Lo que sea menos volver a votar

Desilusión y alivio a partes iguales en las calles de la provincia, pero una idea común: esta vez los políticos deben entenderse o irse

28.06.2016 | 00:33

Perplejidad, sensación de estar perdiendo el tiempo y alivio o tristeza según el sentimiento ideológico. El día después de las elecciones, el debate en las calles de la provincia tuvo poco que añadir al del 20D, pero dejó a las claras que, de izquierdas o de derechas, los alicantinos lo que quieren es que no se mantenga al país paralizado otros seis meses. Algunos están dispuestos a ver a los adversarios mandar si con ello se desbloquea el gobierno

La provincia de Alicante se despertó ayer de la resaca electoral tan aturdida como los representantes políticos que todo el país eligió en la jornada del domingo y con la misma sensación de incertidumbre. Pero sí hay una diferencia entre la desorientación que se generó en diciembre y la que se ha prolongado con el resultado de ayer: pese a que la sociedad está dividida entre quienes respiran con alivio por la remontada del PP y quienes lamentan el estancamiento de la izquierda, todos los ciudadanos parecen haberse puesto de acuerdo en que el país no debe acudir por tercera vez a las urnas.

Una prueba es la opinión del alicantino José Carlos Roselló. Está tan convencido de que no debe haber una tercera oportunidad que, pese a ser votante tradicional de IU y haber votado a Pedro Sánchez esta vez, cree que el PSOE debe apartarse y dejar que gobierne el PP con el apoyo de Ciudadanos. Para el ilicitano David Sánchez el haber obtenido «el mismo resultado que antes» significa que los partidos deben ponerse de acuerdo para gobernar. Volver a votar «sería un gasto innecesario».

También en Alcoy se compartía con unanimidad la idea de exigir a los políticos que se pongan de acuerdo para formar gobierno, evitando con ello que se tenga que recurrir a una tercera convocatoria electoral. Lirios Casasempere cree que los líderes que no sean capaces de «solucionar problemas» deberán dimitir o ser apartados. A la vez, su paisano Agustín Pardo cree que «no podemos ir a otras elecciones» y que «sería positivo un acuerdo del PP con Ciudadanos»

Que el tándem que debe desbloquear el gobierno es la fórmula de los conservadores con los moderados de Rivera es la más extendida. Tomando un café en el centro de Alicante, Enrique Salar cree que el votante del PP ha recuperado el voto de castigo que vertió a Ciudadanos en diciembre. Ve claro que es el bloque de centro-derecha quien debe gobernar y piensa que contarán con la connivencia del PSOE.

El mismo comentario de Rafael Álamos, manchego afincado en Alicante. Cree que la izquierda ha fallado, hecho que celebra al considerar «destructores» a los dirigentes de Unidos Podemos, y pide paso para el bloque de derechas.

El desplome del PSOE y el «tortazo» de realidad a Unidos Podemos fue muy comentado por afines y no simpatizantes. Salar considera que si hay «guillotinas» deberían caer sobre las cabezas de Pedro Sánchez y Alberto Garzón. Desde Elche, José Ortuño se lamenta por el estancamiento. «Me parece fatal, terrible, lo que ha pasado. La derecha sube y la izquierda se queda sin fuerzas», lamenta.

El oriolano César Corbalán opina que la llamada «estrategia del miedo a la izquierda radical» agitada contra Podemos y sus aliados es la causa del mal resultado de la coalición. «Ha ganado una organización criminal como el PP», considera Elena García, una albaceteña de paso por la capital que votó izquierda.

Esta resistencia al cambio o giro conservador fue muy comentado por la juventud alicantina. Ramón Arteaga sólo se explica el triunfo del partido más salpicado por la corrupción con el voto de los más mayores y lo define como un «problema generacional» que cree que «habrá que depurar con el paso del tiempo». Está seguro de que la generación «que no se sentía representada por nadie hasta hace muy poco» se ha quedado en casa en la segunda vuelta y castigado a los nuevos con su abstención.

Una idea parecida sostiene Beatriz Navarro en una cafetería cercana. Creyó que se mantendría el buen resultado de los partidos nuevos, a quienes apoyó como respuesta a los tradicionales, pero «al final ha sido que no había ganas de cambio». También cree que el voto conservador que ha dado alas al PP se refugia en las zonas más altas de la envejecida «pirámide de población». Para Alvar Baptista, un veinteañero de Alicante, ha sido «el miedo a cambiar el que ha hecho que vuelva el voto de seguridad al PP». Además, lamenta que haya triunfado la imagen de que con Unidos Podemos «parecía que iba a faltar de comer».

En Benidorm, el bombero Óscar Montes hace un análisis más frío sobre esta realidad. Para él, simplemente no ha habido el castigo a la corrupción que se vaticinaba porque los electores han pensado que el PP compensa. «El 20D fue de castigo a la corrupción y a los recortes, pero ahora la gente ha dicho que no quiere ese cambio», sostiene. En su misma ciudad, Luis Ángel Zapata apuntala esta idea: «¿Corrupción? Hay en todos lados pero se han cebado tanto con el PP que la gente ha reaccionado».

En los bares de Alcoy, donde los clientes hojeaban los periódicos y seguían las reacciones de los partidos en la televisión, imperaba una sensación era, por un lado, de cierta incredulidad ante los resultados debido a su escaso parecido con las encuestas, y por otro de hartazgo ante la forma de actuar de los políticos y su nula capacidad para pactar. «La derecha tiene un voto más fiel», aseguraba Francisco Ferrándiz, todavía asimilando las votaciones.

Los estereotipos y prejuicios más extendidos entre la televisión y las redes también ayudaron a que algunos ciudadanos explicasen el resultado. Alicia Bañón, «votante de Rajoy», discute en una terraza con su hija y con David Bellot sobre el frustrado relevo de la nueva política. «El coletas y todos los izquierdosos son un atajo de ladrones», zanja. Al sur de la provincia, Maria José Iglesias es la que llama «caciques» a los dirigentes populares.

Han colaborado en la elaboración de este reportaje: José A. Mas, I. Iniesta, M. Vilaplana, Mariví Pardo, A. Valdés y Rosario Pagés

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