J. P.
La Comunidad de Regantes de Carrizales va a solicitar en los próximos días la denominación de origen para el melón cultivado en esta zona. Históricamente, los melones del saladar han sido muy reconocidos en los mercados nacionales e internacionales. Algunos productores han intentado en los últimos años relanzar su cultivo, pero han topado con la falta de agua de riego en esta zona.
Las características del suelo propician que el melón del saladar sea extremadamente dulce y alcance los 14 grados brix, una escala que mide la sacarosa disuelta en líquido. Este elemento resulta diferenciador y pone al melón de Carrizales en una posición muy ventajosa respecto a sus competidores.
La empresa exportadora María Alonso inició hace cuatro años la producción del melón de Carrizales. Su gerente, Juan Miguel Montaner, asegura que si hubiera tenido que entrar a competir con melones de similares características no se hubiera embarcado en esta aventura pero "el melón de Carrizales no compite, se vende solo. Hoy en día la presentación es indispensable pero, en melones, la calidad está en el sabor".
Su confianza en el producto llegó tras una experiencia piloto con asentadores de Francia e Inglaterra. Superadas las reticencias iniciales, el exportador tuvo claro que había dado con un filón cuando sus clientes le dijeron "envíame cuanto quieras pero tiene que ser melón de Carrizal".
Inducida por los productores, la comunidades de regantes va a iniciar la próxima semana las gestiones con la Administración autonómica para conseguir la denominación de origen, un sello de calidad que debería de seguir abriéndoles más puertas.
Montaner reconoce que conseguir esta denominación "es muy difícil pero hay fórmulas intermedias como la Indicación Geográfica Protegida que engloba a un producto de una zona determinada".
En su opinión, el sello de calidad no debería de ir enfocado a una única variedad de melón porque la clave del éxito procede del suelo. Aunque sus clientes extranjeros prefieren el melón amarillo, el consumidor nacional se decanta por el tradicional, conocido como piel de sapo.
Con todos los argumentos a favor, el cultivo se ha enfrentado este campaña a un obstáculo infranqueable: la falta de agua. La cifra de productores ha ido disminuyendo conforme han aumentado las restricciones y este año han abandonado temporalmente la producción algunos de los mayores, como el propio Montaner. Sólo dos valientes se han atrevido a plantar. Uno ha sacado la campaña adelante no con pocos esfuerzos mientras que el otro ha visto como ha sido un fiasco.