ANTONIO ARAGÓN RENUNCIO
Diez y nueve de octubre de dos mil seis. Una simple fecha, una cualquiera, un día más dentro del vasto calendario. Esa mañana conocimos a Tami. Apareció en la consulta muy de mañana, aferrado a la mano de su padre y con un sucio vendaje rodeando su piernecita. En un inicio, los doctores pensaron que sería fácil el tratamiento: apósito limpio, betadine y poco más. Pero esta vez no, como en otras muchas ocasiones, la realidad superaba con creces a la ficción de las películas. Al subir a la criaturita a la camilla y tras hacerse entender en un maltrecho francés, la recurrente fotografía del horror invadió nuevamente las retinas de los doctores. Al comenzar a destapar aquella extremidad, un penetrante olor (hay olores que cuando uno los encuentra no dejan de aparecerse en los sueños. El olor del hambre, el de la enfermedad, el de la muerteÉ) a podredumbre golpeó sin piedad y previo aviso los sentidos.
Y ahí estaba, la tibia infecta, putrefacta, saliendo por el gran canal abierto en la pierna. Hueso necrosado, podrido y maloliente. Negro como la noche en el África. Recapitulemos. Tres meses atrás, Tami andaba jugando, corriendo feliz, como otro día cualquiera en la extensa pradera, buscando algo que llevarse a la boca, uno de los juegos más habituales por esas latitudes. Un gran árbol de mango y sus suculentos frutos fueron la deseada presa aquella fatídica mañana.
Subir presto, estirar la mano en busca de recompensa y disfrutar de su frescura y delicioso sabor. Fácil, muy fácil. Había realizado esa exitosa maniobra más veces de las que podía recordar. Pero esa mañana algo falló. El árbol amigo le tenía preparada su emboscada. Una rama seca, un paso en falso, una diezmilésima de segundo y el pequeño Tami surcaba el espacio en busca de su destino final en forma de duro suelo. Crac.
Un estremecedor sonido. Un sordo crujido. Llanto desolado. Lágrimas empapando la yerma tierra. Tres meses después llegaba a la consulta de los médicos "batules" de la mano de su papa. Tres meses de sufrimiento, de no juegos, de incesante dolor. Noventa días conviviendo con la crítica evolución de aquella herida. Padeciendo su olor, viendo tornar la paleta de color de aquel hueso que asomaba por la purulenta llaga. Del blanco inmaculado al negro profundo. Fractura abierta de tibia lo denominan los libros de traumatología, aunque no creo que haya fotos de ese tipo de aberrantes evoluciones en ellos. Esa imagen quedaría grabada para siempre en la memoria del equipo médico.
Tras recorrer y evaluar cada centímetro de aquel enjuto cuerpecito, Javi y Miguel, los dos cirujanos de aquella expedición, vieron como única opción amputar la pierna por encima de la rodilla. Dura decisión que había que comunicar al preocupado padre que esperaba ansioso en la puerta del improvisado consultorio. Dos segundos le tomó al progenitor dejar en manos de los "traumas" el incierto futuro de su vástago. Sabía que eran la única apuesta segura por aquellos lados y la última oportunidad para salvarle la vida a su pequeño. Y así se hizo. La mañana del diez y nueve de octubre de dos mil seis, Tami Magnime, de diez años de edad, se desprendió para siempre de ese pedazo bastardo de carne purulenta y hueso descompuesto que lo había acompañado los últimos tres meses de su vida consiguiendo burlar a una muerte segura que lo esperaba agazapada en la sabana como consecuencia de una fractura abierta de tibia.
Dos horas de cirugía más tarde, los doctores se sentían felices al ver los ojos de Tami recobrar la mirada escondida por la anestesia. Todo había salido perfecto. Eso sí, mientras Tami salía por una de las puertas del quirófano disfrutando una gran piruleta roja en su boca, su piernecita envuelta en una bolsa plástica azul lo hacía por la otra.
Ya no lo acompañaría más la fiebre, ni el incesante dolor, ni el olor penetrante del apéndice putrefacto. Ahora sólo quedaba recuperarse de una operación exitosa realizada por un equipo quirúrgico de lujo y que había sido sufragada por la caridad de la lejana Europa. La familia de Tami no tenía recursos económicos para esos menesteres, suntuosidades por estas latitudes. En este rincón olvidado de África, cuando te pones enfermo, sea de lo que sea, o tu cuerpo hace un esfuerzo sobrehumano y el milagro aparece, o simplemente te mueres, bien por falta de recursos, de tratamientos o por una suma de los dos. Por suerte y giros repentinos del destino, esta vez apareció un oasis en medio del baldío paraje.
Hoy, casi tres largos (o cortos, según se mire) años después, Tami va a la escuela con su nuevo regalo en forma de prótesis, ayudado de su inseparable bastón. Juega, estudia, aprende y disfruta tirando piedras a los famélicos perros como el resto de chavales de su edad. Esta vez la película tuvo un final feliz. Aunque todo en la vida, depende del cristal con el que se mire. Su padre lo había dejado en el centro porque no se lo podía llevar consigo de vuelta a casa (eso de ser mutilado no es buen negocio en el África de verdad, en la jodida y olvidada) supongo que también pensando que era la única oportunidad de su hijo para tener una educación, asistencia sanitaria y en definitiva, un futuro en su vida. Nunca vimos a su madre, así que hagan la suma ustedes mismos. Vive en el Centro Don Orione de Bombouaka para niños con deficiencias físicasÉ y abandonados, por supuesto, en donde se recuperó de la cirugía gracias a los cuidados de un par de misioneros locos. Camina dichoso con su prótesis regalo de los integrantes de la expedición de Oasis y una gran sonrisa en su rostro contando con gran desparpajo a todo aquel con el que se encuentra y queda extasiado con su desenvoltura gramatical, que de mayor, y tras acabar la escuela con notas sobresalientes será cirujano. Esto para poder ayudar al resto de niños necesitados que abarrotan los dispensarios médicos de África y mueren por el desden de ciertas aburguesadas conciencias.