08 de marzo de 2017
08.03.2017

«Urge un pacto educativo de mínimos para un modelo educativo de máximos»

Agustín Domingo Moratalla, Director de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Valencia, habla sobre el pacto educativo en España, una cuestión que considera prioritaria con el objetivo de conseguir «estabilidad»

09.03.2017 | 11:06
«Urge un pacto educativo de mínimos para un modelo educativo de máximos»

Los partidos políticos quieren aprobar en esta legislatura el pacto educativo de España. ¿Es optimista al respecto?
Soy realista. Algún político ha dicho que estos meses son para «marear la perdiz» porque faltan interlocutores válidos en alguno de los partidos básicos. Hay posibilidades para el acuerdo y no debemos desaprovechar la oportunidad.
 

¿Cuáles?
Por un lado, la sociedad civil con las familias, sindicatos y empresarios están forzando a los responsables políticos y educativos para que lleguen a un acuerdo. La propia dinámica de los avances tecnológicos también exige estabilidad en las instituciones educativas para adaptarlas a los cambios científicos, pedagógicos y organizativos. Los medios y los líderes de opinión también están presionando, pensemos en los académicos que todos los días insisten para conseguir un pacto de mínimos entre los políticos que permitan un sistema educativo donde podamos conseguir los máximos o mejores aprendizajes.
 

¿Sería, por tanto, un mal menor?
Muchas veces la política consiste en resignarse a un mal menor porque el bien que buscas no se va poder realizar totalmente. Un pacto que dejase fuera el modelo educativo de la mitad de los españoles no sería un buen pacto. El mejor pacto sería aquel que integrase al mayor número posible de ideales educativos, donde cupieran en igualdad de condiciones la calidad, la libertad de elección de los padres o la equidad. Un pacto de Estado para una sociedad abierta donde administraciones públicas, familias y profesionales se obligaran mutuamente.
 

Entre los puntos que se debaten, la libertad de elección, la gestióny la administración del sistema educativa son esenciales. ¿Qué cree que sería lo más adecuado?
Deberíamos continuar con el espíritu constitucional que garantiza la libertad de los padres para proporcionar educación a los hijos. Un espíritu que también corresponsabiliza a las administraciones públicas, no para que obstaculicen o pongan trabas a las familias sino para que garanticen una educación para todos. Se trata de pensar la educación desde la corresponsabilidad de administraciones, familias y agentes educativos. Sin libertad de educación no hay sociedad abierta. Por eso hay que buscar fórmulas que eviten el control partidista de las administraciones, como fueran estas y no los padres los titulares del derecho a la educación. La situación en la Comunidad Valenciana es compleja porque las autoridades administrativas de las direcciones territoriales están dificultando el crecimiento de la enseñanza concertada y obstaculizando modelos de iniciativa social. Hace falta más libertad y mayor autonomía de los centros.
 

Ya que ha mencionado la Comunidad Valenciana, en los últimos meses el plurilingüismo está siendo un tema de debate muy caliente. ¿Qué cree al respecto?
El decreto del plurilingüismo no era necesario. Parece un recurso o decreto trampa para aminorar la presencia del castellano. Con la excusa del plurilingüismo se están revisando fórmulas de convivencia lingüística y generando discordia entre comunidades educativas que estaban tranquilas.
En cuanto a los contenidos en los planes de estudio del posible pacto, hay dos pilares especialmente relevantes: la Historia y la Religión. ¿Qué va a pasar al respecto con partidos tan antagónicos?
Es muy complicado y, a la vez, importante. En la actualidad y según mi experiencia, un alumno puede decir perfectamente donde está el Serpis pero desconocer el Tajo, el Sena o el Volga. Los líderes políticos se han dado cuenta de que hemos construido un sistema educativo fragmentario y disperso en todos los ámbitos del conocimiento, también la Historia o la Lengua Común. Sabemos mucho de nuestra propia aldea pero hemos perdido la visión nacional y global de la Cultura. Si cada autonomía se desentiende de una visión común, el resultado es la fragmentación, desorientación y pérdida de unas mínimas señas necesarias de identidad común.
 

¿Y cómo ve posicionados a los partidos políticos al respecto?
Por un lado, PP y Ciudadanos quieren evitar la disgregación. El PSOE está dividido y no siempre sabemos lo que piensa. Compromis y Podemos mantienen la fragmentación y la disgregación en los programas. Si Ciudadanos y PP mantienen sus posiciones, la clave está en el PSOE.
 

¿Y las familias y profesores qué papel juegan en el pacto?
Sin familias y profesores, toda reforma está condenada al fracaso. A veces, ni unas ni otros se sienten auténticamente representados por los políticos, quizá sea el momento de contar más con ellos porque exigen una visión más estable y largoplacista.
 

¿Qué papel tienen las religiones en este pacto?
Es otro tema clave. Defiendo una laicidad positiva que permita la convivencia entre religiones, también en todo espacio público educativo. El problema no es la asignatura, la materia o el área de Religión. Ciertamente los padres tienen derecho a elegir la enseñanza religiosa que desean para sus hijos y en eso, los mínimos constitucionales son irrenunciables. Es una batalla que dan los padres católicos pero no como "católicos" sino como «padres» porque los musulmanes, judíos, ortodoxos o de cualquier otra religión están convencidos de la razonabilidad de sus creencias religiosas. Unas creencias que no son privadas y que pueden ponerse a prueba en los espacios educativos públicos. En todo el mundo, las religiones desempeñan un papel clave para entender la cultura y por eso los espacios educativos públicos no pueden organizarse de espaldas a las religiones. Estos espacios pueden ser lugares de encuentro entre religiones y de intercambio de ideas o creencias. Sin diálogo en estos espacios públicos educativos no podemos evitar los dos grandes desafíos educativos del futuro: el indiferentismo moral y el dogmatismo fundamentalista. La alfabetización también afecta a las religiones y un ciudadano del siglo XX no puede ser un analfabeto religioso.

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