El cielo se tornó gris plomo sobre Novelda pocos minutos antes de que la comparsa Tercios de Lepanto abriese el primer gran desfile de las Fiestas de Moros y cristianos. Parecía que los responsables del boato hubiesen conjurado el nubarrón para acompañar al épico y siniestro espectáculo con el que iban a llenar las calles del recorrido oficial, ya que la principal figura de la escena fue una Muerte de más de dos metros armada con una poderosa guadaña. Bajo una leve llovizna, los encapuchados que la acompañaban recogían el cadáver del cristiano, muerto tras una conseguida lucha a espada con un paladín moro, para ofrecérselo a su oscura maestra. Pero unas figuras blancas armadas con antorchas escenificaron un baile de resurrección que devolvía la vida al guerrero de la cruz, y lo entregaba a los brazos de su dama.
Las marchas se iban fundiendo con los aplausos que levantaban las numerosas filaes de Astures, Mozárabes y Caballeros del Cid, hasta que las armaduras, dulzainas y mandobles de los cristianos dieron paso al exotismo del bando moro. La comparsa de Mudéjares inició la marcha de los musulmanes, castigados por la historia, que mañana tendrán la oportunidad de cambiar las tornas con su Grandiosa Entrada Mora a cargo de los Mudéjares.