M. J. MORA
Trabajar en una asociación que ayuda a familiares y a enfermos de cáncer es duro...
La nuestra es, sobre todo, una labor callada y discreta porque tratamos con un tipo de enfermo muy especial. Por eso no podemos publicitar diariamente lo que hacemos y debemos actuar de modo delicado. De todas formas, toda la población sabe qué hacemos porque estamos presentes en el hospital a través de nuestras voluntarias, en los domicilios con los tratamientos paliativos.
- ¿Para qué sirve una asociación del cáncer?
Sobre todo para apoyar emocionalmente a personas que lo están pasando mal y a las que con un dulce o con un café les decimos "estamos contigo". Es suficiente cogerles la mano, ayudarles en lo que necesitan. Por eso, nuestro café es un acto de amor y de apoyo emocional a un ser humano que sufre. En estos momentos hay, incluso, personas que han venido de otros países que están enfermas, que no tienen casa y a las que nuestras propias voluntarias han acogido en su casa para prestarles ayuda, pero es tan secreto y tan discreto que casi no trasciende.
- Uno de sus proyectos más ilusionantes ha sido el programa de paliativos que se financia con donaciones. ¿Afectará la crisis a este proyecto?
El proyecto cuesta 120.000 euros al año y vamos a ver qué pasa. Hay que llamar a la solidaridad de los ilicitanos y recordarles que este programa es para ayudar a su vecino, a su amigo y quiera Dios que a nadie de su propia casa.
- ¿Cómo se lleva presidir una asociación como ésta durante casi tres décadas?
Con gusto, sobre todo cuando ves el reconocimiento de los demás. A veces estás cansada, pero no dejaré de trabajar mientras haya un enfermo que me necesite.
- ¿Qué proyectos hay en cartera?
Hay que incidir en las campañas de prevención y explicarles a los niños el código europeo. Si tuviéramos dinero me gustaría poner en marcha el programa de screaning (exámenes rutinarios) para hombres.