hay que marcarse objetivos, se lo digo a mis hijas. He luchado mucho en la vida, me vine a Madrid en el año 74 sin conocer a nadie porque tengo larga visión de la jugada. Mi Granada natal y mi adorada Andalucía se me habían quedado pequeñas. Barajé la posibilidad de irme a Estados Unidos, pero en España se vive muy bien. Ahora estoy pensando en mis hijas, el día de mañana...". Pero no tiene motivos para preocuparse, sólo con los derechos de autor ya son millonarias. "Sí, pero a mis hijas quiero transmitirles entusiasmo, que la felicidad consiste en tener ilusión". También les acerca a sus aficiones: la lectura y la música clásica. Si usted se pasa un sábado o un domingo de dos a tres de la tarde por el hogar de la familia Rojas Estapé observará a todos leyendo con un fondo musical. "He creado el club de la lectura en casa para contrarrestar el ritmo trepidante que llevamos. Luego, a las tres y media nos sentamos a comer".

Otra afición de Enrique Rojas es la pintura abstracta. "Me apasiona. Yo no tengo imaginación. Soy muy objetivo. Mis hijas son las que me han ayudado a desarrollar la imaginación por los cuentos. Ellas se tumban sobre mí y yo les hablo de Roberto Alcázar y Pedrín. Voy despacio pensando en la siguiente escena, es lo que leía de pequeño, pero me lo invento. Nunca es la misma historia. Al tiempo las beso y las acaricio. Soy muy tocón. Considero muy importante el contacto físico". Es capaz de pasarse horas y horas hablando de su mujer. Da envidia la admiración que siente por ella. "Habla inglés, francés, italiano. Yo tengo cierta dificultad con los idiomas. Ella es todo vibrar, una número uno en lo que se propone. Es la segunda mujer en España que consiguió ser agente de Bolsa, ahora dirige su notaría. Llevo muy poco casado con ella, 20 años". ¿Eso es poco? "Está muy ocupada y ello me obliga a vivir con intensidad los momentos que pasamos juntos. Hace mil cosas a la vez y llega a la misma conclusión que yo pero un mes antes, por eso le consulto todo. Mi fórmula para mantenernos a flote es dos viajes al año solos, sin niños. Es imprescindible que sea necesario pasar, al menos, 10 horas en avión. Desconectas. Me he casado según las estadísticas un poco tarde, a los 35 años, y creo que por esperar aumentan mis probabilidades de acertar, hay más serenidad. Ante un problema le digo: no pasa nada. Ella se exaspera y contesta: para ti, nunca pasa nada ... Después de mi tesis doctoral sobre 213 casos de suicidio tiendo a quitarle importancia a las cosas. Perdono". ¿Perdonaría a Isabel Estapé una infidelidad? "Sí. Totalmente. Entiendo que puede ser la vida misma, debido a su complejidad".

Mujer e hijas de Enrique Rojas

Su mujer, Isabel Estapé, con las cuatro hijas del matrimonio (de izquierda a derecha, Cristina, Almudena, Isabel y Marian).

Su mujer tiene suerte por compartir la vida con alguien tan comprensivo. "Ella dice que nadie hubiera querido casarse conmigo, con un psiquiatra. Desde luego su padre no lo tenía nada claro. Cuando mi mujer le dijo: 'Papá, estoy saliendo con un chico que es psiquiatra en Madrid' (ellos son de Barcelona), él le contestó: 'Hija mía, qué mala suerte'". Fabiá Estapé no se limitó a esa aseveración, y añadió: "Con la cantidad de chicos normales que hay por ahí?, y un psiquiatra. Isabel, están todos locos. Es muy difícil encontrar uno normal". A estas alturas ya se habrá metido al señor Estapé en el bolsillo utilizando su labia. "Mi suegro tiene una personalidad terrible, arrolladora. Es muy inteligente, entonces... No es fácil". Tampoco le resultó fácil conseguir la cátedra de Psiquiatría en la Universidad Complutense. "El mundo universitario es muy complicado, hay muchas camarillas. Me lo pusieron muy difícil, pero no guardo rencor a nadie. Después de mucho tiempo de excedencia regresé hace tres años a mis clases. Me mantienen joven, es un balón de oxígeno". También lo son la pintura, la música, la lectura, montar en bici o el vino, otra de sus grandes pasiones. "Mi mujer me dice: no tengas más aficiones, no caben más en casa. Si seguimos hablando usted y yo descubrirá mis puntos flacos y seré el cazador cazado". La psiquiatría, me dice, es una rama de la amistad y esa sensación ha sobrevolado durante la entrevista, en la que he descubierto a una persona cerebral y a la vez afectuosa. Y que no tiene ningún parentesco con el doctor Luis Rojas Marcos. "Me lo preguntan a diario, le aprecio mucho, pero no somos familia. Sólo compartimos el apellido Rojas y la pasión por la psiquiatría".

Por Beatriz Pérez-Aranda

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