16 de junio de 2017
16.06.2017

Los sueños, sueños son

16.06.2017 | 08:52

Para Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), conocido en todo el mundo por el drama La vida es sueño, representa una de las voces más profundas del riquísimo patrimonio literario de la España del Siglo de Oro. Más allá de las cualidades que los críticos clásicos atribuyen a Calderón, como dramaturgo filósofo, concienzudo y ortodoxo teólogo, y sutil investigador del pensamiento y del alma humana, los últimos estudios sobre su vida y obra inciden sobre sus peculiaridades como un hombre profundamente conocedor de las estrategias escénicas y un fantástico innovador en ese campo.

La vida es sueño es una obra esencialmente filosófica. No en vano, se argumenta que su fundamentación teórica y su inspiración provienen del mito de la caverna, que aparece en el libro VII de la República de Platón. El drama consiste en una contraposición entre el libre albedrío del hombre, su capacidad para elegir su propio destino, y el engaño y apariencia que supone la existencia humana.

Los más jóvenes quizás no hayan leído esta obra maestra de la literatura española, pero a buen seguro sí conocerán la trilogía de Matrix. Estas películas de ciencia ficción, dirigidas por las hermanas Wachowski, también parecen estar inspiradas en el mito de la caverna de Platón. Su argumento se basa en un supuesto futuro en el que unas malvadas máquinas recrean un mundo virtual, llamado «The Matrix», en el que los seres humanos viven engañados y esclavizados.

Coincidiendo con estas reflexiones sobre la trascendencia onírica del ser humano, esta semana se han cumplido dos años de los llamados, por sus propios protagonistas, «gobiernos del cambio», hecho que ha venido acompañado de grandes fastos, cuñas publicitarias de mejor o peor factura, y declaraciones altisonantes y rimbombantes sobre los supuestos hitos logrados.

El Gobierno municipal del Ayuntamiento de Elche, como es natural, tampoco ha dejado pasar la ocasión para darse autobombo. Yo creo que estos espectáculos, bochornosos desde mi modesto punto de vista, no ayudan a mejorar la opinión de los ciudadanos sobre la acción del gobierno ni sobre los líderes políticos. Probablemente estaré equivocado: ellos tienen sus asesores y sus equipos de prensa, que seguro saben más que yo. Además, opiniones como ésta, y otras, me costaron la defenestración cuando yo mismo fui concejal.

Al hilo de esta cuestión, el pasado martes se publicaba una tribuna en este mismo diario, escrita por el alcalde, Carlos González, con el título Dos años modernizando Elche. Créanme si les digo que el alcalde me parece una persona amable, educada y honesta dentro de sus convicciones, que se podrán compartir o no; pero tras la lectura de su artículo de opinión me preguntaba si la realidad que nos describía era la de Segismundo, desde su prisión en La vida es sueño o la de los mundos de The Matrix.

No niego, faltaría más, el esfuerzo y dedicación que el alcalde atribuye a sus concejales, pero echo en falta un poco de autocrítica, aunque es obvio que no era ese el objetivo de la tribuna, cuando habla de estabilidad política; en dos años hemos tenido dos gobiernos tripartitos, en los que han intervenido cuatro formaciones diferentes, y el mandato municipal aún no ha terminado.

Ahora bien, cuando entramos a cuantificar las inversiones que realizan en nuestra ciudad las diferentes administraciones sí penetramos de lleno en la caverna de Platón; diríase que las sombras proyectadas en la pared se ven de forma muy diferente según el prisma con el que se mire: si gobiernan los propios en el Consell, las inversiones son «un esfuerzo»; cuando son los ajenos, «netamente insuficientes». La percepción ciudadana, en cambio, es que la Generalitat ha abandonado Elche a su suerte.

Por cuanto al asunto del ferrocarril, el primer edil nos somete a una especie de ducha escocesa, dándonos calor en su tribuna, al reivindicar la conexión de las cercanías con la estación del AVE y el aeropuerto (aunque se olvida de Elche Parque Empresarial), pero dejándonos helados cada vez que afirma que la estación de Matola, en medio de ninguna parte y con unos accesos y un entorno sin urbanizar, va a ser un referente para el sur de la provincia.

La Dama de Elche tampoco podía faltar a la cita, el recurso es fácil. Reivindicar el regreso de nuestro icono más universal es algo a lo que ningún ilicitano puede decir que no. Otra cosa distinta es poner las bases para que eso sea posible. Elche podría ser el referente del arte íbero en España, pero la inacción en este asunto, como en muchos otros, está propiciando que otras ciudades, menos cualificadas para ello que la nuestra, se nos adelanten.

El alcalde afirma, sin paliativos, que «no hay duda, Elche está hoy mucho mejor que hace dos años». Por su formación, seguro que ha leído La vida es sueño. Por eso, me permito recomendarle la relectura de los últimos versos de la Jornada II de la obra:

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

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